Por Federico Lorenz| La vuelta al mundo de Magallanes, esa otra Odisea

Compartimos la publicación realizada en el Diario La Nación por Federico Lorenz, promoción 1988

Hay aventuras extraordinarias que corren el límite de lo pensable. Los océanos se conectan entre sí: lo sabemos hoy, pero hace solo cinco siglos nuestros antepasados lo desconocían. A finales del siglo XV los europeos necesitaban encontrar un camino a las islas de las especias. El Imperio Otomano cerraba las rutas tradicionales y los portugueses bordearon el continente africano para llegar a Oriente. Pero fueron los españoles los primeros en cruzar el Océano Atlántico en esa búsqueda (porque los lusitanos fueron celosos con su ruta). En 1513 Vasco Núñez de Balboa cruzó a pie el istmo de Panamá y pudieron contemplar un nuevo océano. ¿Cómo llegar hasta él?

Entonces comenzó la búsqueda del paso interoceánico . En 1516 el malogrado Juan Díaz de Solís llegó al Río de la Plata, al que bautizó Mar Dulce; pero el camino estaba mucho más al Sur. Hacia allí partió, el 20 de septiembre de 1519, la Flota de las Molucas, una expedición de cinco naves al mando del marino portugués Hernando de Magallanes . Había acordado con Carlos I de España la búsqueda del paso. Si eso no sucedía, tornarían hacia el Este y navegaría hacia las Islas de las Especias por la “ruta de los portugueses”, lo que el flamante Tratado de Tordesillas (1494) prohibía. Eran cinco embarcaciones: la San Antonio, la Concepción, la Santiago, la Trinidad (capitana) y la única que daría la vuelta al mundo, predestinada por su nombre: Victoria.

Cuando éramos pequeños teníamos que aprender de memoria la historia de estas expediciones: eran los antecedentes históricos de las naciones en las que habitamos. Esa manera de transmitir el conocimiento histórico, tan parecida a la lectura en voz alta de un contrato de compra-venta, drena la sangre de episodios humanos con gran carga dramática y que se leen como novelas de aventuras. Porque cuesta imaginarse el desafío que implicaba una de esas expediciones. La nao Victoria, la única que sobreviviría, tenía unos 27 metros de eslora (la longitud de proa a popa) y estaba construida con madera de pino y roble. Es probable que la hubieran botado en el país vasco, en unos astilleros especializados en la caza de ballenas (los vascos fueron pioneros en esa industria). Era un barco de tres palos con castillo de proa y popa y una tripulación de algo menos de cincuenta hombres. En total, el portugués Magallanes estaba al mando de un poco más de 250 hombres: castellanos, vascos, portugueses, griegos, árabes, andaluces, italianos y griegos. Sus altivos oficiales castellanos lo detestaban: les molestaba estar a las órdenes de un portugués. Pero por otra parte, los lusitanos eran la vanguardia de la expansión oceánica.

Partían en condiciones precarias. En primer lugar, porque sabían lo que querían hacer, pero no conocían cómo y a través de qué espacios lo realizarían. Los instrumentos de medición y navegación eran toscos: podían establecer la latitud, pero no la longitud; la velocidad y las distancias recorridas se establecían de manera imprecisa. La comida era variada, pero no les alcanzaría: vino, aceite, vinagre, bizcocho, anchoas en barriles, pescado ahumado, tocino ahumado, alubias, lentejas, harina, ajo, cebollas y queso en aceite.

Las expediciones tenían motivos estratégicos y económicos, pero la curiosidad y el afán de trascendencia no deben ser subestimados. En palabras de Antonio Pigafetta, cronista de la expedición: “Por los libros que yo había leído y por las conversaciones que tuve con los sabios (.) supe que navegando por el Océano se veían cosas maravillosas y decidí asegurarme por mis propios ojos de la veracidad de todo lo que se contaba, para a mi vez contar a otros mi viaje, tanto para entretenerles como para ser útil y conseguir al mismo tiempo hacerme un nombre que llegase a la posteridad.”

