El Querandí en la historia de Buenos Aires

Origen del nombre y del edificio

 Los llamaban querandíes pero ellos se decían pampas. Fueron los habitantes originarios de la actual provincia de Buenos Aires y seguramente muchos  acamparon a orillas del Río de la Plata, en lo que son ahora Plaza de Mayo, Monserrat o San Telmo, en busca de agua y pesca. Tenían extrañas costumbres alimenticias: les gustaba la grasa de los animales[1] y el polvo de langostas asadas. El método para asarlas era prender fuego a los pastizales donde estas se posaban. La pampa inmensa, limitada solo por río y cielo, casi enteramente despojada de árboles era su hábitat.

 

¿A quién se le ocurrió, en 1920 bautizar con el nombre de una tribu nómade, autóctona del lugar, un café sofisticado que irrumpía en las antiguas reglas urbanas de arquitectura ocultando sus balcones italianos bajo un estilo “neo-colonial” por fuera y un se disant “Art Nouveau” en su interior? Sus primeros dueños, los hermanos Suarez, eran oriundos de España como tantos dedicados a ese rubro. Compraron la antigua casona construida en 1867 por el arquitecto Luis Beláustegui, donde, según el catastro, a fines del siglo XIX funcionaba la Escuela Modelo dirigida por el profesor Francisco Martín  y la marmolería Montes de Oca[2], con la intención de sumarse a la abundante oferta de bares, confiterías y cafés que había en la Buenos Aires de los años veinte. Lo curioso es que el primer propietario de esta manzana, adjudicada por don Juan de Garay en 1583, había sido el vecino Alonso Gómez del Mármol.  Bromas de la Historia. [3]

Para levantar el edificio del Querandí se aprovecharon las gruesas paredes de la casona de 1867 y en ellas se abrieron grandes  ventanales tipo guillotina, que darían luminosidad al ambiente de techos altos. “Aunque no hay fechas  de su transformación, al estilo neo-colonial, -nos informa el arquitecto José María Peña- todo dice que fue en  1920 cuando se cubrieron con revoque los grandes balcones italianos del primer piso, convirtiéndolos en balcones ciegos, como están ahora. Antes eran iguales a los de la casa de enfrente haciendo cruz. Era más fácil eso que hacer otra cosa. También se añadieron entonces las tejas en el techo y los apoyos, como una especie de arbotantes, que dan un aspecto muy peculiar a la galería del primer piso”.

 

El barrio de Monserrat  participaba con San Telmo y Catedral al Norte, del privilegio de estar cercano a la Plaza de Mayo y enfrente mismo de la Manzana de las Luces, llamada así en 1821 por un periodista del  Argos por haber irradiado cultura desde fines del siglo XVII y ser sede de la recién fundada Universidad. Esta proximidad daría cierta pátina especial a las edificaciones cercanas entre las que se cuenta El Querandí. Las diversas instituciones que poblaron la Manzana –ante todo la Universidad y el Colegio- influirían rotundamente en el carácter del  café.

 

Manzana de las Luces: sede de la Iglesia, Colegio, Universidad, Legislatura, etc.

 

Desde que los jesuitas comenzaran a edificar en 1662  la iglesia y el Colegio Mayor de San Ignacio, el destino de esa manzana –ubicada entre las actuales calles Moreno, Perú, Alsina y Bolívar,- sería reunir las más diversas instituciones culturales y políticas, tanto en su brillante pasado jesuítico como en  los avatares de la independencia. Por su  ubicación y su funcionalidad, la Manzana fue un lugar de avanzada que reflejó el progreso y la modernidad de cada época.

 

La iglesia y el Colegio de San Ignacio datan de fines del siglo XVII, cuando los jesuitas tuvieron que mudar las construcciones que tenían en la plaza mayor, frente al Fuerte para volverlas a levantar en el solar donado por una viuda, doña Isabel de Carvajal, a la Compañía de Jesús. Empezaron las obras dirigidas por los padres y hermanos coadjutores y ejecutadas por los guaraníes de las misiones. En 1729 el padre Gervasoni escribía con orgullo a sus Superiores: “Nuestro Colegio podría figurar con decoro en cualquier ciudad de Europa, fabricado todo en bóveda maciza, de dos pisos y muy grande. Está concluido todo el primer claustro; queda por hacer el segundo, para dar alojamiento a las Misiones del Paraguay y de Chile que aquí  desembarcan.[4] La iglesia también es soberbia, hecha a la romana con cúpula y cinco capillas por parte (…) Actualmente se está haciendo la bóveda de toda la nave y dirige el hermano Prímoli, milanés de la provincia romana…” [5]

 

Por ese entonces, la calle Perú había sido bautizada por el pueblo “calle del Pino”, por el hermoso ejemplar plantado en la esquina de las actuales Perú y Moreno, donde los jesuitas tenían su huerto. Desde fines del siglo XVII habían instalado allí un horno para cocer ladrillos y tejas. Al frente por  Perú, en la manzana, delimitada por ésta, Moreno, Chacabuco y Alsina, se habían levantado unas modestas construcciones para vivienda de los obreros indios y negros, llamada “La Ranchería”[6]. (Faltaban más de dos siglos para que, en la manzana de enfrente por Moreno, se abriera el Querandí.)

 

Después de la inicua expulsión de la Compañía de Jesús, en la famosa esquina de Perú y Moreno funcionó, desde 1780 hasta 1824, la Imprenta de los Niños Expósitos que el virrey Vértiz mandó traer de Córdoba. Allí se imprimió, en 1801, el Telégrafo Mercantil, primer periódico de Buenos Aires. Ordenó también el virrey que se construyeran donde estaba el huerto jesuítico, las llamadas “casas redituables”, algunas de las cuales aún existen desafiando las reformas y destinos sufridos. La intención era que la ganancia obtenida por sus alquileres fuera destinada a la creación de la universidad de Buenos Aires, cosa que no llegó a concretarse. Por entonces el Colegio San Ignacio, -cuyos claustros comunicaban con la iglesia del mismo nombre- había pasado a llamarse Real Colegio de San Carlos. En él estudiaron quienes serían protagonistas de la revolución de mayo: Saavedra, Moreno, Castelli. Belgrano, Alberti, French, Rivadavia, Laprida, López y Planes, el presbítero Sáenz (primer rector de la Universidad)  y otros. Durante las Invasiones Inglesas algunas de sus aulas fueron utilizadas como cuartel provisional de Patricios.[7]

 

Por decreto de la Primera Junta del 7 de septiembre de 1810, se creó en una de las casas la primera Biblioteca Pública. La calle se llamó por un tiempo “de la Biblioteca”, para tomar en 1857, el nombre de  su protector y presidente, Mariano Moreno. En 1817, por iniciativa del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredon,  las antiguas aulas volvieron a su original destino educativo bajo el nombre de Colegio de la Unión del Sud[8]. De allí egresaron, entre otros, Justo José de Urquiza y Florencio Varela.  Volvió el Colegio a cambiar de nombre en 1823 tomando el de Ciencias Morales. Uno de sus logros fue instaurar un sistema de becas para jóvenes de las provincias. El tucumano Juan Bautista Alberdi y el cordobés José María Paz fueron beneficiados con ellas. Desde su lejana San Juan, Domingo Faustino Sarmiento, en cambio, sufrió la desilusión de no haber salido en el sorteo y siguió siendo un autodidacta. Egresados de este colegio fueron, entre otros, Esteban Echeverría y el futuro presidente Nicolás Avellaneda.

 

El Colegio cerró sus puertas en 1830 “por problemas económicos del erario público”. En 1836 fue reabierto como colegio privado, denominado de San Ignacio y, más tarde, Colegio Republicano Federal. En 1863, el presidente Bartolomé Mitre fundó el Colegio Nacional, a veces denominado “Nacional Central”, cuyo director de estudios fue el pedagogo francés Amadeo Jacques,  a quien Miguel Cané retrata con cariño en su Juvenilia. Esta reliquia del pasado hispanocriollo fue destruida para levantar el imponente edificio actual del Colegio nacional Buenos Aires, proyectado por el arquitecto francés Norbert Maillard, cuyas obras comenzaron en 1911 y terminaron recién en 1938 (dieciocho años después de fundado el Querandí). Entre los egresados de sus aulas  muchos tuvieron una destacada actuación en Ciencias, Artes y Letras. Siete de ellos llegaron a presidentes de la Nación y dos a premio Nobel.[9] Casi todos ellos frecuentaron el Querandí.

 

La Universidad, fundada en agosto de 1821 durante el gobierno de Martín Rodríguez, tuvo su primera sede en los amplios claustros de la antigua Procuraduría jesuítica. Estaba formada por escuelas o departamentos que darían origen a las actuales facultades de Ciencias Exactas y Naturales Ingeniería, Medicina, Derecho y Ciencias Sociales, Arquitectura y Urbanismo.

 

“Después del adormecimiento de las actividades científicas durante la tiranía rosista (…) la Universidad de Buenos Aires empezó su recuperación. En 1854 se instalaron nuevamente las actividades vinculadas con esas ciencias en la Manzana de las Luces, como parte de los cursos preparatorios. (…) Pero recién bajo el rectorado de Juan María Gutiérrez se retomó plenamente la actividad científica en la Universidad con la creación, en 1865, del Departamento de Ciencias Exactas, origen de la Facultad que permanecería allí durante un siglo”[10]. Poco antes, en 1863, bajo la presidencia de Mitre, el gobierno resolvió enriquecer la antigua fachada de ladrillos que daba a la calle Perú dándole el carácter neorrenacentista italiano, muy de modo por entonces. “La composición se realizó con cornisas y pilastras moldeadas en el lugar, con el agregado de elementos decorativos, como los capiteles, balustres y medallones”[11]. Lamentablemente, esta fachada perdió la esquina de Perú y Alsina, al ser mutilada por una ochava destinada a realzar el monumento al general Roca en la Diagonal Sur.

