Manuel Belgrano 1770-1820

En 1784 Manuel Belgrano ingresó como alumno al Real Colegio de San Carlos, el colegio laico y estatal que había sido fundado en 1772 por el gobernador del Río de la Plata Juan José de Vértiz -futuro Virrey- afín a la política progresista del entonces rey de España Carlos III. La institución educativa funcionaba en la Manzana de las Luces, en el solar de nuestro actual Colegio Nacional de Buenos Aires, fundado por Mitre en 1863. Belgrano, de madre santiagueña y padre ligur y de catorce años de edad, vivía cerca, en la actual Avenida Belgrano 430, entre Defensa y Bolívar.

 

Aquel colegio iluminista, en donde se formaría la “Generación de Mayo”, tuvo su gran director en la personalidad de Juan Baltasar Maziel. En el San Carlos se enseñaron las ideas modernas de Descartes y de Bacon, de Gassendi y de Newton, de Locke y de Condillac. La enseñanza pasó a ser más física que metafísica y la ciencia entró en Buenos Aires por la puerta grande del Colegio. Belgrano adquirió, en tres años de estudios, conocimientos sobre lógica, física, ética y literatura que le sirvieron para toda su vida. Al final de 1786 fue admitido entre los menos de 2000 estudiantes de la Universidad de Salamanca, la más importante de España. Dos placas conmemorativas y un busto de Belgrano lo recuerdan allá. Finalmente, obtuvo su diploma en la Universidad de Valladolid. Pero más que la abogacía, le interesaron las lenguas vivas, la economía política y el derecho público. Belgrano ya empezaba a ser el pensador, el economista, el estadista que soñaba con el progreso de su patria.

 

Regresó de España nombrado Secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires. Tenía 23 años de edad. El Consulado había sido un proyecto del ministro Diego de Gardoqui, destacado político y economista que había sido embajador español en los Estados Unidos en tiempos de su Independencia. Quería a América.

 

Belgrano, en España, había sido un testigo y un observador muy próximo de los sucesos de Francia: los reyes absolutos no sólo impedían la libertad civil, sino que llevaban a un fenomenal endeudamiento público. La Revolución Francesa terminó tumultuosamente con el Antiguo Régimen. Escribió Belgrano: “Como en época de 1789 me hallaba en España y la revolución de la Francia hiciese también la variación de ideas y particularmente en los hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido, y aún las mismas sociedades habían acordado en su establecimiento directa o indirectamente. (Belgrano 1954: 20 y 48).

 

El joven Secretario del Consulado debía escribir una Memoria Anual de su labor, y Belgrano aprovechó esa circunstancia para ir diseñando un proyecto transformador para el futuro de nuestro país.

 

La primera de esas Memorias, del 15 de julio de 1796, lleva por título “Medios generales de fomentar la Agricultura, animar la Industria y proteger el Comercio en un país agricultor. El énfasis en la agricultura deriva no sólo de las características geográficas del territorio sino también del aprecio, imbuido de ideas fisiocráticas. Escribe Belgrano: “Trataré de proponer medios generales para el adelantamiento de la agricultura, como que es la madre fecunda que proporciona todas las materias primeras que dan movimiento a las artes y al comercio, aunque no dejaré de exponer algunas para el adelantamiento de estas dos últimas ramas. (…) Todo depende y resulta del cultivo de las tierras; sin él no hay materias primeras para las artes; por consiguiente, la industria, que no tiene cómo ejercitarse, no puede proporcionar materias para que el comercio se ejecute“.  (Belgrano 1954: 42-43).

 

Luego de destacar el valor de la agricultura, Belgrano detalla procedimientos para convertir los ideales en hechos prácticos: propicia el estudio experimental del suelo, la introducción de abonos, la selección de semillas, los cercados de los campos, la rotación de cultivos, todas ideas aplicadas con éxito en la Revolución Agraria del siglo XVIII.

 

Y agrega: “Es indispensable poner todo cuidado y hacer los mayores esfuerzos en poblar la tierra de árboles, mucho más en las tierras llanas, que son propensas a la sequedad cuando no estaban defendidas; la sombra de los árboles contribuye mucho para conservar la humedad, los troncos quebrantan los aires fuertes, y proporcionan mil ventajas al hombre, así es que conocidos en el día en Europa, se premia por cada árbol que se ha arraigado un tanto; y sin esto, los particulares, por su propia utilidad se destinan a este trabajo, además de haberse prescripto leyes por los gobiernos para un objeto tan útil como éste. Tal es en algunos cantones de Alemania (según Evelyn en su “Discourse of forest trees”) que no se puede cortar árbol ninguno por propio que sea para los usos de carpintería sin antes haber probado que se ha puesto otro en su lugar” (Belgrano 1954: 74).