Por su condición de zona de paso, el actual litoral marítimo argentino fue recorrido tempranamente por los navegantes. Magallanes sofocó un motín en la costa Norte de Brasil, y continuó hacia el Sur. Su tripulación estaba amedrentada por las costas desoladas que observaban. Desde fines de marzo de 1520 hasta agosto pasó el invierno en el actual Puerto San Julián, en la provincia de Santa Cruz. Allí perdió la primera de sus naves. El clima empeoraba. Sus oficiales le reclamaron que dejara de “andar perdido por esa costa estéril” y entonces Magallanes reveló las órdenes de Carlos I; buscar el paso a las tierras de las especias dejando atrás el Nuevo Mundo. Sus capitanes se opusieron y algunos se amotinaron. Magallanes aplicó mano dura: ordenó ejecutar a los cabecillas del motín. A uno lo apuñaló el alguacil de la flota, al otro le cortaron la cabeza y lo descuartizaron a la vista de todos. Otros dos fueron abandonados en una isla desierta con vino y una espada. Magallanes no se animó a ejecutarlos pues uno había sido nombrado por el propio Carlos I y el otro era cura, pero imaginó ese castigo cruel.

Sin embargo, otra prueba durísima estaba por venir. Afirma Simon Leys que Magallanes “llegó al Pacífico en el momento preciso para sacar el máximo partido de los vientos alisios del sureste, que le permitirían cruzar el océano. Aprovechó la corriente de Humboldt para remontar rápidamente la costa chilena hacia latitudes más cálidas”. Pero navegaron a ciegas, sin dar con los archipiélagos polinesios hasta que en marzo de 1521 avistaron Guam. En el camino padecieron privaciones y escorbuto: “La galleta que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con gusanos, que habían devorado toda la sustancia y que hedía insoportablemente por estar empapado en orines de rata. El agua que nos veíamos obligados a beber era igualmente pútrida y hedionda”.

A Magallanes lo mataron aborígenes en Filipinas. Juan Sebastián Elcano, su sucesor, decidió quemar una nave y seguir solo con dos: la Trinidad y la Victoria. Sabía que estaban en zona portuguesa. Durante ocho meses comerciaron clavo de olor y a veces piratearon. Los portugueses capturaron a la Trinidad, pero el 6 de septiembre de 1522 la Victoria llegó a Sanlúcar de Barrameda con apenas 18 sobrevivientes a bordo. Al navegar siempre hacia el Oeste, erraron en un día la fecha: “Habían comido carne los viernes y celebrado la Pascua los lunes”.

Cuenta Stefan Zweig que escribió su preciosa biografía de Magallanes por vergüenza. La idea lo asaltó a bordo de un transatlántico rumbo a América del Sur, donde se sentía aburrido: “Compara un momento este viaje de hoy con los de antaño, sobre todo con los primeros viajes de aquellos temerarios que descubrieron, en beneficio nuestro, estos mares inmensos y un mundo nuevo, y avergüénzate en su memoria. Intenta representártelos partiendo en sus frágiles barcas de pescador hacia lo desconocido, ignorantes de los derroteros, perdidos en lo infinito, continuamente expuestos al peligro, al capricho de las inclemencias del tiempo y a todas las torturas de la escasez”. Invita a pensar en esos marinos: “La escasez era su compañera, la Muerte los cercaba de noche y de día en mil formas, por mar y tierra; no podían esperar más que peligros, así de los hombres como de los elementos, y durante meses y años la soledad más espantosa rodeaba sus míseras embarcaciones”. Zweig llamó a la expedición “la segunda Odisea”.

Decíamos al comienzo que los océanos se comunican entre sí. Eso se puede traducir en que, aunque sea difícil, por el mar se puede llegar a cualquier parte. La especie humana ha sido tan capaz de construir técnicamente esa posibilidad como de levantar barreras. Hay allí un enorme desafío, tan utópico como irrenunciable. Las imágenes de los migrantes en sus precarias embarcaciones, en busca de mejor vida, ahogados en las costas hostiles, los transforma en los humildes Magallanes de este milenio.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-vuelta-al-mundo-esa-otra-odisea-nid2360207

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