 

En 1821, año pródigo en decretos rivadavianos y en reformas edilicias en la Manzana, el gobierno decidió encargar al ingeniero-arquitecto francés Próspero Catelin la construcción de la Sala de Representantes en ese lugar que otorgaba un aura de prestigio y legitimidad a cuanta institución se instalara en ella. Para ello fue necesario demoler una de las casas virreinales que tenía entrada por la calle de la Biblioteca (es decir, Moreno). El recinto, en forma de semicírculo y con palcos bajos y galería alta para el público, fue inaugurado en mayo de 1822 y funcionó como Sala de Representantes (Legislatura) de la Provincia de Buenos Aires. Allí se tomaron las grandes decisiones políticas, como dar a Rosas poderes extraordinarios o, en 1852, rechazar el Acuerdo de San Nicolás. En tiempos de paz, surgieron allí muchos de los proyectos e ideas para modernizar y embellecer la ciudad con nuevos  edificios públicos, plazas y avenidas. Mas adelante fue utilizada como Aula Magna de la facultad de Arquitectura de Buenos Aires. Allí estuvo hasta 1974 cuando se trasladó a su nuevo edificio en la Ciudad Universitaria. En 1981 el recinto fue  puesto en valor y reconstruido.

 

Los cafés de fin de siglo. Sus antecedentes.

 

El café, que tan bien se supo adaptar al gusto occidental, nació, como sabemos, en el Cercano Oriente y fue difundido por Europa desde Turquía donde era tan apreciado que los locales destinados a su consumo fueron llamados  “casas de sabiduría”. Sin conocer este título de origen, los porteños suelen otorgárselo cuando intentan arreglar el mundo alrededor de una de sus mesas.

 

Nacido en Venecia y en Viena durante el siglo XVII, el local de café, con sus actuales características, no tardó mucho tiempo en pasar a otros países. Por una cuestión de cercanía cultural y geográfica los primeros se abrieron en Viena y en Venecia. Pronto se corrió la voz de que en la ciudad del Dux y de los infinitos canales se bebía sin prejuicios “el brebaje negro de los turcos”. Por entonces se destacaban el Caffé Greco en Roma, el Gijón de Madrid, el  Deux Magots o el Café de la Paix en París y otros.

 

Ya desde tiempos coloniales existían en Buenos Aires los cafés, lugar de reunión de jóvenes criollos, de peninsulares o de forasteros. Uno de los primeros  fue el de Los Catalanes que  funcionó desde 1799 hasta casi un siglo después, en la esquina de Cangallo y San Martín, dando a los fondos de la casa de Mariquita Sánchez. Otro fue el Café de los Turcos, Sobre la calle del Cabildo (hoy Hipólito Yrigoyen). A una cuadra estaba el famoso Café de la Victoria. El Café de Marcos, situado desde 1803 frente a la iglesia de San Ignacio, sirvió de reunión a los soldados ingleses durante las invasiones. Después de la reconquista fue elegido como lugar de encuentro y discusión  por los patriotas que gestaron la independencia. Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Saturnino y Nicolás Rodríguez Peña, Hipólito Vieytes, Feliciano Chiclana, y muchos otros, se contaron entre sus parroquianos.

 

Con vigencia en todas las épocas los cafés se fueron convirtiendo en refugio casi exclusivamente masculino, tendencia que se acentuó a en la época victoriana para ir revirtiéndose después de las dos Guerras Mundiales. Casi todos los cafés y confiterías tenían su “reservado” donde podían ir las señoras.

 

En 1920, la intención de los dueños del Querandí  había sido dotar al barrio de Monserrat del café elegante que le estaba faltando, a manera del Tortoni, la Brasileña, La Armonía, Los Inmortales y tantos otros cafés-confiterías de fines del siglo XIX y principios del XX,  donde las jóvenes generaciones se reunían en peñas literarias o avatares periodísticos. Existía, si, en el barrio, desde 1887, el café Puerto Rico, situado en Perú entre Alsina y Moreno y trasladado en 1925 a Alsina 420, pero más que literatos se reunían allí los alumnos del Nacional Buenos Aires. Algo semejante ocurriría con El Querandí cuya principal clientela durante casi cincuenta años estuvo formada por los estudiantes universitarios y algunos de secundario, que estudiaban en la Manzana de las Luces.

 

En avenida de Mayo al 1000 funcionaba desde 1899 el café La Armonía, refugio de artistas y periodistas de los grandes diarios La Nación y La Prensa. Era famoso porque a la medianoche se servía un auténtico puchero español al cual le hacían honores Pablo Podestá y toda su compañía. Además, distintas generaciones de la colectividad española  elogiaban con entusiasmo el chocolate con churros que se sirvió en La Armonía hasta su cierre definitivo en 1941.

 

La llamada generación del Centenario, por haber empezado a publicar sus obras alrededor de 1910, se solía reunir en el café Brasil, (más conocido por su segundo nombre, café de los Inmortales), en el Tortoni o en la Brasileña.

 

Dicen que fue Rubén Darío quien bautizó al café Brasil como Los Inmortales, en referencia, un tanto irónica, a las lumbreras que allí se reunían. Otra versión atribuye el nombre a Florencio Sánchez, que, como otros bohemios nunca tenía un centavo y adjudicaba inmortalidad a los que parecían sobrevivir sin alimentarse o a lo sumo tomando un café con leche. Cerró sus puertas en 1916, después que su fundador, el francés Desbernats, regresara a su país para pelear en la Primera Guerra Mundial.

 

Manuel Gálvez recuerda en sus Memorias las reuniones con sus amigos escritores y poetas principalmente en La Brasileña, donde “se leían poesías y dramas y se hablaba de literatura”[12]. Recuerda también que en su viaje  a Madrid, en 1906, frecuentó los cafés donde eran habitués los hermanos Antonio y Manuel Machado, con quienes trabó amistad En una de sus primeras novelas, El mal metafísico, donde aparecen retratados amigos como Gerchunoff, José Ingenieros, David Peña, etc., hace una descripción de la Brasileña que puede aplicarse a los otros cafés similares:

 

“Allí se reunían todas las noches, en pequeños grupos, seres de la más diversa catadura intelectual. Anarquistas violentos, perseguidos, más que por la policía, por el hambre, que veneraban a Kropotkin, a Salvador y a Angiolillo y amenazaban destruir al sociedad a fuerza de bombas y de pésima literatura, se codeaban con músicos y teósofos, gentes mansas e inofensivas que ahogaban en conmovidas laudatorias  a Wagner o a la Blavatsky las ganas de comer. Junto a algún anónimo y pontifical genio de café, vociferaban los literatoides, discutiendo sobre los méritos de media humanidad literaria, arrojándose unos a otros, tumultuosamente, insultos y doctrinas, paradojas y citas. Exasperando a los socialistas, algún discípulo de Nietzsche –a quien el Destino, que se complace en estas cosas, obligaba a vivir como un cenobita- exaltaba, olvidando sus pantalones rotos y sus bolsillos ascéticos, el Individualismo, el Placer, la dominación y el Orgullo. Periodistas famélicos de diarios en inacabable consunción; cómicos del teatro nacional, con modos de suburbio y lenguaje conventillesco; bohemios sin profesión conocida; pintores, caricaturistas. Nada faltaba. Pero no obstante la diversidad de mentalidades y profesiones, tenían los clientes de la Brasileña muchas cosas parecidas. La pobreza, el vicio de soñar, la lengua larga, la ropa vieja y sucia, la corbata lavalliére, el chambergo, la melena. El opio de la discusión y la maledicencia les hacía olvidar su miseria vergonzante, y durante tres horas, noche a noche, lejos de las tristes realidades, vivían sus ensueños y parecían felices.”[13]

 

El famoso Tortoni, que tuvo su primera sede en Esmeralda y Rivadavia y luego en Rivadavia 826, había sido, como los Inmortales, propiedad de franceses. Cuando se abrió la Avenida de Mayo, el Tortoni, que ya tenía una historia de treinta años, cambió su entrada que permanece hasta hoy sobre la glamorosa avenida y fue uno de los primeros en poner mesitas en sus veredas. Allí se reunía, entre otros, el grupo de Quinquela Martín que inauguró la costumbre de exponer sus cuadros en el salón. En 1926 se instaló en el Tortoni la Asociación de Gente de Artes y Letras o La Peña. Cuando nació El Querandí, los cafés literarios estaban en su apogeo.

 

También el Café de los Angelitos abrió sus puertas en 1920, después que el gallego Ángel Salgueiro remodelara y decorara con angelitos un galpón con piso de tierra que existía en Rivadavia y Rincón destinado a encuentros de payadores como Gabino Ezeiza y Betinotti. Desde su remodelación pasó a ser, durante décadas, un verdadero refugio para los tangueros.

