Publicación| La “armonía” tiene sus reglas

Compartimos el siguiente artículo extraído del Diario “La Nación” escrito por Hugo Beccacece, prom. 1960, en el que hace referencia a su experiencia como HAV. Recordamos a todos, a fin de no crear confusiones, que más allá del texto, las reuniones de promociones se continúan realizando cada 5 años.

 A fines de este annus horribilis, quienes ingresamos en el Colegio Nacional de Buenos Aires (CNBA) en 1955 y egresamos en 1960, cumpliremos 60 años de nuestra graduación. En ese lapso, tuvimos varios presidentes. El primero fue el general Juan Domingo Perón, pero sólo hasta el mes de septiembre de 1955, cuando fue derrocado por la llamada Revolución Libertadora. Tres meses antes, habíamos pasado por una experiencia imborrable: el trágico bombardeo de la Plaza de Mayo, que ocurrió a dos cuadras del Colegio. Algunos de nosotros, entre los que me cuento, quedamos atrapados en las aulas y nos refugiarnos en el sótano. El sucesor inmediato de Perón fue el presidente de facto, general Eduardo Lonardi, depuesto por sus colegas dos meses después. El tercer presidente que conocimos fue el general Pedro Eugenio Aramburu, que asumió el poder tras el golpe de Estado contra Lonardi. Esa sucesión vertiginosa se dio en seis meses. En 1958, Aramburu llamó a elecciones (con la proscripción del Partido Justicialista). Ganó el doctor Arturo Frondizi. Era el primer civil que tuvo como presidente la generación nacida en la década de 1940. Todavía ocupaba ese cargo cuando egresamos del Colegio.

La incorporación de profesoras y de alumnas, posterior a nuestro ingreso, fue una revolución. Tuvimos profesoras, pero no compañeras de banco.

Hacia fines de 2019, un grupo de los egresados de 1960 resolvieron festejar las seis décadas trascurridas, en octubre de 2020. Varios de esos excompañeros han hecho carreras brillantes en el extranjero. Algunos se comprometieron a viajar para la ocasión. Apenas empezado 2020, el Covid 19 llegó a estas costas. El festejo previsto debería hacerse el próximo viernes. Ese dato me lo `proporcionó mi excompañero de división Daniel Schere, hoy un médico prestigioso. Conmemoración imposible. Nos encontramos en situación semejante a la de los niños que terminan el primario sin volver a ver a sus amigos de la escuela, y a la de los adolescentes que no pueden hacer el viaje de último año del secundario.

Cada diez años, el grupo organizaba grandes reuniones. Si respetáramos esa regla, deberíamos volver a vernos en 2030. Los sobrevivientes estarían orillando los 90 años. ¿Sus condiciones de salud les permitirían asistir a un encuentro de ese tipo? ¿Podrían recordar la adolescencia o recordarse a sí mismos? Sin embargo, hay algo que puede perdurar más allá de nosotros.

El grupo del CNBA estuvo en comunicación desde hace ya muchos años por email y, ahora, por Whatsapp. Estos últimos días, he estado leyendo lo que nos dijimos y repuse lo que nos callamos o, por lo menos, lo que yo me callé. Esos mensajes son un diario de nuestra vida de hoy, esposas, parejas, hijos, nietos, soledad, e incluyen con mucha frecuencia el relato de aquel pasado común, ilustrado con fotografías de nuestros profesores y de nosotros: ese conjunto de hombres diseminados por el mundo trata de poner a las jóvenes caras que fuimos. Hay rostros identificables de inmediato; otros, no. De esos muchachos enigma, varios son los que nunca se unieron al grupo. Eso sí, tenemos un Funes el memorioso, el abogado José María Monner Sans, capaz de recitar la lista de las divisiones al revés, de la zeta a la a.

El grupo es un espejo del país y de la época. Para evitar grietas de todo tipo, se fijaron, de a poco, reglas. No se permite discutir de política ni de religión; tampoco se puede usar expresiones discriminatorias. Se busca mantener una armonía (artificial) para seguir reviviendo los seis años que nos formaron. Hay un árbitro, elegido por unanimidad, tan respetuoso de las reglas que es capaz de expulsar a los infractores pertinaces del reglamento. Lo más raro es que logra mantener la amistad con los desterrados. Es el ingeniero Cristián Fernández Prati, que lo sabe todo sobre Napoleón y su época.

Cada uno a su manera ha evolucionado y desarrollado una personalidad con intereses y facetas, a veces, imprevisibles. Está el notable pianista de jazz Norberto Machline (escribano): el lector apasionado de historia, Jesús Beltrán (médico). El arquitecto Oscar Carreño, que dio tres veces la vuelta al mundo solo, vive en México, en tierra de huracanes, y se pasea por el Himalaya y Siberia. Pero también hay ausentes por decisión como el académico Roberto Walton, especialista en Husserl; el poeta y traductor Ricardo Pochtar; y el abogado Jorge Quintana, “espectador profesional” que ha visto todo (y lo recuerda) en cine, ópera, televisión, teatro.

Si, en el futuro, alguien encontrara un celular del grupo, podría reconstruir aspectos no explorados de la vida privada, las costumbres y los gustos de una generación argentina. ¿Acaso Miguel Cané no marcó el camino con Juvenilia?

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