 

Para que la mayor producción, derivada de la aplicación de conocimientos científico-técnicos y de empeños racionales, pueda dar frutos beneficiosos en el campo económico, Belgrano sostiene ideas liberales precursoras de aquellas que Richard Cobden llevará al triunfo en Inglaterra: el libre comercio de granos, idea opuesta a la regulación absolutista heredera de la época feudal: “No por tener a precio cómodo en las ciudades los frutos, se ha de sujetar al labrador a que venda a un cierto precio, acaso puesto por un hombre sin inteligencia ni conocimiento en los gastos, cuidados y trabajos a que está sujeto el cultivo” (Belgrano 1954: 43).

 

Pero Belgrano no escribe con ingenuidad, repudia los monopolios y advierte de los peligros que implica la monoproducción, reclama protección a la industria nacional, y sugiere la creación de un fondo que desempeñaría las funciones de lo que hoy denominaríamos un banco agrícola, escribe Gregorio Weinberg. (Belgrano 1954: 75 y 43).

 

Fundamentalmente, Belgrano sostiene que la condición previa al mejoramiento productivo y comercial, es el conocimiento, adquirido por medio de la educación: “¿Y de qué modo… corregir la ignorancia? Estableciendo una escuela de agricultura”. Escuelas no sólo para los productores, sino también para los niños: “Escuelas gratuitas, donde pudiesen los infelices [labradores] mandar a sus hijos sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción”. Y no sólo para los hijos varones: “Igualmente se deben poner escuelas gratuitas para las niñas”  (Belgrano 1954: 43).

 

Pero hay mucho más: Belgrano no estaba pensando sólo en una economía basada en la producción primaria, limitada a las materias primas. “Hasta poco tiempo ha no se ha exportado otro fruto de este país que el cuero” (Belgrano 1954: 76); en cambio, él quería fomentar una producción que en vez de centrarse en las vaquerías, tuviera los hábitos laboriosos de la agricultura y también se aplicara a la transformación de las materias primas en productos secundarios: quería aumentar la productividad y propiciaba, para ello, el “establecimiento de escuelas de hilazas de lana” que podría hacerse extensivo al algodón, es decir, establecimientos de educación técnica, artes y oficios, o como quiera denominárseles, sintetiza Weinberg. Y, además, pensaba en la capacitación para todos los procedimientos que serían necesarios para una tecnificación de la economía. En efecto: propiciaba institutos como una “Escuela de Comercio” y una “Escuela de Náutica“. (Belgrano 1954: 42-43).

 

Incluso, y este asunto es realmente destacable y memorable -en especial, muy importante para nosotros- propiciaba tan tempranamente (1796) la creación de una escuela de dibujo igualmente que otra de arquitectura, “pues en los países cultos no solamente es útil, sino de primera necesidad“. (Belgrano 1954: 77). “Las obras públicas, las casas, etc. quién las hace?”, se preguntaba. Y el espectáculo de muchos de los ranchos se le reflejaba como la evidencia improductiva de la ociocidad, origen de todos los males en la sociedad: “Esos miserables ranchos donde ve uno la multitud de criaturas que llegan a la edad de pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociocidad, deben ser atendidos hasta el último punto” (Belgrano 1954: 78).

 

No le escapaba, a Belgrano, el futuro posible de una moderna ganadería, centrada en las lanas ovinas, de vicuña y de alpaca, cuyos frutos podían transformarse en valiosas exportaciones, pero asigna prioridad a la agricultura, por razones que van más allá de la economía. Belgrano aspira a que nuestros compatriotas, por medio de la agricultura, salgan de la miseria en que viven; “ella ha de ser la que nos ha de proporcionar todas nuestras comodidades, la población se aumentará, las riquezas se repartirán y la patria será feliz“. (Belgrano 1954: 76).

 

Y este párrafo transcripto, evidencia en su síntesis, que Belgrano no sólo era un conocedor de las ideas fisiócratas y comprendía en profundidad las transformaciones productivas desencadenadas por la Revolución Agraria, sino que, en su espíritu, no alcanzaba con mejorar la productividad sino que la gran prioridad era la distribución social de la riqueza y no su concentración.

 

Para Belgrano, hay una causa mayor, de índole antropológico-filosófica: “el hombre por su naturaleza aspira a lo mejor, por consiguiente desea tener más comodidades, y no se contenta sólo con comer“. (Belgrano 1954: 76). El hombre ama vivir con comodidad, y puede lograrlo por medio del trabajo inteligente aplicado a la producción, el trabajo, ejercicio exterminador de la miseria. Pero lo es, sólo si es libre: y su concepto del hombre no se limita al varón, sino que incluye extraordinariamente para su tiempo, a la mujer (Belgrano 1954: 79-80) y se adelanta en 1796 condenando “el horrendo comercio de negros” (Belgrano 1954: 49).