 

Buenos Aires crece y nace el tango

 

Con la gran inmigración, iniciada a mediados del siglo XIX, había comenzado para Buenos Aires otra etapa fundacional. La población se multiplicó mientras la ciudad se llenaba de nuevas voces y ritmos: iban llegando los inmigrantes con su carga de esperanzas e incertidumbres. La población había crecido de un modo espectacular en todo el país: de los 1.830.214 habitantes que había en 1869, se pasó, en 1895, a 4.044.911. En 1914 el censo arrojó la cifra de 7.903.662. De estos, el 30 % eran extranjeros, cifra que en Buenos Aires trepaba al 50%. Entre ellos y los viejos criollos estaban formando una nueva Argentina. El progreso que traían los ganados y las mieses trabajados por los brazos de ultramar parecía no tener fin. “A partir de la década del setenta la sociedad hispanocriolla, austera y patriarcal, asentada en lazos familiares, dio paso a la Gran Aldea, pintada por Lucio V. López. El proceso de modernización comenzado entonces, la gran inmigración y las nuevas fuentes de riqueza que ésta produjo, irían transformando a esta gran aldea en la más grande e importante metrópoli de América del Sur. El cambio económico, social y cultural de esos años, permitió todas las novedades que transformarían a Buenos Aires en una ciudad europea, como deseaba la clase gobernante para la cual ‘Europa’ era sinónimo de progreso y civilización. La ciudad capital se empeñó en borrar los pocos rastros hispanoamericanos que le quedaban. El emprendedor intendente Torcuato de Alvear, hijo del general de la independencia, en una fiebre renovadora terminó con los últimos vestigios coloniales: el Fuerte  y la pintoresca Recova  que cortaba en dos la actual plaza de Mayo. Como la ciudad no tenía avenidas, hizo construir la primera de ellas. Para eso tuvo que arrasar con diez cuadras de edificación y rebanar un pedazo de Cabildo. Surgió así la calle más elegante de Buenos Aires, la Avenida de Mayo, que se fue engalanando con magníficos edificios como el de La Prensa o la nueva sede del Club del Progreso. (Quedarían, sin embargo, algunos recuerdos de la antigua aldea en las lavanderas que iban a lavar su ropa al río, pasando la Alameda.)  El  vital intendente, impertérrito ante las críticas y alentado por los elogios, siguió adelante con la piqueta para construir nuevas calles y plazas, parques, fuentes, estatuas y plantar árboles de todo tipo que llegarían a ser orgullo y característica de la ciudad. Arquitectos recibidos en Europa levantaban nuevas casas, teatros y palacetes con techos de pizarra, como en París.”[14]

 

En forma paralela existía otro Buenos Aires: el de los barrios y los arrabales. Los poetas, que intuyen las cosas antes que los demás lo explicaban a su modo. “Buenos Aires es la otra calle, la que no pisé nunca, es el centro secreto de las manzanas, los patios últimos, es lo que las fachadas ocultan, (…) es lo que se ha perdido y lo que será, es lo ulterior, lo ajeno, lo lateral, el barrio que no es tuyo ni mío, lo que ignoramos y queremos”.[15]

 

Y fue en este Buenos Aires, entre los taitas y compadres descendientes del gaucho y del orillero y los inmigrantes italianos y españoles, que evocaban la nostalgia de su tierra con ritmos de canzonetta o habanera, donde surgiría ¡su majestad el tango!

 

Nació como baile y su cuna fue la Buenos Aires de los contrastes entre los piringundines de la Boca, los conventillos de la inmigración, el bullicio cosmopolita del centro, el Palermo de las elites y la soledad sombría o soleada de los barrios. Su música fue la resultante de una suma de tristezas: la del inmigrante añorando su patria, la del criollo añorando otros tiempos… Y esa nostalgia impregnó por las noches los cafés del centro y de los barrios. Así lo describe un escritor porteño:

 

“Como todos los días, Aldo fue el primero en llegar al café. Se sentó junto a la ventana, por hábito, y por costumbre también abrió el diario, leyó los titulares, se sumergió en ese cálido olor de la mañana. Hacía años que se sentaba allí, en la mesa del frente. En el verano se ubicaba en una mesa de la vereda, bajo el toldo. A pesar de ir de un lado a otro de la ciudad, él regresaba al café, a la misma mesa. Allí se reunía con sus amigos. Ellos eran su historia y su costumbre. La charla del café lo animaba. Aldo necesitaba la camaradería de esa gente, su segunda familia, como él decía. (…)

 

Si alguien le hubiera preguntado:

-¿A quién esperas?

-A nadie- hubiera dicho.

Y sin embargo estaba allí, a la espera de los suyos, sin comprenderlo claramente. Con ellos, al fin, podía comentar el fútbol, planear negocios que no se realizarían nunca, respirar el mismo aire de complicidad frente a la vida.

 

Aquellos hombres, como Aldo, permanecían al margen del horario, demoraban el momento de partir, la hora de gastar o de pedir dinero, de sentirse solos, vulnerables, en la gran ciudad. El día entraba con su olor de alquitrán y nafta quemada, con los recuerdos del día anterior. Aldo quería prolongar ese momento, quedarse allí, en la mesa del café.”[16]

 

Los porteños no podían imaginar una Buenos Aires sin cafés. “Sos lo único en la vida que se pareció a mi madre” decía Discepolín expresando un sentir de muchos.

 

Destino estudiantil del Querandí

 

Los mas conocidos cafés porteños servirían como modelo al Querandí. Sin embargo serían los estudiantes de Ciencias Exactas (Física, Química, Ingeniería y Arquitectura) –a los que se sumarían los alumnos del Colegio Nacional- los encargados de dar al nuevo café ese clima tan particular de juventud, estudio, compañerismo y amistad propios de los lugares de reunión estudiantil. La calidez de su boiserie de cedro, sus mesas redondas o cuadradas, sus confortables sillas con algo de sillón, los dos reservados unidos por un arco de madera oscura y separados del resto del café por una mampara con coloridos vitrales, mas todos los detalles de decoración, como los grandes macetones de bronce con palmeras, las omnipresentes columnitas salomónicas y el inmenso mostrador con auténtico estaño, sumados a la cordialidad de dueños y mozos, ofrecían el ambiente libre y confortable, tan valorado por los jóvenes que en seguida lo consideraron un anexo de su Universidad.

 

Eran los años veinte, los “locos” años del charleston, las polleras cortas y los absurdos sombreros. En esa década, sobre todo durante la presidencia de Marcelo T. De Alvear, la economía floreciente produjo otra vez  un enorme desarrollo edilicio. Se proyectaron entonces una serie de edificios en distintos estilos: un geométrico y sobrio Art Decó, como reacción a las volutas y curvas del Art Nouveau;  referencias a la arquitectura del país de origen o un neocolonial que recordaba el pasado hispanocriollo. Estaba aun vigente el estilo  neorrenacentista italiano, pero más allá de los estilos,  las condiciones de esta nueva sociedad imponían el camino hacia el Eclecticismo que caracterizó a la arquitectura argentina de ese período. “No se ha buscado crear nada nuevo –afirmaba el arquitecto Jorge Bunge, en la presentación de una de sus obras, el Banco Francés- sino adaptar formas ya consagradas y mantenidas estrictamente dentro de los cánones de esa época.”

 

Se hayan propuesto o no los dueños del Querandí, crear un café estudiantil, el hecho es que lo lograron. “Rápidamente El Querandí se convirtió en una especie de anexo de los estudiantes de Química, de Ingeniería, de Ciencias Exactas, -afirma el ingeniero Ernesto Weinschelbaum, asiduo concurrente desde el año 1947 al 54- Aceptábamos a los de Arquitectura porque había muchas chicas”. Por su parte los de Arquitectura se atribuyen presencia mayoritaria por cuestiones de cercanía. “Era nuestro segundo hogar”, afirma Delfina Gálvez de Williams (estudiante entre 1935-1940) al recordar episodios de esos años remotos. A su vez, Elva Roulet, egresada de Arquitectura en el 55, da su visión: “Los estudiantes de Ingeniería tenían una idea muy especial respecto a los de arquitectura: decían que los muchachos eran amanerados pero que las chicas eran muy bonitas… Hay que tener en cuenta que entre las futuras arquitectas estaba, por ejemplo, Chunchuna Villafañe. Cuando ella pasaba por la puerta de Ingeniería, los estudiantes no ocultaban su admiración.”

 

También iban al café algunos profesores, como Galloni[17] o el viejo Rey Pastor, que en alguna ocasión habló allí para todos los que quisieran escucharlo.

 

Desde la universidad de Montreal el filósofo y físico Mario Bunge, después de reconocer que “recordar al Querandí me dan saudades” evoca sus años de docente en los años cincuenta:  “Yo llevaba allí a todos mis alumnos de mecánica cuántica, todos los sábados, para tomar chocolate caliente con unos deliciosos bizcochos que no he vuelto a ver. Allí nos encontrábamos los jóvenes docentes de varios departamentos, e incluso intelectuales sueltos. Muy de vez en cuando caía algún profesor. En torno a las mesitas se armaban discusiones interesantes sobre múltiples temas.”

 

También por esos años Ernesto Sábato, otro parroquiano que se haría famoso, esperaba el destino de su manuscrito de El túnel, ya rechazado por varias editoriales: “Aún recuerdo la tarde en que se abrió la puerta del Querandí, el mismo café que luego frecuentaría mis encuentros con Grombowicz, y vi aparecer a Matilde llorando, encorvada, trayendo entre las manos los originales de mi novela, que yo no me había atrevido a retirar, tanta era mi vergüenza…”[18]

 

Ya en los setenta, según testimonio del escritor y periodista Eduardo  Astaguita, camada 71 del Nacional Buenos Aires, era frecuente en el viejo café la presencia de  José Luis Borges, siempre rodeado de sus alumnas de Letras. Mas adelante iría también en compañía de María Kodama.

 

Otro ilustre visitante del café fue, nada menos, que Albert Einsten. Había sido invitado, en 1925 por el Centro de Estudiantes de Ingeniería que corrió con todos los gastos de pasajes y estadía. Los futuros ingenieros eran muy organizados y sus arcas estaban siempre llenas desde 1907, año en que las autoridades de la facultad reconocieron oficialmente el Centro que también obtuvo la personería jurídica. [19] El sabio físico-matemático mantuvo reuniones con investigadores en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, donde dio ocho conferencias. La recepción inicial fue en el Aula Magna del flamante Nacional Buenos Aires. También habló en el Aula Magna de Ciencias Exactas años después destruida por la picota. Durante esos días frecuentó El Querandí por el cual tenía una preferencia especial.

