1868 Sarmiento ante la manifestación de las escuelas de Buenos Aires

Publicamos una colaboración de nuestro vocal de Comisión Directiva, Gustavo Brandariz, promoción 1972.

El próximo lunes 15 de febrero se cumplirán 210 años del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento, en la Ciudad de San Juan.

Hacen, en estos días, 150 años que durante la Presidencia de Sarmiento, se desató en Buenos Aires la gran epidemia de fiebre amarilla. No se conocían, por entonces, cura ni vacuna contra esa grave enfermedad mortal, y la Argentina atravesaba por un momento difícil, consecuencia de la Guerra del Paraguay a la cual Sarmiento contribuyó significativamente a poner fin. Buenos Aires, pese a los esfuerzos del Dr. Guillermo Rawson, era todavía una ciudad atrasada desde el punto de vista sanitario. Con infinita nobleza, el cuerpo médico se arriesgó todo lo posible, y una comisión de ciudadanos, encabezada por el Dr. José Roque Pérez, se organizó para ayudar en la emergencia. Empresarios, comerciantes, sacerdotes y muchos habitantes colaboraron también en lo posible, perdiendo muchos de todos ellos la propia vida.

El Presidente Sarmiento gobernó la emergencia y, después de la epidemia, encaró con velocidad y perseverancia medidas preventivas para mejorar las condiciones sanitarias y la calidad de vida de la población. Y, para extender la educación popular también, a toda la población.

Durante la epidemia, como era lógico, las clases se cortaron y las escuelas se cerraron. Era Sarmiento, el gran educador, el Presidente. Era un hombre con sentido de la responsabilidad: ¿para qué mandar a morir a alumnos y maestros? Para poder educar y educarse, hay que preservar primero la vida y la salud.

Cuando Sarmiento estaba por asumir la Presidencia, en 1868, hubo una gran manifestación pública de docentes y alumnos, dando la bienvenida al maestro presidente. Sarmiento pronunció un discurso.

Que hablen sus palabras, más inteligentes que tantas cosas falsas e interesadas que hoy se escuchan, distorsionando su memoria.

Aquí transcribimos su discurso de 1868.

 

MANIFESTACION DE LAS ESCUELAS DE BUENOS AIRES

A LA LLEGADA DEL PRESIDENTE ELECTO (SEPTIEMBRE DE 1868)

Este discurso se reproduce del Tomo XXI de las Obras Completas de Sarmiento, en la edición de 1951 de la editorial Luz del Día, que reproduce la original editada por Augusto Belin Sarmiento y Luis Montt, entre 1884 y 1903. Antes del discurso, Belin Sarmiento intercaló un comentario, que también transcribimos.

“El que iba a recibirse de la presidencia fue felicitado a su llegada a Buenos Aires, por las maestras y maestros de las escuelas públicas y privadas, y de presumir era que fuese la educación el tema del discurso. Habíale precedido un libro titulado Las escuelas en los Estados Unidos, que contenía los resultados de la aplicación de las doctrinas a cuya difusión había consagrado su vida. Esta obra es poco conocida por haberse perdido la edición entera en el incendio de un ala de la casa de gobierno, cuando aun no se había distribuido. Hay además la Educación popular (tomo XI) como resultado de la misión que le confió el gobierno de Chile a Europa y Estados Unidos con el objeto de estudiarla; además, La memoria, presentada a la Universidad de Chile (tomo XII), que contiene estudios de mucho alcance sobre las costumbres y organización colonial de estos países. Todos estos y otros antecedentes señalaban su elección en el extranjero como la de un presidente maestro de escuela.

La exaltación al mando supremo de un maestro de escuelas, era un hecho tan nuevo en esta parte de América, que M. Laboulaye lo hacía notar en el Journal des Débats en Francia; y como el candidato acababa de visitar la Europa, y estado largos años en contacto con el cuerpo diplomático, en Chile, Perú y Estados Unidos, habiendo tenido parte en el Congreso Americano, consecuencia natural era que llamase la atención la encarecida circunstancia, encarecida por lo nueva, de un presidente que profesaba la función de maestro, y nunca la había abandonado, como lo muestra la parte activísima que tomaba en el movimiento de educación en los Estados Unidos, siendo miembro de los Congresos de Educación que se reunían sucesivamente en diversos Estados”.

 

SEÑORAS PRECEPTORAS Y SEÑORES MAESTROS:

Aunque desde ayer tenía conocimiento de que esta manifestación debía efectuarse, no he podido en toda la noche pensar las palabras que había de dirigiros, porque estaba bajo la impresión de emociones demasiado fuertes. La palabra no puede seguir las palpitaciones del corazón. Sin embargo siempre podré decir a ustedes algo, porque estoy en mi terreno, me reconozco entre mis amigos, y puedo hablaros con la franqueza de un hombre de corazón que sólo dice lo que siente.