 

En su Memoria de 1798, Belgrano insiste en la necesidad de fomentar la educación popular y propicia que, en este punto, se suscite un gran debate público general, e invoca para fundamentar su iniciativa, el ejemplo de otros países: “todas las naciones cultas se han apresurado a establecer sociedades, academias, etc., y éstas a publicar sus memorias, actas, transacciones diarias y otras semejantes colecciones, para que lleguen a noticia de todos, pues de nada servirían los descubrimientos, serían un tesoro ocioso, si los ignoraban los poseedores de las tierras y no penetrasen hasta los labradores, los comerciantes y artistas“. (Belgrano 1954: 109).

 

Releer hoy a Belgrano como fuente primaria tiene una importancia mucho mayor que la histórica: sus escritos mantienen frescura crítica y polémica, y son fecundos también para nuestros debates actuales. Belgrano conocía y denunciaba los vicios morales de comerciantes inescrupulosos, de otros cuya codicia extrema no les dejaba mirar por encima de un afán de lucro mezquino y sin ética, de pretendidos maestros que mantenían a sus propios hijos en la ignorancia, y de indigentes que no se esforzaban por salir de su indigencia. Pensaba en una sociedad instruida, productiva, capaz de mejorar no sólo su nivel de vida sino también su calidad de vida. Pensaba en una organización de la producción y del trabajo que incluyera gremios con reglamentos y capacitación (Belgrano 1954: 136).  Y conocía con gran claridad, cuáles eran los pasos a seguir para poner en marcha una economía: “La agricultura sólo florece con el gran consumo” (Belgrano 1954: 101).

 

Si la vida de Belgrano no hubiera tenido el giro a que obligaron las luchas por la Independencia, a partir de 1810, y el jurista, economista y estadista no hubiera tenido que improvisarse general de los ejércitos de la libertad consumiendo su salud, es muy probable que hubiera podido terminar el libro que había imaginado y empezado a escribir: “Causas de la destrucción o de la conservación y engrandecimiento de las naciones“. Pero dejó trazadas sus líneas argumentales fundamentales y, con ellas, un proyecto de país moderno, libre y próspero.

 

Belgrano integraba la Logia Independencia, fundada en 1795. En la gran aldea que era la capital del Virreinato del Río de La Plata, Belgrano ya era una personalidad pública cuando en 1806 y 1807 la ciudad fue atacada por invasores ingleses. El civil se sumó a la defensa militar: no era cuestión de cambiar de amo sino de ser libres. Derrotadas las invasiones, como Castelli, Paso, Vieytes, Rodríguez Peña, Viamonte y tantos más, el economista se sumó a la conspiración. Fue uno de los que llamaron a Cabildo Abierto, y la Revolución de Mayo de 1810 lo hizo vocal de la Primera Junta de gobierno independiente. Belgrano, como Moreno, fue una figura sobresaliente en el nacimiento de la República Argentina. Fueron los dos mayores pensadores de Mayo de 1810.

 

La necesidad de afirmar la Revolución, hizo a Belgrano jefe de la expedición al Paraguay a fines de 1810. Aunque los monumentos lo muestren como héroe militar, era un prócer civil sin vocación ni formación militar. En 1811 fue jefe del Regimiento de Patricios, aquel cuerpo nacido espontáneamente de los alumnos del Colegio en tiempos de las Invasiones Inglesas. En 1812, en Rosario, el 27 de febrero hizo izar por primera vez la bandera celeste y blanca, la bandera de la República Argentina, cuyos colores simbólicos nos guían desde entonces. En ese año, después, fue nombrado jefe del Ejército del Alto Perú.

 

Más allá de triunfos y derrotas, Belgrano nunca dejó de ser un intelectual. El 2 de febrero de 1813, en la localidad de Alurralde, Provincia de Tucumán, en donde se hallaba como jefe del Ejército del Norte, Manuel Belgrano firmó el prólogo a la traducción, realizada con la colaboración de su médico Joseph Redhead, del Discurso de despedida de George Washington a la Presidencia de los Estados Unidos, primer mandatario que, en una república moderna, descendía del poder por haber terminado su mandato (17 de septiembre de 1796): un documento miliar de la historia de la idea democrática universal.  El Dr. Redhead, formado en Edimburgo, además de médico y consejero científico de Belgrano, fue corresponsal de Alexander von Humboldt, investigador y autor de la primera comunicación científica de la Argentina.