 

En realidad, había un destino natural que llevaba al Querandí a ser casi un anexo de la universidad: la Manzana de las Luces no daba abasto para cobijar tantas facultades a pesar de los agregados realizados sin tener muy en cuenta la vieja estructura y la imposibilidad de lograr algo de confort en las nuevas salas. “La relación entre las entonces Escuelas de Arquitectura e Ingeniería era muy fluida en 1947, -reflexiona el ingeniero Héctor Arduino-. La  Escuela de Ingeniería, a la cual se entraba por Perú 222 se comunicaba en el segundo piso por un pasillo muy ancho con la de Arquitectura que tenía entrada por Perú 272. Por ese entonces ellos habían  pintado todas las paredes con maravillosos dibujos  (figuras humanas, naturalezas muertas, etc.) Pero los estudiantes de Arquitectura no querían depender de Ingeniería sino ser una facultad independiente. Cuando lo consiguieron, cerraron la puerta de comunicación. También los físicos y los químicos quisieron separarse y cada uno creó su centro de estudiantes.” Elva Roulet, da fe de cómo esa puerta de separación que permanecía siempre cerrada, iba a servir en una de las huelgas estudiantiles, para que por allí pudieran escaparse los estudiantes de Ingeniería acorralados por la policía: “Una de las salas agregada a la estructura original era tan fría e inhóspita que la llamábamos Siberia. Esa aula comunicaba con dependencias de la Facultad de Ingeniería pero la puerta de comunicación estaba clausurada con un barrote colocado por sostenes de hierro. Una tarde, no se si del 53 o el 54, estábamos en pleno taller cuando vimos que se abría la puerta y empezaban a pasar los muchachos de Ingeniería: había entrado la policía a reprimirlos y pudieron escaparse  por Arquitectura.”

 

La poca funcionalidad y vetustez de la Manzana de las Luces, impulsó a los estudiantes hacia el Querandí, que fue verdaderamente, el café de la facultad.  “Como no estaba previsto que hubiera mujeres –relata la arquitecta Delfina Gálvez de Williams desde sus lúcidos 95 años-  no había baños y teníamos que usar los del Querandí. Allí tomábamos el té todos los días. Algunos alumnos preferían trabajar en sus casas y otros en cambio preferíamos los salones con grandes mesas donde podíamos trabajar sin interrupciones de teléfonos, etc;  cada uno tenía su escritorio y podía dejar sus pertenencias sabiendo que nadie se las iba a tocar. En esa época teníamos cada tanto unos exámenes relámpago llamados “esquicios”,  (terrible galicismo) que consistía en improvisar un boceto. No nos daban el tema y quedábamos encerrados a veces toda la mañana. Como no éramos  tantos (nos recibimos 62: 58 varones y seis mujeres) nos hacíamos traer el almuerzo desde el Querandí. Algo muy sencillo, huevos con jamón o algo así. Algunos más inescrupulosos sobornaban a los ordenanzas gallegos de la Facultad para que llevaran el tema a nuestros compañeros de los años superiores que estaban almorzando en el Querandí y ellos mandaban las soluciones con los mismos gallegos.”

 

A medida que pasaban los años, mayor era el problema del  espacio, como recuerda Elida Barreiro, recibida en el 62:

 

“En la Facultad de Arquitectura siempre faltaba espacio. Uno iba a escuchar una clase teórica y tenía que ir mirando los carteles para saber donde se daba. Un día que no había lugar, el profesor dijo ‘¿Qué tal si vamos al Querandí?’ Y allí fuimos a dar clase en el reservado. Nos amontonamos todos ahí. Era un anexo de la facultad.”

 

Los testimonios de estudiantes de distintas épocas coinciden también  en ver al Querandí como un lugar de reunión para el estudio individual o grupal que suplía la carencia de espacios en la abarrotada Manzana. “La primera vez que entré al Querandí, en 1947, -dice Weinschelbaum, fue para discutir con el presidente del Centro de Estudiantes que se llamaba Bernardo J. Loitegui. Yo tenía 17 años y tenía la pretensión de que nos aceptaran en el Centro sin haber rendido todavía el ingreso. Loitegui Me atendió con un café en el Querandí y dijo que me iba a contestar. Nunca lo hizo. En realidad, lo que yo pedía era un disparate.” El Ingeniero Hector Arduino, otro ingresado en 1947, recuerda: “Cuando entré en la Universidad de Ciencias Exactas  el Querandí era un lugar de encuentro, casi una sucursal del Centro de Estudiantes. Pero para ser miembro del Centro había que ser alumno de los últimos años y tener buenas notas. No era la representatividad porque sí nomás. Hasta que tuvimos sede propia El Querandí fue nuestra sede. Casi todos los que vivíamos lejos, estudiábamos en la biblioteca a la hora de la siesta y cuando llegaban las 4 o 5 de la tarde, íbamos al Querandí a tomar un café con leche con un  especial de jamón y queso” El ingeniero Arduino destaca el genuino orgullo que sentían los estudiantes por ser tales y la importancia que les daba la sociedad de entonces: “Cuando yo ingresé cada uno era un “señor estudiante”. Teníamos nuestro tablero de dibujo guardado en un armario especial. Un ordenanza te lo preparaba pegando el papel necesario para hacer los dibujos. Nos sentíamos un grupo profesional. En  la Biblioteca éramos atendidos con mucho respeto por el bibliotecario. Podíamos dejar nuestras reglas de cálculo, algo imprescindible para los estudiantes de Ingeniería, sin temor de que alguien pudiera robarlas. No se concebía el robo. A nadie se le ocurría que allí alguien pudiera robar. En el 54, cuando vino el ingreso irrestricto las cosas cambiaron. Empezaron a aparecer en la Biblioteca carteles diciendo que ésta no se hacía responsable de los objetos dejados allí.”

 

Por su parte, la arquitecta Elva Roulet –que cursó sus estudios entre 1951 y 1956- asegura: “Me resulta muy simpático hablar del Querandí, era una especie de anexo de nuestra facultad que no tenía la infraestructura adecuada para una casa de estudios. La Manzana tenía un gran prestigio pero no había lugar. En el Querandí nos sentíamos como en nuestra casa. Pasábamos allí una gran cantidad de tiempo. Básicamente continuábamos con las tareas universitarias. Allí se discutía, por ejemplo, el partido de un gran proyecto arquitectónico cuando se hacía en forma grupal o preparábamos un examen parcial o veíamos algún problema matemático.

 

Los estudiantes gozábamos de la simpatía de todos los mozos y de los dueños del lugar. Después de todo, aunque no consumiéramos mucho, éramos sus principales clientes. Cuando llegábamos empezábamos a hablar de nuestros asuntos. Los mozos –casi todos gallegos- nos daban un tiempo discreto y después de unas dos horas se acercaban diciendo con su peculiar acento:

 

‘-Bueno muchachos ¿qué se van a servir?’ Entonces pedíamos algo más consistente que el café inicial. Generalmente era un submarino con vainillas o algún sandwich y ya con eso teníamos cubierta la estadía. Íbamos ocupando espacios a través de pedidos sucesivos y a veces nos quedábamos toda la tarde. A pesar de estar siempre lleno, no era un lugar ruidoso porque siempre estábamos trabajando. Esto le dio al café un carácter especial.”

 

Diana Saiegh, que ingresó en el 66, poco antes del golpe, después de afirmar que tiene “pocos recuerdos pero intensos”, concuerda con los demás testimonios al otorgar al viejo café un carácter cordial y contenedor. “Por entonces una parte de Arquitectura seguía funcionando en Perú y la otra en un lugar al que llamábamos “los pabellones”, donde estaba la Feria de Exposiciones, vecina a la Facultad de Derecho.[20] Las materias típicas que se daban cada año quedaron en Perú (Matemáticas, Construcciones 1 y 2, Instalaciones 1 y 2).  Había como una leyenda en torno a ellas y los alumnos les tenían terror.  La última, Legal, era temida por todos. Se daba en el aula llamada Siberia. El Querandí era el refugio cordial para los que íbamos y volvíamos de la Siberia.”

 

Ernesto Weinschelbaum coincide: “Era el lugar de reunión por excelencia de los estudiantes. Nos prestábamos apuntes, leíamos, discutíamos. Yo estudié muchas materias frente a una taza de café. A veces nos reuníamos más de seis alrededor de una mesa con dos cafés.[21] Generalmente no protestaban, aunque el gallego Martínez solía decirnos: ‘-Aquí se viene a consumir, no a charlar.” Después de años de trato cordial los mozos hasta prestaban plata a los estudiantes o les conseguían cigarrillos en tiempos de escasez. De esto da también testimonio Elida Barreriro, egresada unos diez años después, en 1962:

 

“Los mozos, buenísimos, eran siempre los mismos. Cuando no teníamos plata nos fiaban. Llegar a fin de mes sin plata era algo muy común entre los estudiantes. Mas de una vez pedí vacilando un café con leche solo porque no me alcanzaba para más ‘¿No tenés plata?, decía el mozo, me lo pagas la semana que viene’.Y me lo traía con medialunas.” Muchos años después, cuando los estudiantes universitarios fueron reemplazados por los de los últimos años del Colegio Nacional, la relación de éstos con los mozos seguían siendo cordiales. Algunos estaba allí desde hacía quince años o más y se sentían un poco dueños. Pablo Rojo, bachiller egresado en el 74, recuerda a un mozo rengo que tenía con los alumnos un feeling especial. “Nos convidaba cigarrillos y nos fiaba cuando no teníamos plata”, recuerda.

 

A veces la relación entre mozos y estudiantes iba más allá de una simpática condescendencia para transformarse en una complicidad propia de amigos o correligionarios. En una novela inédita el ingeniero Carlos Lacerca, conocido líder estudiantil que estuvo preso tres meses en Villa Devoto,  da testimonio de este tipo de relación entre un estudiante y un mozo de la casa que se le acerca y le informa en voz baja las novedades del día: “Pasaron Ernesto, Roberto y José y dicen que te esperan para una reunión urgente en el Centro. (…) Esos dos sentados en el fondo se me hace que no son estudiantes, son muy corteses, dejan buena propina. Me preguntaron por vos, cuándo venías y con quién hablabas regularmente. Dicen que son estudiantes de Arquitectura, pero para mí que son policías de Orden Político”. El joven lo tranquiliza pero le pide que averigüe sus nombres. “El Gallego, descendiente de exiliados Republicanos, era culto, había leído mucho y tenía respeto por el ejercicio de la inteligencia. Le encantaba charlar con Máximo en los intervalos que le dejaban los parroquianos y era un punto de referencia permanente de todos las informaciones sobre los movimientos estudiantiles y agenda segura de reuniones y asambleas. (…) El Gallego regresó pensativo a su trabajo con la sensación que Argentina, como la España de sus padres, entraba en un derrotero que desembocaba en la violencia.”