El pueblo de Buenos Aires me ha hecho ayer una manifestación que bastaría para enorgullecer a cualquier hombre en la tierra; sin embargo, esa manifestación puede hacerse a veinte personas más en Buenos Aires, en la República Argentina, en la América española, que la merecen más que yo. Pero la manifestación de los preceptores y los niños de las escuelas, no es igual. Esta es puramente mía, ésta no la cedo a nadie; porque me pertenece exclusivamente, porque es el resultado de mi obra de treinta años.

Al principio de la lucha electoral que ha concluido, un diario de esta ciudad, combatiéndome decía: “¿Qué nos traerá Sarmiento de los Estados Unidos, si es electo presidente?” y él mismo se contestaba: “¡Escuelas! ¡nada más que escuelas!” Un joven decía en una cuestión de votos: “que los votantes de Buenos Aires no sabían escribir”.

Estas son dos verdades, señores. Recuerdo estas palabras sin resentimiento.

Después de una experiencia de treinta años, en que he estado en la prensa, en el destierro, en el poder, se me han dicho tantas cosas, que tengo una cáscara de hierro sobre mi cuerpo. Ya no me hieren los ataques de mis adversarios. Yo también he sido escritor, y algunos escritos míos han abierto hondas heridas. En el fervor de la lucha de los partidos, en los momentos del combate, se esgrime como argumentos convincentes, todo lo que puede dañar; pero estos ataques no dañan al hombre honrado.

Como ejemplo, puedo citar a ustedes el presente. Yo he sido insultado y calumniado muchos años, aquí menos que en Chile, donde a los epítetos ordinarios, se agregaba el de extranjero; y sin embargo, los pueblos argentinos me han elegido su presidente.

Cuando aquel diario decía que yo no traería de los Estados Unidos sino escuelas, decía la verdad, porque vengo de un país, señores, donde la educación es todo, donde la educación ha conseguido establecer la verdadera democracia, igualando las razas y clases.

Nosotros necesitamos escuelas, porque ellas son la base de todo Gobierno republicano.

Cuando en los Estados Unidos los primeros estadistas me preguntaban algo sobre mi país, yo con dolor les contestaba que nuestra situación era igual a la de los Estados del Sur.

Allí como entre nosotros, la sociedad está dividida entre aristócratas, que son los ricos, los que allí tienen la tierra y ocupan el poder, y en poor whites como allí les llaman a los pobres blancos, que no tienen fortuna, ni quieren instruirse y que forman la clase que se llama la canalla.

Lo que sucede entre nosotros con la educación, me recuerda un cuento popular que he oído en los Estados Unidos y que voy a referir a ustedes.

Un día vinieron a decir a una señora que la vida de su marido se veía amenazada porque lo había acometido un oso, y ella sin inmutarse, contestó: “Yo no me entrometo en los asuntos de mi marido, que él se las componga con el oso.”

Eso es lo que pasa en la República Argentina con la educación. Se dice que es necesario educar a los pueblos; pero los gobiernos contestan: no me meto con el oso.

 Se dice que es necesario hacer del pobre gaucho un hombre útil a la sociedad, educándolo; y todos contestan: yo no me meto con el oso. Pero es necesario ¡meternos con el oso! para que el pueblo argentino sea un verdadero pueblo democrático.

Ningún país del mundo está en peores condiciones, señores, que el nuestro para ser República; porque estamos divididos en aristócratas y plebeyos, y esa división es el fruto de la educación mala que se da.

Y este no es un mal peculiar a la República Argentina, sino de todas partes en la América. He recorrido toda la América y observado que en todas partes, donde se habla nuestro idioma, el lenguaje de la prensa es el mismo, las revueltas y el desquicio universal.

Méjico es el caos; Venezuela vuelve a los tiempos de Rosas; de los demás Estados, vosotros sabéis tanto como yo.

He oído la opinión del mundo sobre nosotros, sobre South America, y todos, todos desesperan de pueblos que después de medio siglo de convulsiones, hoy menos que nunca muestran elementos de organización.

Permitidme que traduzca del inglés lo que en corroboración de este hecho decía el senador Sumner.

“En el último mensaje enviado al Congreso por el presidente de Méjico, veo un informe del estado de la educación pública y privada en la capital, ciudad de más de doscientos mil habitantes, en el que se observa el doloroso espectáculo de que menos de cuatro mil niños han asistido a las escuelas en todo el año.”

“De un documento semejante del gobernador de Buenos Aires, Estado de medio millón de habitantes, cerca de la mitad de los cuales son europeos, tomo los siguientes apuntes: En 1866 asistieron a las escuelas públicas y privadas de la capital, 13.449 niños y en 1867 sólo 12.389. Mil setenta niños menos que el año anterior.”

“Finalmente, por un tercer documento análogo del Gobierno de Chile, conozco el mismo hecho, a saber: que el número de los niños que asistieron a las escuelas ha disminuido durante el año.”

En Buenos Aires había 1.070 niños menos en las escuelas el año pasado.

El ministro de Chile observa lo mismo en aquella República y el de Méjico contaba sólo 4.000 niños de ambos sexos en las escuelas en ciudad de doscientos mil habitantes. Vamos, pues, a la barbarie en toda la América.

