Diario “El Liberal de Santiago| La historia de los grandes colegios nacionales

Septiembre merece ser definido como el mes de la educación en la Argentina. El 11 se celebra el Día del Maestro en homenaje a Domingo Faustino Sarmiento, el 17 el Día del Profesor en homenaje a José Manuel de Estrada y el 21 el Día del Estudiante, a instancias de la Universidad Nacional de Buenos Aires que impulsó dicha celebración en recuerdo del funeral porteño del “más grande entre los grandes” aquel día de 1888.

En la colonia, desde los inicios de la educación en el actual territorio argentino, en Santiago del Estero hacia 1585, la instrucción dependió de las órdenes religiosas. El afianzamiento del antiguo orden español en América vio surgir instituciones que hoy siguen siendo pilares de la educación argentina, como también las primeras escuelas fiscales de la Patria libre.

Proponemos hoy un recorrido por la historia de tres grandes escuelas, que constituyen la trilogía superior de los secundarios argentinos.

El Colegio Nacional de Monserrat

El Real Colegio Convictorio de Nuestra Señora de Montserrat fue fundado en Córdoba el 1° de agosto de 1687 por el cura Ignacio Duarte y Quirós, quien donó a los jesuitas todo su patrimonio para solventar la institución. Ubicado en la “Manzana Jesuítica”, el Colegio comenzó a funcionar el 10 de abril de 1695 por la autorización de Carlos II, el último rey Habsburgo de España, al gobernador cordobés Tomás de Argandoña.

La aprobación final llegó con la Cédula Real del 2 de diciembre de 1716, firmada por Felipe V, el primer Borbón. Los primeros ochenta años del Convictorio, que como su nombre indica era un internado, fue conducido por los jesuitas, que tenían en Córdoba la sede de la Paraquaria, jurisdicción que mandaba sobre las misiones y las estancias de Córdoba y Corrientes. Al ser expulsados los jesuitas en 1767, la Junta de Temporalidades, órgano que administraba los bienes de los echados, entregó el Colegio a los franciscanos, que lo gobernaron los siguientes cuarenta años. Convertido en el instituto de enseñanza más prestigioso al sur de Tarija, luego de la creación del virreinato del Río de la Plata, asistieron a sus aulas 16 firmantes del Acta de la Independencia del 9 de julio de 1816, entre ellos los dos diputados santiagueños Pedro Díaz Gallo y Pedro de Uriarte. Estudiaron también los integrantes de la Junta de Mayo de 1810 Passo y Castelli, y el caudillo santiagueño Juan F. Ibarra. Muchas veces, el relato historiográfico agiganta la influencia de la Universidad de Chuquisaca en inmerecido desmedro de los institutos educativos de la “Docta”.

Desde 1807 y por trece años, el Colegio fue entregado al clero secular en la figura del líder revolucionario cordobés, el deán Gregorio Funes, alumno y rector del Convictorio y de la Universidad, quien propone modificaciones a los planes de estudios. Fueron alumnos en los tiempos de la Independencia Dalmacio Vélez Sarsfield, redactor del Código Civil que rigió 140 años, y Mariano Fragueiro, presidente del Congreso Constituyente de 1860.

Al desaparecer el gobierno central luego de la batalla de Cepeda en 1820, el Colegio pasó a depender del gobierno provincial hasta 1854, en uno de los períodos más oscuros de su existencia. Estudia por entonces el primer cordobés que llega a la presidencia, Santiago Derqui. Organizada la Nación, el presidente Justo J. de Urquiza lo nacionaliza en 1854, pasando a llamarse Colegio Nacional de Monserrat. Caminaron sus claustros entonces otros tres presidentes argentinos: Nicolás Avellaneda, Miguel Juárez Celman y José Figueroa Alcorta, además del escritor Leopoldo Lugones y Deodoro Roca, el líder de la Reforma Universitaria de 1918. En 1907 se incorporó el Colegio a la Universidad Nacional de Córdoba, la cuarta más antigua de América.

El edificio actual del Monserrat posee construcciones de trescientos años, y sectores modernos remodelados hacia 1928 por el arquitecto Jaime Roca. Fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 2000. Como curiosidad, recién en 1998 se aceptaron mujeres entre sus alumnos, que habían accedido mucho antes a las cátedras como profesoras, y se sigue imponiendo uniforme para los alumnos.

El Colegio Nacional de Buenos Aires

El Cabildo de Buenos Aires encomendó a los jesuitas la fundación de un colegio en 1654 frente a la plaza mayor. Sin embargo, las clases comenzaron en 1661 en un claustro contiguo a la iglesia de San Ignacio, donde se habían trasladado un par de años antes. Hasta la expulsión de 1767 funcionó con cierta regularidad en la “Manzana de las Luces” el colegio de San Ignacio.

El gobernador de Buenos Aires, el yucateco Juan José Vértiz, funda el Real Colegio de San Carlos, homenaje al reinante Carlos III de España, el 10 de febrero de 1772, tomando las instalaciones del antiguo establecimiento jesuita. Cuando llegó a virrey, lo convirtió en el Real Convictorio Carolingio el 3 de noviembre de 1783. Estudiaron en él Manuel Belgrano, hasta hoy el mejor alumno, Cornelio de Saavedra y los dos primeros presidentes argentinos: Bernardino Rivadavia y Vicente López y Planes. Cuando Juan Martín de Pueyrredón, exalumno, fue Director Supremo de las Provincias Unidas, lo refundó como Colegio de la Unión del Sud el 2 de junio de 1816, y asistió a clases el primer presidente constitucional, Urquiza.