 

Ya en el terreno de la anécdota, algunos recuerdan a un mozo de apellido Paz que a última hora solía rematar los sándwiches de miga que habían quedado sin consumir.

 

A las 10 u 11 de la noche se acababa toda la actividad. Cerraba la facultad y cerraba también el bar. Desde la mañana estaba siempre lleno pero las mejores discusiones eran por las tardes. “Discutíamos todo –prosigue Ernesto Weischelbaum desde el último libro de Sartre o la ultima canción aparecida hasta el antisemitismo y el fascismo. Fue allí donde Carlos Burundarena, (que luego cambió sus ideas), nos explicó a Dimas Uhalde  y a mí las razones por las cuales era antisemita y partidario de Franco. El cardenal Bea, general de los jesuitas, logró que hiciera un brusco giro desde el fascismo hasta una posición democrática. Mucho después, en el 52, Burundarena, ya recibido, quiso entrar en el Centro de Estudiantes y necesitaba que lo presentaran. Lo presentamos Dimas Uhalde y yo que conocíamos el cambio producido en sus ideas. Firmamos la ficha que fue a la Comisión Directiva del Centro que se reunió y salió elegido por empate de tres a tres. Nos habíamos reunido en el Querandí porque el gobierno había cerrado el Centro de la calle Perú 359. El Caco Alegre, interesante personaje, desempató como presidente.”

 

Elva Roulet, (de soltera Barreiro), no coincidió en el Querandí con Esteban (Yuyo)  su futuro marido aunque bien pudo haberse cruzado con él. Hasta podría haber oído alguna vez, desde una mesa contigua, su risa contagiosa.

 

Yuyo era muy amigo de Weinschelbaum quien lo recuerda con cariño:

 

“Yuyo Roulet vivió entre el Querandí y mi casa –que quedaba más cerca- toda la facultad. Era muy divertido: leía a Dostoievski y escuchaba música clásica en uno de esos grabadores de entonces. Le gustaba tomar tereré, (mate frío) Había aleccionado a la muchacha de casa (hija de un cacique toba pero que hablaba perfectamente el idish)  para que le tuviera siempre listos los elementos necesarios. A los mozos del Querandí también los tenía aleccionados.”

 

La Política en El Querandí

 

Desde la reforma Estudiantil de 1918 la Universidad había sido el escenario de luchas constantes entre los estudiantes y las fuerzas represivas. Ese año, primero en la Universidad de Córdoba y luego en otras Casas de Altos Estudios, hubo una sucesión de huelgas estudiantiles cuyo objetivo era lograr la modificación de los planes de estudio y  terminar con las influencias retrógradas. Por primera vez se debatía la participación de los estudiantes en el gobierno de las Universidades. Estos reclamaron, además, que se realizaran concursos para los docentes y hubiera periodicidad en las cátedras, en un intento por democratizar el acceso a la universidad. Aunque después los regímenes autoritarios no respetaran los logros estudiantiles, quedó siempre la idea de la universidad militante.

 

Las Facultades actuaban a través de sus Centros, algunos más politizados que otros. “Éramos muy pocos y nunca se hablaba de política –afirma Delfina Gálvez-. Yo entré en el 35, con Justo y terminé en el 40, durante la presidencia de Ortiz. No estábamos politizados como en Derecho y mucho más en Medicina donde había activistas con cachiporras.”

 

Cada vez que subía un gobierno autoritario los estudiantes eran quienes empezaban las reivindicaciones. Esto fue lo que sucedió a partir de la revolución del 43, antesala de la movida década 45-55.  El gobierno militar, fruto de la revolución del 43, dispuso la intervención de cinco universidades nacionales. Los estatutos reformistas fueron sustituidos por otros, el conflicto se generalizó y comenzó la represión.

 

“El 12 de octubre de 1945 los estudiantes comenzaron a ocupar en forma pacífica, las facultades porteñas. (…) la ocupación se centró primero en Ciencias Exactas, en el viejo edificio de la calle Perú al 200. Los estudiantes cerraron puertas y ventanas y apilaron muebles contra ellas.(…) Durante tres días y tres noches, quinientos cuarenta estudiantes de esa facultad  permanecieron en el interior del edificio.”[22] Muchachos de otras universidades y también de la secundaria, se acercaron a llevar comida para los allí atrincherados. Algunos, como Ernesto Weischelbaum, entonces de 15 años, era la primera vez que se acercaban a la realidad universitaria.[23] La segunda vez utilizó uno de los túneles coloniales que unían a la iglesia de San Ignacio con su antigua Procuraduría, ahora ocupada por las aulas. El cuarto día de ocupación, a la madrugada, la policía irrumpió por los techos. Casi todos los ocupantes fueron apresados y llevados a la comisaría donde, en un siniestro rito que volvería a repetirse en otras ocasiones, “los agentes, formados en doble fila, hacían desfilar a los estudiantes con los brazos en alto mientras los insultaban y les daban puñetazos y puntapiés.”[24] Las universidades de Buenos Aires, La Plata y el Litoral fueron clausuradas y sus rectores y decanos detenidos. El 4 de junio de 1945, aniversario de la revolución del 43, el coronel Perón asumía la Presidencia de la Nación. Su relación con los estudiantes universitarios sería más que conflictiva. En Ciencias Exactas prácticamente todo el alumnado estaba contra Perón. “Un factor que contribuía a la calidez del Querandí –opina Mario Bunge-  debe de haber sido el que todos, durante y después del peronismo, estábamos de acuerdo en nuestra oposición al mismo. Era una atmósfera mas interesante y civilizada que la de las cafeterías de estudiantes de las universidades norteamericanas.”

 

En su novela inédita Galopando hacia el horizonte, Carlos Lacerca, afirma que: “El Bar el Querandí era una permanente peña del pensamiento político. La lucha contra el Peronismo convocaba un amplio espectro, desde el socialismo al liberalismo, pero con una marcada influencia Radical. El ambiente de penumbra y el elaborado decorado de boiserie y bronces, tenía reminiscencias de los lujosos cafés del pasado donde se desarrollaban las tertulias sobre arte o política.” El ex líder estudiantil y director de “La línea recta” refrenda lo escrito hace unos años con sus palabras actuales:

 

“El Querandí llegó a ser para un grupo bastante grande de estudiantes, un centro de luchas políticas. El Centro de estudiantes de Ingeniería era un importantísimo organismo gremial. Tenía una estructura orgánica que le permitía serlo: tenía dinero y era apoyado por ciertos grupos de empresarios.” El CEI poseía personería jurídica desde 1907 y tenía montada una especie de cooperativa que editaba apuntes y hasta libros de los propios docentes de la Facultad. Además contaba con una magnífica biblioteca técnica y científica.”[25] El gobierno concentró su represión en Ingeniería porque allí había un fuerte núcleo de resistencia.  Prácticamente todos los estudiantes eran afiliados al Centro y como la mayoría de ellos era antiperonista, se generó una fuerte confrontación y el Centro fue intervenido. Bajo la dirección de Carlos Lacerca el Centro volvió a la actividad tomando el nombre usado a fines del siglo XIX: “La Línea Recta”. El nuevo CEI compró un departamento en la Diagonal Sud y funcionó en forma semiclandestina. “La oposición estaba apoyada fundamentalmente por el radicalismo como forma mayoritaria –asegura Lacerca-. Y los centros estudiantiles tenían un permanente contacto con el Partido. El socialismo y la Democracia Cristiana también participaban en el arco opositor pero con menor fuerza política. Todos los ministros y Secretarios de Estado que integraron el primer Gabinete Radical en 1983, habían sido concurrentes asiduos a la tertulia del Querandí, donde se habían forjado lazos políticos y humanos duraderos.”[26]

 

El Querandí fue utilizado muchas veces por los estudiantes de ese período para reuniones clandestinas. “Alguna vez nos escondimos allí de la policía, afirma Weinschelbaum. Hasta hicimos una reunión de FUBA. Pensábamos que allí no nos iban a buscar. Con la misma intención, hicimos otra vez  la reunión de FUBA en la Catedral.”

 

Un día de diciembre de 1950 la policía irrumpió en el Centro de Farmacia donde estaban reunidos los dieciocho delegados que formaban la Junta Representativa de la FUBA, entre ellos, Roulet, Weinschelbaum y Ludovico Ivanisevich Machado, sobrino del ministro de Instrucción Pública, que no compartía las ideas de su tío ya que, según sus amigos, “era un excelente católico democrático.” Había creado la Liga Humanista y les daba a leer las encíclicas papales. Los policías quedaron muy desconcertados cuando le encontraron un rosario en el bolsillo.¿Un comunista que rezaba? Aun así, llevaron a todos a Villa Devoto. Yuyo Roulet era entonces presidente de la FUBA. Como era muy asmático llevaba siempre consigo un aparato para inhalar. En un acto cruel y arbitrario, uno de los policías se lo rompió. Weinschelbaum, cuyos padres tenían una farmacia, se comunicó con su novia y ésta pudo alcanzarles a la cárcel otro aparato, después de haber sobornado a uno de los guardas. En esa oportunidad, Alfredo Palacios y Arturo Frondizi presentaron recursos de hábeas corpus por los estudiantes detenidos.[27]

 

A pesar de que en el Querandí hubo muchas reuniones clandestinas nunca hubo allí una redada policial. Hay quienes niegan la presencia de espías (“tiras”) y quienes afirman haber temido una posible delación. “De política hablábamos únicamente con los amigos, cuidando que no oyeran desconocidos. Había un gran temor a la delación y una gran desconfianza,” recuerda Elva Roulet, y agrega: “La sensación mas fuerte que tuve cuando cayó Perón y fuimos a la Plaza de Mayo en la asunción de Lonardi, fue la de poder hablar sin miedo a una probable delación. Era frecuente ver en la Facultad caras desconocidas o de alumnos a quienes no se veía estudiar ni dar exámenes etc. Los mirábamos con mucho recelo. Recuerdo las veces que, caminando rumbo al Querandí con alguna compañera, nos quedábamos mudas al escuchar atrás los fuertes pasos de uno de esos siniestros personajes enfundados en impermeables.” Bartolomé Tiscornia, que cursó algunas materias de Química y pertenecía a “La línea recta”, recuerda que, para desenmascarar a los falsos estudiantes, les preguntaban: “¿Cuál es la derivada de a al cuadrado?”, algo elemental para quien hubiera hecho el ingreso a Ciencias Exactas.

 

El testimonio de Carlos Lacerca demuestra la real presencia de espías en el Querandí. “Antes de caer preso, me vigilaban dos tipos cultos, estudiantes de derecho, que bien podían pasar por alguno de nosotros pero que los mozos del Querandí tenían clasificados como extraños al lugar. Accidentalmente trabé relación con ellos y descubrí que eran “pareja”, algo que no se daba mucho en esos tiempos. Uno era hijo de un comisario y otro de un abogado importante. Ellos sabían que yo estaba implicado en la revolución que se venía. Un día me advirtieron: ‘No vayas a tu casa. Desviáte ya mismo para cualquier lugar porque te buscan.’ Me fui entonces a casa de una tía, pedí a casa que me mandaran el smoking y fui a pasar la velada de gala en el Colón. Al día siguiente crucé a Montevideo.”

 

Lacerca, junto con Weinschelbaum y Guido Di Tella  se negaron a dar la materia Formación Política, impuesta por el gobierno peronista. Por lo tanto, no podían recibirse. Cuenta el primero: “Tessera del Franco, tratando de facilitarme las cosas, me llamó y me dijo: -Yo no lo voy a obligar a que venga a escuchar mis clases. Esto se puede arreglar  con una charla en el Querandí: yo entro por una puerta, usted por otra, nos sentamos a tomar un cafecito, charlamos sobre política y me doy por satisfecho.” La oferta resultaba tentadora pero Lacerca se negó por una cuestión de principios.

 

Tanto él como su amigo Weinschelbaum se refugiaron un tiempo en Montevideo. Alfredo Palacio era en ese momento rector de la universidad de esta ciudad. Al enterarse de lo que había pasado los declaró ingenieros con todos los honores. Después de la Libertadora el interventor Malvicino les hizo entrega del título en un acto público en el patio Huergo de la facultad de Ciencias Exactas. También lo recibió en ese acto otro amigo,  Guido Di Tella.

 

Días de fiesta y ananá fizz. Amores de estudiantes.

 

Los reservados del Querandí eran una incitación a la privacidad de los primeros acercamientos sentimentales aunque muy pocos de esos enamoramientos de estudiante perseveraron en noviazgo y matrimonio. Como cantaba Gardel siguiendo una expresión popular:

 

“Hoy una esperanza, mañana una traición

Amores de estudiante, flores de un día son.”

 

Ernesto Weinschelbaum -que se casó con Lila L. estudiante de Letras, en 1953, un año antes de terminar su carrera- recuerda un corto romance anterior con una de las más brillantes y atractivas alumnas de Exactas, Sarita R., quien, años después, se recibiría de doctora en Química con 27 sobresalientes sobre 30 materias y se casaría con Victor Rietti, también egresado de Química. “Fue un romance de lo más inocente. Alguna vez, estando en el reservado, le di un suave beso en la mejilla, nada más. Juntos descubrimos a Villalobos, el músico brasileño que nos volvía locos. Teníamos 17 años.”

 

Delfina Gálvez Bunge ya conocía al estudiante de arquitectura Amancio Williams. El entró después, en 1937, cuando ella cursaba el tercer año, pero le reconocieron un año por los estudios hechos en Ingeniería. Estando en la facultad se pusieron de novios y se casaron ya egresados. A menudo veía en el Querandí a su primo Mario Bunge, estudiante de Física y luego profesor de la casa de altos estudios.

 

Los años pasaron pero las costumbres siguieron. El economista Pablo Rojo, egresado del Colegio Nacional en el 74, afirma que los encuentros románticos en el Querandí eran una atracción más para la muchachada estudiantil.

 

Al evocar el viejo café, muchos de sus antiguos parroquianos el rito del Ananá fizz, infaltable en los festejos de graduados y en cualquier ocasión feliz, como la aprobación de un examen No siempre disponían los estudiantes los 5$ que llegó a costar la copa en la década del cincuenta, pero en las fiestas de graduación, con la ayuda de padres o amigos el que se recibía invitaba a todos sus compañeros al tradicional brindis, como lo muestran las fotografías de Ernesto Weinschelbaum en 1954, donde se lo ve brindando con un grupo de amigos, casi todos destacados dirigentes estudiantiles.

 

Elva Roulet agrega: “Tomábamos Ananá Fizz en los momentos de relajación, cuando ya habían pasado los exámenes. Eran muy importantes las antesalas de los exámenes en El Querandí. Por lo general esta espera se matizaba con cuentos ‘verdes’. La intención era distraernos para evitar los nervios. Allí también era la tensa espera de la nota. Cuando era buena, se festejaba  con un brindis.” Aún puede verse en el mostrador el viejo cartelito que indica “Hay Ananá Fizz, el cóctel de moda” y todos coincidían que era el mejor de Buenos Aires. Parece que esta costumbre venía de la década del 20 y que de entonces data el famoso cartelito sobre el espejo. Los testimonios van desde 1935 a 1976: “Era nuestra bebida favorita con la que festejábamos los exámenes aprobados –recuerda Delfina Gálvez de Williams-. Como terminábamos a mediodía lo tomábamos como copetín, antes de almorzar. Lo hacían muy rico, era muy especial.” Muchos años después, Fernando Cassini, egresado del 76 diría al describir el local: “El cartel de ‘Ananá Fizz, el cóctel de moda’, omnipresente junto a la canilla con cabeza de cisne sobre el mostrador, donde los mozos llenaban los vasitos de agua, menospreciados compañeros de cada café que la ruidosa máquina producía entre vapores y sisidos…”  Lo curioso es que no se tomaba allí ni vino ni cerveza, solo el cóctel de champaña con jugo de ananá exprimido en el momento en un viejo trapiche. Eso en las grandes ocasiones, aunque uno que otro alumno sin mucha vocación, se escapara de los prácticos de Química para saborear la preciada copa.

 

Elida Barreiro, hermana menor de Elva y también arquitecta, recuerda muy bien los ruidosos festejos de su fiesta de egresada. “Cuando egresé me hicieron un bautismo terrible: me pelaron con una tijera de podar, me embadurnaron con dulce de leche, harina y hasta brea, que me costó mucho sacar. Además me cortaron la pollera por detrás. El bedel me anunció que se veía más de lo prudente y me prestó una cortina en la que me envolví como si se tratar de un sahari. Así hice mi entrada triunfal al Querandí. Uno de los mozos se acercó de inmediato y me puso en la cabeza una rodaja de limón, como la frutilla del postre.”

 

Egresados del Colegio Nacional Buenos Aires varios años después, tienen recuerdos muy parecidos de sus actividades en el viejo café. En su testimonio, Pablo Rojo –egresado de la camada “Romambledo” del 74- [28] hace notar que el 40% de la concurrencia eran estudiantes pero que había un 60% de parroquianos habituales –algunos con diez años o más de clientela estable-, gente del bario de Monserrat que pasaba allí gran parte de su tiempo libre. “Después de vernos casi todos los días, cierta interacción se daba entre los estudiantes y la gente del barrio, que iba más allá del saludo habitual”. Otra constante a través de los años era que cada grupo tenía su mesa propia: “la mía daba a la calle Moreno’, afirma. Ya en el terreno pragmático, Rojo recuerda los espléndidos sandwichs tostados de pebete, con generosa cantidad de jamón y queso y destaca también la comodidad de los sillones del Querandí donde pasaban largas horas conversando después de clase. [29]

 

Fernando Cassini, egresado en 1976 del mismo establecimiento, evoca la franca camaradería entre alumnos que allí se reunían para estudiar o charlar: “El Querandí llenó muchas de mis mejores horas adolescentes. Recuerdo las mañanas (y algunas tardes cuando los profesores faltaban o nos rateábamos) tomando submarino con churros en invierno… Sentados en alguno de los ‘reservados’ fumábamos los primeros cigarrillos y jugábamos a la generala o a ‘la monedita’.[30] Horas de fiaca y de estudio, alternándose con alguna que otra bronca de los mozos ‘gallegos’ por el bochinche de alguna discusión sobre política o fútbol. Las pilas de libros y apuntes, las charlas indolentes, los nervios antes de un parcial, la timidez de los primeros escarceos con las chicas –sobre todo cuando éramos muchos en el ‘reservado’ y nos teníamos que sentar bien juntos-, los rostros entrañables de mis compañeros del Nacional; tantos recuerdos enmarcados en sus ventanas o tallados a escondidas en las mesas del Querandí. Años felices pese a la realidad, allá por principios de los 70.”

 

La noche de los bastones largos, fin de una época también para el Querandí.

 

En la vida de la facultad de Ciencias Exactas hubo también momentos dramáticos que repercutirían en el viejo café.

 

Después de la revolución del 55, la UBA convocó los profesores que habían debido emigrar por persecución ideológica. En 1957 se  aplicó el Estatuto Universitario elaborado en tiempos de la Reforma: la Universidad fue autónoma frente al Estado, se puso en práctica el gobierno tripartito de estudiantes, profesores y graduados y se hicieron realidad los concursos de docentes y  las cátedras renovables. Comenzó entonces una edad de oro para la Universidad Argentina que se abrió a la sociedad y al conocimiento científico y se convirtió en causa de orgullo nacional. Dos grandes corrientes dominaban el movimiento estudiantil: los reformistas que incluían radicales, socialistas, izquierdistas e independientes  y los humanistas de procedencia socialcristiana. “Más allá de las diferencias, ambos grupos coincidían en el apoyo a la modernización de la Universidad.”[31] Bajo el decanato de Rolando García, secundado por Manuel Sadosky, Ciencias Exactas se convirtió en uno de los centros mas dinámicos del país y de Iberoamérica. “Fue una especie de milagro que duró diez años, del 56 al 66 –recuerda Sadosky- Entre alumnos y profesores se logró crear una excelente relación. Prácticamente había que echar todas las tardes a los alumnos porque no se querían ir, entusiasmados con sus trabajos y experimentos. Éramos como una familia. El presidente Illia nos consideraba la joya de su gobierno. Estábamos trabajando por el país porque aparecíamos en revistas internacionales a través de excelentes trabajos. (…) En 1961, Sadosky logró la hazaña de introducir la computación en la Argentina. La máquina era inmensa y los estudiantes la llamaron ‘Clementina’. Su idea era organizar la carrera de computador científico para generar recursos humanos que dieran apoyo a la investigación.”[32]

 

Este amanecer del conocimiento científico fue bruscamente interrumpido. “El 28 de junio de 1966 el doctor Arturo Illia, presidente constitucional, fue depuesto por las Fuerzas Armadas y el general Juan Carlos Onganía ocupó el poder. Un mes después, el gobierno quitó a la UBA su autonomía. El rector, los decanos y demás funcionarios pasaban a ser meros administradores dependientes del Ministerio de Educación. El rector Hilario Fernández Long presentó de inmediato su renuncia. Lo mismo hicieron en el anochecer de ese día, 29 de julio, el decano y el vicedecano de Ciencias Exactas durante una reunión apresuradamente convocada en la Manzana de las Luces en la cual también los estudiantes decidieron participar en la resistencia. En los diarios del día siguiente podía leerse la noticia que consternó al país: “Cinco carros de asalto, dos coches patrulleros, dos celulares y un carro del cuerpo de bomberos con alrededor de un centenar de policías, rodearon poco después de las 23 la Facultad de Ciencias Exactas en Perú y Diagonal Sur. Las fuerzas policiales instaron a los estudiantes que se hallaban dentro de la Casa de Estudios a abandonarla. En cinco minutos cumplido el plazo, cargó una dotación del cuerpo de guardia de infantería contra el acceso ubicado en Perú 222 y tras vencer los obstáculos que cerraban las puertas, arrojaron bombas de gases lacrimógenos…”[33]

 

Así recordaba Manuel Sadosky, en una entrevista realizada en septiembre de 2001, los momentos cruciales que siguieron: “Nos hicieron pasar corriendo por un corredor mientras nos pegaban con palos. El general Fonseca había dado la orden de desalojar y lo hicieron. No entiendo como no mataron a nadie. Lo que más me indignó fue que pegaban a las mujeres (…) Recién en la comisaría, al pasar frente a un espejo, me di cuenta de que estaba todo ensangrentado, y me limpié la cara. Me habían pegado con un palo de goma (…) La presencia de un gran profesor norteamericano Warren Ambrose, impidió que nos pasara algo peor. Le habíamos prevenido lo que podía suceder pero quiso quedarse para ver de cerca la situación. El fue quien dio a conocer al mundo la barbarie de aquella noche en un artículo publicado en el New York Times.”[34] Esa noche las luces de la Manzana se apagaron. Lo que se había construido en diez años de esfuerzo tenaz fue destruido en unas horas sin posibilidad de rehacerse. “Planeamos un Instituto Tecnológico para encarar el estudio de problemas de interés nacional –escribía con conmovedora sinceridad Rodolfo Busch, encargado y del departamento, hasta entonces casi inexistente de Química inorgánica- Llegamos a 1966, con las bases científicas y técnicas perfectamente establecidas para emprender la tarea de la segunda etapa: desarrollar la tecnología. Tenemos la gente, tenemos excelentes perspectivas de financiación. Digo, teníamos. Teníamos… En fin, aquí terminó una etapa; no sabemos que pasará con la siguiente.”[35]

 

Mudo testigo de esta decadencia de la Facultad de Ciencias Exactas, el Querandí veía disminuir día a día la clientela universitaria. En 1974 se terminó de trasladar lo poco que quedaba. Solo seguían firmes los alumnos del Nacional Buenos Aires.

 

¿Cierra el Querandí?

 

El 26 de diciembre de 1969, más de tres años después de la infausta “noche de los bastones largos”, la Municipalidad expropió toda la cuadra de El Querandí para hacer el ensanche de la calle Perú. El proyecto implicaba tirar abajo  una franja de ocho metros a lo largo de dicha calle. Lo peor era que esa medida afectaría también a la Manzana de las Luces. Los responsables de esta absurda medida alegaban que algunos los edificios que la componían estaban en peligro de derrumbe. La memoria viva del pasado porteño iba a ser demolida por la picota criminal de algunos pseudo progresistas ignorantes de su propia historia. Alertado de la situación, Jorge Ernesto Garrido, Escribano Mayor de Gobierno denunció el irreparable error que estaban por cometer y consiguió parar la demolición y crear la Comisión Nacional de la Manzana de las Luces “para definir los destinos de los edificios ubicados entre las calles Perú, Bolívar, Alsina y Moreno.” Lamentablemente, si bien se pudo evitar la desaparición de los edificios jesuíticos de la Manzana, no sucedió lo mismo con los de la Universidad considerados “no históricos” por no ser del tiempo de la colonia sino de fines del siglo XIX. Fue así como se perdió para siempre la magnífica Aula Magna de Ciencias Exactas.

 

Mientras tanto El Querandí, expropiado por la Municipalidad, seguía funcionando. Los estudiantes universitarios, que habían empezado a ralear desde 1966, en el 74 se habían reducido a una parte de la facultad de Arquitectura, pero los antiguos parroquianos del barrio seguían firmes alrededor de sus mesas habituales mientras iban en aumento los alumnos del Nacional Buenos Aires. Uno de ellos, el economista Sergio Beresztein, da testimonio de unos de los frecuentes usos del Querandí o “Querando”, como le decían familiarmente: era el lugar ideal para hacerse la rata de vez en cuando. “El primer día del curso de ingreso al Colegio Nacional Buenos Aires, recuerda Sergio, en febrero de 1975, mi hermana mayor, que pasaba a 4º año, me llevo a comer un tostado al Querandí. Antes me había comentado las posibles opciones: el Bolívar (que estaba justo enfrente del Colegio), el Roncal (en la esquina sur) y el “Querando”. Aquí hay menos servicios, me dijo en voz baja, con la complicidad que nos daba los años de historias familiares con abuelos y tíos que habían estado presos durante regimenes militares y durante el primer peronismo por ser, en partes iguales, judíos y de izquierda. ‘-Además, agregó mi hermana, si te rateas acá los profesores no te ven, porque en general toman el subte y vienen caminando desde el Cabildo.’ Aprendí en el Querandí, el primer día de mi curso de ingreso, dos cosas muy importantes: que había que cuidarse de los “service” y que había que planificar las rateadas con bastante picardía.

 

“Luego de vivir algunos años en el exterior, volví de visita en 1995 y casi lo primero que hice fue llevar a mi sobrina mayor (la hija de mi hermana) al Colegio para adoctrinarla y convencerla de que diera el examen de ingreso. Recorrimos todas las instalaciones, paramos a saludar al Prof. Perazzo (eterno director del Depto. de Física) y, para finalizar la experiencia iniciática) la llevé al Querandí a comer un tostado y a contarle que una vez, hacia un poco mas de 20 años, su mamá había estado en mi lugar.”

 

Luis Camilión, Director de la Manzana desde 1977 hasta el 2001, fue testigo tanto de los últimos momentos del viejo Querandí como de los primeros triunfos del nuevo, restaurado en 1992.

 

“Sentí mucho el cierre. Era un lugar muy especial para los estudiantes y para toda la gente del barrio, un edificio emblemático de la época, muy ecléctico y un lugar muy agradable para estar. A fines del 79 el Querandí cerró.

 

Una mañana de 1980, Eduardo Vázquez, actual director del Museo de la Ciudad, que entonces secundaba al arquitecto José María Peña, llegó muy alarmado a contarle: “Acabo de pasar por el Querandí y los inquilinos han puesto una bandera de remate!”

 

“-Imposible, contestó Peña, toda esa cuadra  pertenece a la Municipalidad.”.

 

Como era presidente de la Comisión que tenía a su cargo el casco histórico de la ciudad, de inmediato redactó una carta a los inquilinos e impidió el remate que se iba a realizar esa misma tarde. Los inquilinos querían vender las instalaciones del café, la mayoría de ellas (mesas, sillas) no eran las originales, que ya habían sido vendidas, aunque si lo era toda la carpintería (boisserie, separaciones de los reservados, mostrador con auténtico estaño y columnas salomónicas de todo tipo y tamaño de un estilo indefinido al que Peña había bautizado como “remordimiento italiano”). Todo eso estaba en venta sin tener derecho para eso ya que lo que está adherido a las paredes de un inmueble es propiedad del dueño, en este caso la Municipalidad.

 

“No bien mandé la nota, continua relatando Peña, llamé a Ricardo Freixá, el entonces Secretario de Cultura y le avise lo que estaba pasando.  En seguida llamó a Hacienda para averiguar quien había dado el permiso. Fuimos a ver al Secretario Del Prado y logramos evitar el remate y la demolición. Como no convenía que el lugar quedara vacío, citamos a los inquilinos y les propusimos ocuparse del café haciendo los arreglos necesarios pero no aceptaron e hicieron juicio a la Municipalidad. Mientras tanto, hicimos un rápido inventario de las cosas que estaban sucias pero no destruidas y se cerró el local.”