¿Por qué salen de la Universidad doctores que nada saben de escuelas, de pueblo, de democracia?

Y no se ofendan, porque los trate así. Ahora tengo títulos: yo también soy doctor y mis títulos me los ha dado una de las primeras Universidades del mundo. Anch’io!

La ley dice que se persigan a los vagos. Pero, ¿cuáles son esos vagos? ¿Quién los ha hecho vagos, sino los Gobiernos que no los educan?

Si tomamos como vago a uno de los gauchos de nuestra campaña y buscamos su genealogía, ese gaucho será acaso un descendiente de los conquistadores, uno de los dueños de la tierra y que hoy no tiene un palmo de ella donde reposar su cabeza.

Y lo mismo que entre nosotros, sucede en toda la América española. Yo he escrito muchos libros de educación, y a esos libros les ha cabido la gloria de que nadie los haya leído.

Estando ahora en los Estados Unidos, estudiando los métodos de enseñanza que allí se siguen, escribí mi libro Las Escuelas. Como era natural, lo envié a todos los representantes de la América latina en Washington y cuando, después de tres meses, los fuí a ver, no lo habían siquiera leído.

Abrieron las tapas, leyeron el título: Las Escuelas, y se dijeron: ¿quién pierde el tiempo en leer un libro sobre escuelas?

¡Y de ese modo se educan los pueblos!

Chumbita, Elizondo, Varela y otros montoneros se levantan, queriendo cambiar el orden político de la República. ¿Y cómo no han de quererlo, si ese es el fondo de la educación que han recibido? ¿Saben hacer otra cosa? ¿No sería este mal una de esas terribles compensaciones que tienen todos los malos sistemas, haciendo expiar a los pueblos sus faltas, su egoísmo, su injusticia?

¿Qué se ha hecho hasta ahora para ir hasta la fuente del mal y curar la enfermedad?

Aquel mismo diario echaba en cara a sus oponentes que representaban una oligarquía. Tenía razón; pero vio la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el suyo.

Ya se puede comprender lo que entiende de democracia el que decía que lo vendrían a fastidiar con escuelas. Las escuelas son la democracia. Para ellos que tienen la Universidad para que se eduquen gratis sus hijos, la tierra para solazarse y el Gobierno, la escuela es para el vulgo, y entonces dicen: que allá se las compongan con el oso, que es la ignorancia, la pobreza y el vicio.

Para tener paz en la República Argentina, para que los montoneros no se levanten, para que no haya vagos, es necesario educar al pueblo en la verdadera democracia, enseñarles a todos lo mismo, para que todos sean iguales.

El célebre Lord Brougham al morir acaba de dejar a la Inglaterra una frase que ha sido acogida como un testamento importante. “La misión de los ejércitos ha concluido en el mundo; entra ahora a llenarse la del maestro de escuela.”

A mí me cabe la gloria de haberla pronunciado en la República Argentina treinta años antes que Lord Brougham.

En 1839 siendo teniente contra las chuzas de Quiroga, fundaba una escuela en San Juan.

Vamos, pues, a constituir la democracia pura, y para esto, no cuento sólo con los maestros, sino con toda esa juventud que forma una generación entera, que me ayudará en la obra.

Para eso necesitamos hacer de toda la República una escuela.

¡Sí! una escuela donde todos aprendan, donde todos se ilustren, y constituyan así un núcleo sólido que pueda sostener la verdadera democracia que hace la felicidad de las Repúblicas.

SEÑORAS PRECEPTORAS:

Diré a ustedes cuatro palabras.

Tengo el placer de recordaros que yo fui el fundador en Buenos Aires de las escuelas de ambos sexos, regenteadas por señoras. Para conseguido, tuve que luchar con grandes opositores, que felizmente vencí.

La experiencia ha justificado mis esperanzas.

Vengo de un país donde hay noventa mil maestras, y diez mil maestros; porque allí la educación está confiada a la mujer como más competente, más capaz de dirigir el corazón de los niños. Los hombres sólo enseñan ciertas materias.

La misión de la mujer como educacionista le está señalada por la naturaleza, porque ella tiene más corazón, porque virgen o matrona, lleva en su seno el instinto maternal. Eso no lo puede hacer el hombre, porque su educación, por muy completa que sea, no le da los sentimientos que la naturaleza dio a la mujer.

Mi empeño, pues, se contraerá siempre a fomentar la educación infantil, poniéndola en manos de señoras.

El mismo diario a que antes me he referido, me ha atacado también por este punto. Sin embargo, no me reformará.

Espero en Dios que hemos de hacer lo que podamos para que al bajar del poder, no tenga que avergonzarme de entregar la República en peores condiciones de aquellas en que la recibo.

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Fuente:

Sarmiento, Domingo F. (1951). Discursos Populares. Primer Volumen. Buenos Aires, Luz del Día. Obras Completas de Sarmiento, XXI. Pág. 235 a 240.

 

 

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