Rivadavia reformula la institución en 1823 y lo llama Colegio de Ciencias Morales, invitando a las provincias a enviar jóvenes para su instrucción. Así llegaron a Buenos Aires el tucumano Juan B. Alberdi, el catamarqueño Marco Avellaneda y el sanjuanino Antonino Aberastain. En 1836 el gobernador porteño Juan Manuel de Rosas entrega el mando del Colegio nuevamente a los jesuitas, recién llegados al país, los que devuelven al colegio el nombre de San Ignacio, pero a los cinco años el Restaurador los echa acusándolos de conspiradores. En ese tiempo pasa por sus aulas el santiagueño José Benjamín Gorostiaga.

En 1854 el primer gobernador constitucional de Buenos Aires Pastor Obligado fusiona varias instituciones, creando el Colegio Eclesiástico, Seminario y Estudios Generales, dirigido por el cura Eusebio Agüero, quien sigue al mando cuando el presidente Bartolomé Mitre estatiza el instituto y lo convierte en el Colegio Nacional de Buenos Aires el 14 de marzo de 1863, a través de un decreto que dice: “que uno de los deberes del Gobierno Nacional es fomentar la educación secundaria dándole aplicaciones útiles y variadas, a fin de proporcionar mayores facilidades a la juventud de las Provincias que se dedica a las carreras científicas y literarias…”.

Son los legendarios tiempos del rector Amadeo Jacques, que junto con su antecesor Agüero son los protagonistas de “Juvenilia”, obra de Miguel Cané que es un delicioso relato de estos nuevos tiempos. Estudiaron los presidentes Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña y Marcelo Torcuato de Alvear. Ricardo Rojas lo bautizó el “Colegio de la Patria”. Desde 1906 comienza a construirse el fastuoso edificio que lo cobija, obra del francés Norbert Maillart, declarado monumento histórico nacional en 1942, habiendo sido en 1911 el Colegio incorporado a la Universidad de Buenos Aires.

El Colegio Superior del Uruguay

El 28 de julio de 1849 fue fundado el Colegio del Uruguay, por el gobernador entrerriano Urquiza, en la ciudad de Concepción del Uruguay. Fue el primer colegio laico y gratuito del país. En sólo dos años se construyó un edificio propio, con aires de claustro y vivienda para los alumnos, que llegaron de toda la Confederación a estudiar ya que Urquiza había imitado a Rivadavia e invitó a las provincias a mandar a sus mejores jóvenes.

El rector Alberto Larroque, desde 1854, dio una orientación moderna a los estudios, dividiendo los cursos en: Letras, Mercantil, Ciencias Exactas y Aula Militar. En esa década se convirtió en el colegio más relevante del país, superando a sus dos antecesores: los Nacionales de Monserrat y de Buenos Aires. El general Urquiza afirmo de su creación: “El Colegio del Uruguay es mi heredero”, cuando pasó a la órbita nacional.

Estudiaron en sus aulas, las mismas del edificio original, los presidentes Victorino de la Plaza, Julio Argentino Roca y Arturo Frondizi, dos vicepresidentes, diez gobernadores de provincias y el presidente paraguayo José Félix Estigarribia, además de escritores, científicos y educadores. En su salón de actos recibió el título de bachiller la primera mujer que lo hizo en el país, Teresa Ratto, quien fue la segunda médica argentina. Como curiosidad en sus galerías hay un busto de bronce de Roca, que luce siempre su nariz pulida y en la placa conmemorativa brillan la I y la O de Julio, que de lejos parece un 10. Todo alumno del Colegio pasa a saludar al “general”, toca su rostro y roza la placa ya que trae suerte en el rendimiento académico.

Otro notable del Colegio es José B. Zubiaur, primer integrante hispanoamericano del Comité Olímpico Internacional, quien como rector permitió el ingreso de mujeres al establecimiento. El edificio, ampliado en 1938 durante la presidencia de un uruguayense, Agustín Pedro Justo, fue declarado monumento histórico nacional en 1942, y la institución transferida a la órbita provincial en 1993, no siguiendo los pasos de sus hermanos mayores nacionales. Con el nuevo milenio, en el año 2000 pasó a depender de la Universidad Autónoma de Entre Ríos. Hoy su nombre es Colegio Superior del Uruguay “Justo José de Urquiza”.

Joyas de la Argentina

Estas tres instituciones de la educación argentina son la expresión de la relación entre la modernidad y la tradición, entre el orgullo de la pertenencia y la innovación de la universalidad, y merecen ser consideradas como la mejor herencia de los planes educativos argentinos, que a lo largo de dos siglos de vida nacional buscaron un solo objetivo: educar al soberano.

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2 Responses to Diario “El Liberal de Santiago| La historia de los grandes colegios nacionales

  1. Maria Pia Di Prospero dice:

    FELICITO A QUIENES IDEARON ESTE ARTICULO.
    Interesante recorrido histórico sobre estas emblemáticas CASAS DE ESTUDIO. Instituciones educativas ( no las únicas) donde compartir EL SABER fue un pilar fundamental en sus educadores, quienes intentaron forjar en sus alumnos libertad para el pensamiento crítico y constructivo . Aun hoy las nuevas generaciones de profesores intentan forjar jóvenes comprometidos con el saber para el desarrollo integral no sólo individual sino también colectivo. Esta tarea no es para nada sencilla en un mundo con cambios tan vertiginosos en la información que no permiten la pausa y el análisis que precisa el conocimiento para sustentarse, por la´hipervaloración de lo superficial en jóvenes y adultos y sobre todo cuando el egoísmo individual de muchos opaca tantas veces la generosidad del trabajo de aquellos silenciosos por el bien común.

  2. AEXCNdeBA dice:

    ¡Muchas gracias, María Pía!

    Como comentamos, es del diario “El Liberal” de Santiago, y el ex rector Gustavo Zorzoli nos lo facilitó.

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