 

A raíz del triunfo obtenido por las tropas que Belgrano comandaba el 20 de febrero de 1813  en la batalla de Salta, la Asamblea del Año XIII le otorgó un premio equivalente a $ 40.000 en fincas del Estado, valor que Belgrano donó para la construcción de 4 escuelas primarias, en respectivas ciudades por él determinadas: Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero y Tarija (actualmente ciudad de Bolivia). Belgrano redactó su reglamento y quiso que al frente de ellas estuviera el escudo nacional: desde entonces nuestras escuelas lo llevaron.

 

En 1799, la Escuela de Náutica fundada por Belgrano, había sido la primera institución de enseñanza estrictamente científica del país. Según Ricardo Levene, “antes de 1810 nadie en el Plata abrazó con más fe la causa de la educación pública que Manuel Belgrano”.

 

Como jefe militar, fue reemplazado por San Martín. En 1814 Belgrano fue enviado a Europa juntamente con Rivadavia, en misión diplomática. De ese viaje data el clásico retrato del prócer pintado en Londres por François Casimir Carbonnier. La misión, sin obtener los logros deseados, sirvió sin embargo para ratificar el rumbo revolucionario. De regreso, desde afuera del Congreso de Tucumán, Belgrano, como Pueyrredon y San Martín, fue también una figura relevante en el logro de la Independencia Argentina, en 1816.

 

Aun en tiempos de guerra, Belgrano nunca dejó de ser un hombre de ideales y de pensamiento moderno. Desde Tucumán, el 26 de julio de 1816, le hizo notar al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredon la valiente y patriótica actuación militar de Juana Azurduy, y Pueyrredon le confirió a ella el grado de teniente coronel del ejército argentino. Belgrano tenía muy alta estima hacia la mujer: no sólo abogaba por su educación sino también por su reconocimiento social. Y Belgrano, el intelectual que había soñado un país, fue amado por mujeres que supieron ver su espíritu, aunque jamás pudo gozar de la felicidad de un hogar y de una vejez feliz. Su vida se agotó entre batallas y esfuerzos inmensos, y se entristeció con las discordias civiles que retrasaron la organización nacional. Enfermo desde antes, su vida se apagó casi en soledad, a los cincuenta años de edad.

 

En 1857, Bartolomé Mitre, quien en 1863 sería el fundador del Colegio Nacional de Buenos Aires, le dedicó el primero de sus grandes estudios historiográficos: la Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina. El 24 de septiembre de 1873 se inauguró en la Plaza de Mayo la estatua ecuestre de Belgrano, realizada en Francia por Albert-Ernest Carrier-Belleuse. En la ceremonia, Domingo F. Sarmiento pronunció su célebre Oración de la Bandera. El escultor Francisco Cafferata hizo las estatuas emplazadas en Salta y Tucumán. En 1903 Ettore Ximenes realizó el mausoleo de Belgrano ubicado en el atrio de Santo Domingo. En 1927 Arnaldo Zocchi hizo el Monumento a Belgrano en la plaza Tommaseo de la ciudad de Génova. En 1933 fue inaugurado el busto de Belgrano en el Esquilino, Roma, obra de Luigi Brizzolara.

 

En su edificio de Bolívar 263, en el mismo solar en donde el prócer estudió, el Aula Magna del Colegio lleva el nombre dignísimo de “Manuel Belgrano”. Dos siglos y medio después de su nacimiento y dos siglos después de su muerte, los Ex Alumnos lo recordamos a él también, con emoción, como dice nuestro lema: Hermano en el aula y en la vida. Nuestro querido Manuel Belgrano.

 

 

Gustavo A. Brandariz

Vocal

Asociación de Ex Alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires

Buenos Aires, junio de 2020

 

Fuentes:
Aragón, Raúl (2000). Belgrano y la educación. Buenos Aires, Leviatán. Prólogo de Gregorio Weinberg.
Belgrano, Manuel (1954). Escritos económicos. Introducción de Gregorio Weinberg. Buenos Aires, Raigal. [Textos originales de 1796-1811].
Petriella, Dionisio (1988). Vita di Belgrano. Buenos Aires, Asociación Dante Alighieri.
Washington [George] (1971). Despedida de Washington al pueblo de los Estados Unidos [1796]. Traducción y Comentario de Manuel Belgrano (1813). Prólogo de Bartolomé Mitre [1902]. Incluye el texto “Belgrano y Washington. Su colaboración en la inmortalidad”, de Courtney Letts de Espil [1943]. [Buenos Aires, s/d, c. 1971]. Folleto.
Articulo publicado en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

One Response to Manuel Belgrano 1770-1820

  1. Gastón Lamberti dice:

    Impecable y muy bien documentado. Un prócer sobre cuyas ideas convendría reflexionar en estos días.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *