El Colegio

Nota de José Luis Moure

Este texto es un fragmento de una obra inédita del profesor Alberto M. Salas (1915-1995), que tituló Primer cuaderno de memorias circunstanciales y otras páginas memoriosas, fechada en 1985, del que poseo copia mecanografiada, junto con otros materiales, cedidos por su hija Julia Elena. Tomo el texto de la versión procesada en Word por el prof. Miguel Alberto Guérin (prom. 1961), exalumno de Salas, como yo y como el Arq. Raúl J. Pano (prom. 1967), quien me la ha pedido para subirla a la página de la AEXCNBA.

(De Alberto M. Salas, Primer cuaderno de memorias

 circunstanciales y otras páginas memoriosas [inédito]).

Cuando en marzo de 1961 dejé la Cámara Argentina del Libro[1] para dedicarme de manera exclusiva a la enseñanza, la vida pareció remansarse. Llegaba más temprano a mi casa y algún tiempo sobraba todos los días para mi trabajo. De los fines de semana quedaban por lo menos dos enteramente comprometidos con la corrección de pruebas y de las lecciones escritas, que no siempre se podían corregir en el Colegio, a pesar de la larga permanencia en él. Los profesores de dedicación exclusiva atendíamos no solo seis u ocho aulas, sino que en nuestros escritorios recibíamos las consultas de los alumnos, de hecho en todas sus inquietudes. No puedo dejar de recordar que Antonio Valeiras, entonces rector del Colegio, nos consideraba los profesores nodrizas y la verdad es que este hombre lúcido, recto y tan mi amigo por esos años, no se equivocó. La invención de estos profesores de dedicación exclusiva, una imitación tardía, como todas las que adoptamos los argentinos, tenía, por lo menos en los papeles, la finalidad de resolver dudas sobre la materia que dictábamos, aconsejando y recomendando bibliografía, esclareciendo cuestiones, etc. En fin, se había concebido la institución como un profesor consejero y mentor, pero no como a la postre resultó, un mentor espiritual. La verdad es que por lo que a mi experiencia respecta, la mayor parte de las consultas que recibía versaban sobre asuntos y dificultades familiares, problemas de conducta y cosas parecidas, que eran más propósito de un departamento psicopedagógico que de un mero profesor de historia, por más experiencia que pudiera tener de la vida. Además, puedo asegurar que en término de tres o cuatro meses de ejercicio de este ministerio con adolescentes, supe y aprendí acerca de la conducta de mis colegas mucho más que en los quince o veinte años anteriores. En fin, que procuré ser útil usando de mi edad y experiencia, atenuando conflictos y apaciguando inquietudes excesivas. Durante cuatro años o un poco menos, trabajé en un aula del claustro del primer piso, donde tenía un pequeño escritorio en el que naturalmente fui acumulando libros y papeles, lápices y fichas sobre temas muy diversos. Era una aula fría y sombría, pero pasé en ella muy buenos ratos en compañía de dos colegas de matemáticas, mis amigos Héctor Magariños, uruguayo, ya desaparecido, y Héctor Massa, que compartían el aula conmigo, resolviendo problemas de matemáticas y de cosmografía sobre las pizarras con más frecuencia que yo los de historia[2].

Me retiré del Colegio en 1964, a mi regreso de los Estados Unidos, con gran tristeza. Abandonaba el cargo para enfrentarme con la nueva responsabilidad de organizar la Fundación Franklin. Desde septiembre de 1946, había pasado en el Colegio de la calle Bolívar 263 excelentes momentos y hecho grandes e inolvidables amigos. Y también, sin dudas, muchas enemistades, de las cuales prefiero no ocuparme. Tuve también grandes e inolvidables alumnos, gente joven de espléndidas condiciones que no fueron defraudadas, que aún perduran en el trato amistoso y en el recuerdo cordial. Es riesgoso y difícil hacer nombres, porque flaquea la memoria y porque nunca he usado un criterio único para juzgar a todos los muchachos cuyas caras han estado más o menos pendientes de mis gestos y actitudes. Algunos son memorables o simplemente recordables por su compostura y gentileza, por su carácter limpio y sin dobleces; a otros los recuerdo por su picardía desenfadada, por su buen humor y por su gracia, o por los altos puntos de su aplicación, por su inteligencia e inquietudes. Otras caras las he olvidado con rapidez, perdidas en el anonimato, tal vez porque no supe captarlas en sus verdaderos valores, tal vez porque me desagradaron o porque los sorprendí, cosa frecuente, en la falacia o en la mentira. A algunos les resultaba difícil convencerse de que el camino de la verdad era el más rápido y directo, aunque suele ser doloroso y humillante. Habitualmente abría un crédito a todos los alumnos que no hubieran preparado la lección, para que me solicitaran, mientras llenaba la planilla de trabajo, que no los llamara a exponer. Esta chance, que era muy sencilla y que no afectaba el concepto que me merecía cada uno de mis alumnos, en tanto que no la reiteraban con exceso, me demostró, sin embargo, que eran muchos los que por orgullo o timidez se quedaban callados y sufrían las consecuencias de un destino fatal.

Por estas y otras circunstancias es riesgoso hacer memoria de los mejores alumnos que he tenido, porque además pareciera que desprecio y olvido a muchos otros que sin ser grandes estudiantes me demostraron ser verdaderos caballeros, seres llenos de humana simpatía, de comprensión de las circunstancias, ubicándonos correctamente en el complejo mundo que era el aula y el Colegio en su totalidad. Pero no puedo dejar de recordar alguna cara luminosa que hallaba en una de las divisiones de primer año, una cara sonriente, coronada de un cabello muy rubio. Cunto, aunque le pusieran un cero por ignorar completamente la lección del día, jamás perdía aquella gracia y resplandor que nos hace creer en la bondad de la especie humana. Y así, muy parecido, recuerdo a otro caso extremo como el de Del Sel, un muchacho ahombrado de cuarto año, lleno de fino humor, casi de escepticismo, que impresionaba por la humana sencillez de sus argumentaciones. Los que más recuerdo, y son legión, es por lo que más inmediatamente podía apreciar de ellos, lo que realmente procuraba calificar con justicia en mis libretas de tapas rojas —de las cuales conservo algunas—, es decir, su dedicación al estudio y su rendimiento. Y sin pretender entrar en detalles y caracterizarlos, tarea que me llevaría muchas páginas y me expondría a olvidos, errores e injusticias agraviantes, quiero dejar un especial y espontáneo recuerdo de los hermanos Mosovich, de los dos Pirk, seres realmente superdotados, de Walton, de Raúl H. Bottaro, de Guillermo Lucke, de Guillermo del Cioppo —que aun perduran en mi amistad y trato—, de Lucía Inés Tomada, de Petroni, de Nessa, Castelli, de Miguel Alberto Guérin, de José Luis Moure, de Iniesta —que siempre me tuvo un terror que jamás pude corregir—, de Alicia Bernasconi, de Ozino Callegaris, de Claudia Laub, de Baffini Campos, de Julio Sofía, de Néstor Aparicio, y de tantos y tantos otros que vienen a la memoria como ramalazos del pasado, en gestos de contrariedad o de una sonrisa oportuna y agradable. Pero esta es una enumeración caótica, que en cierto modo puedo sistematizar consultando mis libretas subsistentes. Considerando un promedio de sobresaliente (9/10), destaco en nota una larga lista de mis mejores alumnos comprendidos entre los años de 1947 y 1963[3].

Todo un catálogo humano, año a año renovado, diverso al infinito, sesenta o ciento veinte o ciento cincuenta caras nuevas todos los años, caras que había que recordar, que estudiar con atención, develando astucias, engaños, timideces, confirmando franquezas y lealtades, que tanto se agradecen. Caras luminosas y serenas, limpias o ansiosas, rostros oscurecidos que disimulan ignorancias, malicias y hasta las trampas que ya se adivinaba durarían todo el resto de la vida. Rostros llenos de perplejidades o de audacia y de soberbia, ojos que rogaban que no se los interrogara, o que con su asentimiento estimulaban la exposición. Ellos y ellas no se daban cuenta de lo permeables que resultaban sus sentimientos a mi observación permanente, como distraída. Pronto aprendía a conocerlos y aunque en el primero y segundo mes siempre había alguna duda y errores, ya después me manejaba con ellos con la soltura que da el recordar sus nombres y sus notas anteriores. El problema fundamental lo constituía la cantidad de alumnos, a veces excesiva, circunstancia que se veía agravada por la imperiosa necesidad de la calificación mensual, que obligaba a un trabajo intenso para evitar errores irreparables. En los primeros años de mi trabajo, hasta 1958, solo tuve dos aulas de primer año y una muy ocasional suplencia en un cuarto año inolvidable, por lo que la tarea era realmente fácil y placentera, de modo que en muy breve tiempo conocía las posibilidades y el carácter de mis alumnos. El trabajo adquiría así certeza, justicia y resultaba sumamente grato. Pero años después, cuando hube de manejar cuatro, seis y hasta ocho (1962) aulas, me sentí perdido en un mar de rostros y de conductas que no alcazaba a conocer con claridad, ofreciéndose la realidad en términos muy vagos y posiblemente arbitrarios. Sin pretender hacer doctrina, diría que el ideal es que el profesor no tenga más de dos cátedras, asegurando que las cuatro cátedras, que creo que es el límite, son realmente una imposibilidad humana y docente. A esto agregaría que cada aula (dos por cátedra) no debe tener más de 25 ó 30 alumnos.

Gocé con el trabajo en el Nacional de Buenos Aires, como en todos los destinos que me tocó cumplir. También sufrí amarguras y los desmedros políticos a que me obligaron las circunstancias. Casi veinte años en el Colegio, iniciados en el tiempo en que el ser profesor en él significaba una auténtica distinción y honra, carácter que se fue desluciendo con los años, constituyeron una experiencia humana de primera importancia. Este ejercicio docente fue apto para mi manera de ser, aunque en las etapas finales sentí alguna incomodidad o incompatibilidad que luego explicaré. En los comienzo, el Colegio estaba disciplinado y aunque comenzaba a entrar la política en él, la vieja estructura permitía trabajar en orden y respeto. Esto convenía a mi carácter, a la vez comprensivo y adusto y mandón, aunque sin exagerar, ya que sabía disminuir oportunamente la tensión y llegar, por estos caminos, a manejar el aula sin necesidad de sanciones disciplinarias, ni de las arcaicas penitencias que imponían algunos de mis colegas de mayor antigüedad y prestigio. Naturalmente, este equilibrio entre el ceño severo y la sonrisa se lograba luego del primero o segundo mes de clase. En algunos casos, cierta reciedumbre de mi parte tal vez haya atemorizado a algunos de aquellos pequeños seres que se me confiaban para enseñarles Historia Argentina, pero espero que esas timideces exageradas me hayan perdonado el mal recuerdo.

El reñidero no solo fue en el aula sino también en la sala de profesores, donde desde antes de la muerte de Márquez Miranda me tocó desempeñar la jefatura del Departamento de Historia e Institución Cívica. Allí, en ese ambiente casi académico, presidido por un gran cuadro del general Mitre en su escritorio, tuve dos épocas claramente definidas: la de mi ingreso y la época del peronismo, y la época posterior a la Revolución Libertadora. En los comienzos, durante el rectorado interino de Ricardo Caillet-Bois, recordado amigo, las cosas fueron normales y hasta fui favorecido con un interinato de cuatro meses en la enseñanza de la Historia de América en una división de cuarto año, donde tuve un conjunto de alumnos realmente excepcional, algunos de cuyos nombres he recordado en páginas anteriores. Pronto fue defenestrado, y le sucedieron, en diversas etapas Osmán Moyano, Federico Daus, D´Agostino y Albino Herrera, hombres de los cuales no puedo expresar ninguna queja, y que en definitiva no adoptaron en contra de mí sanción alguna a pesar de ciertos desacatos y principalmente por no haberme afiliado al partido oficial, tal como me fuera solicitado con reiteración, pero con buenos modales, por algún alto funcionario del Colegio. Creo y entiendo que situación parecida se planteó con Márquez Miranda, José María Monner Sans, Vicente Fatone, Valmaggia y con otros colegas de clara militancia opositora. Pasó y ocurrió, además, con Ricardo Frondizi, hermano mayor de Arturo, Silvio y Risieri. Durante estos años, parecía no existir en el Colegio, como si fuera un desterrado que solo se trataba con un pequeño círculo. Había sentado mis reales —muy breves por cierto, y en las primeras horas de la tarde— en un extremo de la sala de profesores, en un ámbito que tenía como centro a Ricardo Frondizi, buen amigo, hombre de mirada inquisitiva, maliciosa, como desconfiando de todo su contorno. Difícil de seguir en sus reflexiones, siempre dichas en voz baja, como si confabulara contra todo el ambiente, solía ser hombre graciosísimo en sus relatos en italiano o en francés, idiomas que dominaba como propios. Antiperonista furibundo, era un político confuso y desconcertante, a quien jamás comprendí con nitidez. Era hombre de lecturas prodigiosas. Nuestros sillones estaban como aislados del resto de la sala. Recuerdo, sin embargo, al Vicerrector de la tarde, Carlos Gutiérrez Larreta, sentado casi siempre junto a nosotros, con su característica amabilidad y bonhomía, más allá del bien y del mal.

Estimo necesario recordar que en los primeros años, hasta 1956, ejercí la docencia en el turno de la tarde, que en cierto modo estaba como interiorizado respecto del de la mañana. Por esta razón mi conocimiento de mis colegas del otro turno era muy restringido, y limitado únicamente a las épocas de los exámenes y a los actos patrióticos en que se reunía todo el Colegio. Pero en esa sala de profesores se formó un grupo resistente, de muy diversas maneras, a la creciente presión del régimen, sin experimentar sanción alguna, según recuerdo, con excepción del ingeniero Ygartúa, que sufrió prisión prolongada por hechos de mayor trascendencia nacional. En este aspecto, reconozco que el régimen peronista del Colegio —donde se había instalado el altarcito— toleró la situación disimulando nuestras ausencias a la marcha de los reservistas, el uso de la corbata de luto o del libro de la Señora, la falta de contribuciones para las ofrendas florales o monumentos que jamás llegaron a erigirse.

Estas actitudes eran propias de quienes resistían al régimen, rechazando ofertas y canonjías, en contraste con otros muchos que en esos mismos años iniciaban sus rápidas carreras universitarias sobre las ruinas de sus propios profesores, a los cuales reemplazaron sin ningún escrúpulo ni más méritos que sus propias ambiciones. Pareciera que la Universidad fue entonces —como en oportunidades posteriores— el único lugar donde se podía cuajar un destino intelectual o ejercer una imperiosa vocación docente, de autenticidad más que dudosa. Era, simplemente, un modo de vida, aparentemente prestigioso, y nada más. Esta misma ansiedad universitaria hube de comprobarla años más tarde, luego de la Revolución Libertadora. Todo el mundo deliraba por la Universidad, por su organización y gobierno, como algo indispensable sin lo cual, aparentemente, ningún individuo podía lograr su vocación intelectual.

La segunda etapa mía en el Colegio fue, en cierto modo, más incómoda y difícil que la primera. En algunos aspectos fue más fácil, ya que como veterano que era, me costó poco obtener el halago de la amistad de mucha gente joven y valiosa que ingresó en la nueva era. Algunos de ellos siguen siendo mis amigos —en la cercanía o en su lejanía— como Enrique Pezzoni[4],  Isaías Lerner[5] o María Hortensia Lacau[6]. Otros han muerto, como Osvaldo Giorno, alma pura y simple y recta, Juan Turrens, Mario Cao, Héctor Magariños, Jorge Bengolea Zapata. Tuve en el Colegio excelentes amigos y compañeros de años, de todas las tardes o de todas las mañanas, amigos que se buscaban con interés en el recreo largo para tomar café y fumar un cigarrillo apresurado y sabroso. Los enuncio ahora, procurando no ser injusto en mis recuerdos y en mi apreciación, ayudado por una lista que me ha proporcionado la Secretaría del Colegio. Además de los ya nombrados no puedo dejar de mencionar a Don Domingo Palacio —que durante años me frecuentó en la Cámara—, Emilio Mascardi, Francisco La Menza, Nilda Guglielmi, Delfín Leocadio Garasa, Marta Douzón, Aída Barbagelata, Abilio Bassets, Raúl Torlando, Sergio Provenzano, Delia Isola, Josefa Sabor, Arturo Puntel, Manuel Guitarte, Pedro Longhini, Antonio Lascurain, León Amézqueta, Ángela Blanco Amores de Pagella, María Burlando de Meyer, Elías de Cesare, Vicente Fatone, Alicia Carrera, Fedora Cohen, Hebe Clementi, María A. Ferrari, Mario Grondona, Roberto Marfany, Mabel Manacorda de Rosetti, Licia Manacorda de Tomada, José María Monner Sans, Ángel Lapieza Elli, Isaías Lerner, Enrique Pezzoni, Mario Justo López, Armando Rojo, Raúl Ondarts, Juan C. Pellegrini, Catalina Schirber, Mario Rial, María Varela Valdés de Luna.

Dije que esta etapa no fue tan cómoda como se puede pensar, y ello se debía principalmente a que el Rectorado de la Universidad, ejercido por José Luis Romero, decidió de manera abrupta, en los primeros meses de 1956, intervenir el Colegio, medida que yo no compartí y acerca de la cual fui consultado. Considero que este hecho fue un grave error que acabó derribando a la propia intervención de la Universidad. Personalmente hube de sufrir el que se me supusiera complicado en esta medida, a mi juicio injustificada e impolítica. Tampoco compartí muchas de las decisiones del Interventor designado, Risieri Frondizi, y así se lo expuse a Romero con todas las letras, situación que vino a hacer crisis poco más tarde. Las reformas en el Colegio, promovidas por la intervención, fueron profundas y drásticas, y en mi opinión tuvieron la virtud de acelerar la ruina del establecimiento, el cual, de una manera u otra había superado todas las dificultades propuestas por el peronismo, que veía en el Colegio una institución de élite. Fundamentalmente se estableció un Departamento Psicopedagógico que pretendió resolver los problemas de conducta de los alumnos, con todas las concomitancias imaginables, y se estableció o intentó establecer la llamada autodisciplina, intento que en definitiva llevó al Colegio al caos y al desorden. Todo esto junto con una renovación total de la estructura del Colegio, que se convirtió en un establecimiento mixto, ya que se permitió el ingreso de las mujeres tanto al estudio como al profesorado. Cada uno de estos temas me llevaría un libro. Diré, en síntesis, que el Colegio llegó a ser para algunos de nosotros un verdadero campo de batalla, difícil y complicado, en el cual el profesor comenzó a perder jerarquía y, en consecuencia, eficacia. Los que éramos veteranos hubimos de habituarnos a un trabajo distinto en las aulas mixtas, a variar nuestros gestos y expresiones. Aunque personalmente me opuse a la enseñanza mixta, la acepté de buena gana con el mejor espíritu, y creo no haber asustado a muchas chicas tímidas y atemorizadas del primer año, que luego, en cuarto, volvía a encontrar ya muy despiertas y con inevitables problemas sentimentales.

En este difícil panorama piloteó don Antonio Valeiras, nombrado Rector después de la Intervención de Risieri Frondizi. Lo apoyé con todas mis posibilidades, como a hombre firme y justiciero, que jamás blandeó. Fue uno de los hombres justos e inflexibles que he conocido en la vida, de la misma pasta que José San Román Villasante. Duró poco, sin embargo, ya que se opuso a las reformas que desde el Rectorado se intentaba llevar adelante. Se le pidió renuncia, y se designó a Don Florentino Sanguinetti, viejo profesor de la casa que tripuló con flexibilidad esta difícil etapa, que por lo que a mí respecta fue una verdadera instancia de lucha en los claustros enloquecidos por la militancia política y la más notoria indisciplina. Los últimos meses de mi permanencia en el Colegio, regido entonces por Horacio Difrieri, fueron realmente ásperos y de una lucha constante con mis propios alumnos, la indisciplina generalizada, la demagogia, la irresponsabilidad y esa extrema comprensión psicológica ante el desmán de los adolescentes, poco menos que armados. Por eso me alegré de alejarme del Colegio, ya que el trabajo se había convertido en un verdadero sufrimiento. Además, poco tiempo después se produjo, como por arte de encantamiento y magia de políticos y componedores, el retorno de algunas viejas figuras que habían sido eliminadas por la Revolución Libertadora, proceso que también se repitió en la misma Universidad y en la Facultad de Filosofía y Letras, con retorno de personas mediocres y de poca o nunca relevancia intelectual.[7]

Sin dudas el hombre más importante que he conocido en esos años y el que más respeto me inspiró fue Antonio Valeiras, ya mencionado, a quien traté luego de su designación de Rector por un jurado que integré. Recto, sincero y noble, falto de ambiciones, no estaba dotado para resistir, como intentó, la marea renovadora —y para mí anacrónica— que se impulsaba desde el rectorado de la Universidad. Valeiras era un apasionado de la matemática, del teatro, de la literatura moderna y de toda expresión artística. Hombre de rápida y profunda percepción de la belleza, era lo menos político que pueda imaginarse. Fue una víctima fácil de las circunstancias, ya que mantuvo inflexiblemente sus puntos de vista, sin ceder en lo más mínimo. Pienso, además, que en esta crisis también se mezcló una muy comentada modificación de la metodología de la enseñanza de la matemática, a la cual se opuso tenazmente, y supongo, desde fuera del problema, que sus argumentos no carecieron de fuerza, por lo que fue calificado como viejo reaccionario por el grupo renovador. Valeiras falleció mientras me hallaba en Sevilla, y creo que nunca, tal vez por esa lejanía, he llegado a aceptar su muerte con la naturalidad con que he aceptado la de otras personas muy queridas. En la cruel y brusca noticia que me dieron a mi regreso, hubo siempre algo de irrealidad que aún no se ha desvanecido.

Como hice con todos mis trabajos, abandoné el Colegio definitivamente y solo he vuelto en algunas oportunidades para solicitar alguna certificación o información como la que he usado en la redacción de este capítulo. Suelo sacarme las cosas del alma, sin sufrimiento y para siempre. Incluso rehuyo el Colegio, y cuando tengo que caminar por la calle Bolívar, lo hago por la vereda de enfrente, como si evitara que alguien me reconociera o recordase, aunque son muy pocos los que ahora pueden identificarme. A veces, cuando viajo en el subterráneo del Anglo[8], advierto un grupo bullicioso de alumnos que identifico por el distintivo. Recuerdo que en mis años, en cuanto me veían, se comportaban como individuos discretos que se sabían observados y vigilados. Pero ha pasado el tiempo y ya no significo nada, cosa que me merezco plenamente, ya que siempre me he negado a las invitaciones a actos alusivos, recordatorios y cosas por el estilo, que me parecen actos de una memoria forzada y artificiosa, una exhibición de viejos profesores ante una juventud apurada, que lógicamente nos ignora de manera total. De modo que en el estrado compondríamos una imagen grotesca y vacía de un pasado que los espectadores no han vivido ni sospechado. Debe ser algo parecido a esos viejos, reviejos, que en mi infancia veía en los desfiles militares, y que mis padres me señalaban como guerreros del Paraguay, cosa que poco significaba para mi ignorancia.

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[1] Salas había ejercido la gerencia de la Cámara Argentina del Libro entre 1950 y 1961. Lo había antecedido su  estrecho amigo Julio Cortázar, de quien se distanció definitivamente a raíz de las opciones ideológicas posteriores del escritor.

[2] El profesor Héctor Fidel Massa falleció en Buenos Aires el 29 de septiembre de 2006.

[3] Federico J. O. May, Jorge A. Pereira Ogan, Alberto Schwartz, Jorge A. Kleiman, Rómulo Santelli, Jorge O. Silberman, Agustín A. Duerto, Julio F. González Rubio, Juan José Judengloben, Mauricio Ladyjensky, Luis Misayato, Pedro Víctor Rainis, Alberto Enrique Bermann, Jaime Lipszyc, Hugo Coleman, Luis Altieri, Branco Hühn, José Mordoh, Eduardo Castro, Norberto Liffschitz, Julio A. Costa, Norberto Kaimakamián, Bernardo J. Bischoff, Alfredo y Luis Chorny, Tomás Hutchinson, Jorge O. Smolje, Carlos A. Voukelatos, Benjamín Coca, Edgardo D. Liffschitz, Narciso J. Lugones, Horacio Verbitsky, Néstor Jorge Aparicio, Carlos A. Castro, Hércules Gambarotta, Tomás Pirk, Julio P. Sofía, Alberto Luis Cánepa, Cristián Sörensen, Carlos Horacio Waisman, Ricardo López Alfonsino, Alejandro E. Schefer, Jorge Mauricio Diamant, Orlando Amadeo Ruda, Juan José Catapano, Jorge A. Gaggero, Alfredo Bernardi, Horacio Cavallo, Daniel Flight, Miguel A. Guérin, Marcelo Larramendy, Horacio Querol, Constantino Unguriano, Valentín Gaivironsky, Andrés Pirk, Jorge Quintana, José L. Ratto, Juan Eugenio Corradi, Luis F. Querol, Raúl Jorge Bernasconi, Jorge L. Bernetti, Pablo L. Moledo, Antonio Oscar Olivieri, Héctor Carlos Quaglio, Héctor J. Susman, Florencia Elgorreaga, Diana J. Moscovich, Sergio Gustavo Siminovich, Lucía Inés Tomada, Rafael N. Iniesta, Rubén Caletti, Alberto Chochlac, Rodolfo Lira, Eduardo Rabinovich, Alicia Bernasconi, Cristina López Meyer, Ricardo Morck, Eva T. Silberberg, María Sol Ozino Calegaris, Miguel A. Suárez, Roberto H. Méndez, Sergio Provenzano, Luis M. Caruso, Eleonora Baffigi Campos, Jorge Castells Blanco, María Laura Eandi, Miguel Gatto García, Patricia López Gascón, Esteban Urresti, Daniel Waissbein, Juan Carlos Bevilacqua, María I. Kaufman, Catalina Zsakai, José Santos Gollán, Carlos A. Riva, Carlos M. Correa, Julia M. Guevara, Patricia Miretzky, Horacio Campiglia, José Luis Moure, Gustavo A. Vendersky, Juan Carlos Oría, Manuel Gonzalo Moreno. [Nota de Alberto M. Salas].

[4] Falleció en 1989.

[5] Falleció en 2013.

[6] Falleció en 2006.

[7] intelectual. : Por suerte me hallé fuera de la sala de profesores y me ahorré de esta manera algunas circunstancias desagradables [Tachado por el autor].

[8] Es la línea más antigua de subterráneos, que une las estaciones terminales de Plaza de Mayo (centro histórico de la ciudad) y San Pedrito, en el barrio de Flores. Fue inaugurada en 1913. La construcción fue encomendada por concesión municipal a la Compañía de Tranvías Anglo Argentina (de allí la designación generalizada con que se la mencionaba), que explotaba el 80% de las líneas de tranvías.

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