 

Muchos años antes de que ocurrieran estos acontecimientos, el 23 de agosto de 1934, un grupo de ex alumnos del Colegio Nacional Buenos Aires  fundaba la Asociación de Ex alumnos. “Ya cumplimos setenta años”, anuncia con orgullo Fulvio Durante, que la presidió de 1985 a 1987 después de haber sido tesorero y secretario. “Eran tiempos de Justo y funcionó en el mismo Colegio que recién se inauguró oficialmente en el 38. Yo entré en la Comisión Directiva en el año 80. Hace 26 años que estoy allí. También fui vicepresidente. En un principio éramos unos 500. Nos reuníamos todos los jueves y yo les propuse tener una sede propia, un refugio de amigos.” Fulvio Durante aprovechaba las reuniones de las distintas camadas para hacer más socios. “Teníamos importantes figuras: Mario Roberto Álvarez, Roberto Alemann, el Almirante Castro Madero, de la promoción del 45 como yo; escritores como Denevi, cineastas como Antón, actores como Onofre Lovero, Horacio Sanguinetti, tantos años Rector del Colegio funcionarios, etc. El Centro era una especie de Ghota porteño. Yo era amigo del doctor Guillermo del Cioppo que fué intendente del 82 al 83. El conocía mis proyectos de tener sede propia. El 23 de agosto del 82 asistió a nuestra reunión y en un aparte me dijo: ‘Fulvio ¿Querés el Querandí?’ A la semana yo ya tenía la llave.”

 

Entrar en el viejo Querandí fue muy emocionante. Todavía no estaba destruido. Tenía su mostrador de estaño y su boiserie intacta. Como la Asociación no tenía dinero,  Durante pensó dar al café en concesión por 20 años a alguna empresa particular a cambio de que ésta corriera con los gastos de los arreglos necesarios para el café y la sede de la Asociación, que estaría en los altos usados por los anteriores propietarios como depósito de mercaderías.

 

“Con esa intención hablé con Aragón Cabrera, dedicado al gremio de los gastronómicos, pero antes era necesario que tuviéramos la personería jurídica, lo que no ocurrió hasta 1983.” El Intendente Del Cioppo entregó el predio a la Asociación de Exalumnos por veinte años, con la condición de que el viejo café fuera explotado como bar-restaurante y desarrollara actividades sociales y culturales “manteniendo el nombre y las características físicas del edificio.”

 

Al asumir como intendente, en 1984, Julio César Saguier, pensó derogar todas las concesiones que había entregado Del Cioppo. “Cuando me enteré, prosigue Durante, hablé con  Antonio Cartañá, entonces Presidente del Instituto Municipal de Obra Social, que había sido compañero de Saguier, para que nos consiguiera una entrevista. A los dos días me presenté con Horacio Sanguinetti, Manuel Antín y Onofre Lovero, y le explicamos todo lo que la Asociación hacía  en material cultural y educacional, dando conferencias y apoyando escuelas del interior.” Pero en el interín habían entrado ladrones a “los altos” como llamaban al primer piso que en otros tiempos había servido de vivienda a los dueños, a robarse los caños y otros elementos. El arquitecto Peña hizo poner un candado pero, después de un tiempo, por un boquete abierto en la casa de al lado, entraron ocho familias carenciadas y allí se quedaron por mas de diez años. La presencia de los intrusos hizo que el decreto quedara en letra muerta hasta que, en 1990, el gobierno de Buenos Aires encontró un lugar para estas personas indigentes en el barrio Ramón Carrillo.

 

Fue entonces que se produjo el encuentro con Álvaro Campos, muy conocido entre los gastronómicos y en la colectividad gallega, cuyo asesor jurídico, el doctor Neira, era también ex alumno del Nacional Buenos Aires. “Así nos conectamos con Álvaro Campos, prosigue Durante. El se arriesgó en un momento difícil. Era muy buena persona e hizo las cosas con seriedad. Los planos fueron hechos por dos arquitectos ex alumnos que formaban parte de la Comisión Directiva. Nos urgía el tiempo porque ya habíamos perdido diez años.”

 

Llegó por fin el momento en que el arquitecto Peña, como Director del Museo de la Ciudad y del Casco Histórico, con algunos representantes de la Asociación de ex alumnos y los nuevos consignatarios, Bar Querandí S.A, pudieron entrar al legendario café. Aquello era peor que el castillo de la bella Durmiente. Compactas telarañas, endurecidas por la tierra, cruzaban los salones, en tanto que el piso, sobre todo en la parte que daba a Perú, mostraba la suciedad de diez años de aguas servidas. “Después de varias conversaciones –relata el arquitecto Peña-  nos pusimos de acuerdo y nos presentaron a los arquitectos Lattes y Zarattini, ex alumnos del Nacional a quienes habían encargado la obra. Milagrosamente, el piso pudo recuperarse y mantenerse. Era tal la mugre que parecía estar peor de lo que estaba. Se restauraron parte de las maderas talladas, reponiendo las que faltaban o estaban quemadas, dándoles un tinte un poco más oscuro del que tenían para que no se notaran tanto los agregados. El mostrador estaba tal cual yo lo había vivido, hasta con el cartelito de los años veinte con la propaganda del Ananá fizz. El trabajo con los Campos, actuales concesionarios, fue muy agradable, nos entendíamos muy bien y atendían nuestras sugerencias como las de poner las arañas estilo holandés.”

 

El Querandí vuelve a la vida. Noches de tango

 

La reconstrucción buscó utilizar en lo posible el material genuino  y mantener su peculiar estilo. El capital fue aportado por la empresa “Bar Querandí S.A.” al que la asociación de Exalumnos y la Municipalidad entregaron en concesión la explotación del café. El arreglo se terminó en el 92 y el Querandí pudo reabrir sus puertas en agosto de ese año.

 

“Entrar en el nuevo Querandí fue una sorpresa –afirma Luis Camilión-.  Era y a la vez no era nuestro viejo café. La reforma le dio un carácter que no tenía el antiguo, un carácter de restaurante pituco que antes no había tenido. Yo iba mucho a almorzar. Había otros dos restaurantes buenos en el barrio, pero el pescado del Querandí era único. Es cierto que resultaba un poco caro pero el lenguado lo hacían como nadie. Me alegré de que les fuera cada vez mejor, sobre todo cuando incorporaron el tango.” En efecto, desde 1996 el tango había encontrado un nuevo refugio en el viejo café de Moreno y Perú. Sus espectáculos nocturnos atrajeron un público turístico y local.

 

Poco después de su apertura salió en Clarín un nostálgico  artículo de Isidoro Blaisten, recientemente fallecido, que expresa el sentir de muchos de sus antiguos parroquianos: “Como en un tango vuelvo al bar Querandí. (…) Miro la oscura boiserie, la madera rescatada del olvido, las columnitas salomónicas, el piso ajedrezado, las presencias mágicas de quienes alguna vez estuvieron y ya no están. Vuelvo a mirar la misma calle, acodado a la misma mesa, que quizá sea la misma en la que, acodado como ahora, con la mirada fija en la puerta batiente, esperaba como ahora a una mujer. (…) Pienso que el pasado es plástico. Quizá por eso la historia siempre tiene algo de literario. Si como dice Neruda. “Nosotros los de entonces ya no somos los mismos”, los lugares de entonces tampoco lo son. Los lugares son en nuestro recuerdo. (…) Sin embargo, el Querandí está ahí, bello, quieto y pertinaz como una mariposa de obsidiana. Pienso en el poema de Borges:

 

En un instante que hoy emerge aislado,

sin antes ni después, contra el olvido,

y que tiene el sabor de lo perdido,

de lo perdido y lo recuperado.

 

(…) Este café, pienso, ha sido perdido y recuperado. Ha vencido al olvido y a la destrucción. Ha triunfado sobre el inefable mal gusto, y la simplicidad y el encanto de sus líneas armoniosas dibujan bajo la luz cenital de las arañas la sombra fugaz del paso abigarrado de la gente.” [36]

 

El Querandí retomó su actividad en 1992 incorporando el restaurante. “Abríamos mañana y tarde como bar y restaurante, recuerda Claudio Campos. Ya no podía recuperase la idiosincrasia estudiantil que tuvo desde los años veinte hasta los 70. Los alumnos del Buenos Aires de la década del 90 ya no acudían al Querandí aunque durante la mañana funcionaba para ellos. Como dice Peña, continúa Claudio, los lugares no deben quedar estáticos sino responder a las necesidades del momento. La historia cambió, el barrio cambió. El Querandí funcionó muy bien como restaurante y su cocina adquirió prestigio, tal es así que esta zona que casi no tiene vida nocturna, comenzó a poblarse con la gente que venía a comer. Así fue hasta el año 95 en que por el efecto tequila y la aparición de Puerto Madero fue mermando el público hasta el punto de ponernos en la disyuntiva de cerrar durante la noche o de buscar una alternativa para ofrecer a los parroquianos. El tango se presentó entonces como la mejor opción. El Querandí  tenía mucho que ver con su historia. El primer edificio de 1867 coincide con los remotos inicios del tango que, en los años 20, cuando se abre el café, ya está consolidado como género formal. También tienen en común la época oscura en que el tango fue mal visto y El Querandí estaba a punto de ser demolido. En los noventa el espectáculo Tango Argentino vuelve a ponerlo de relieve en Argentina y en el exterior. Se produce un auge de las Academias de baile y el tango vuelve. El Querandí siguió los avatares del tango y estuvo atento a sus tiempos.

 

“Mi padre, Álvaro Campos, que murió en el 2002 fue el verdadero propulsor del tango en el Querandí. Apostó a esa idea con valentía. Muchos empresarios gastronómicos tuvieron oportunidad de vincularse con esta esquina y tomar este contrato pero no se animaron. Mi padre tuvo mucha visión. Fue un atrevido pues asumió el riesgo. No podía ser cualquier propuesta: debía ser un espectáculo muy respetuoso de la esencia del tango”.

 

En efecto, el espectáculo que se ofrece desde 1996, tiene un guión y sigue un criterio. A través de breves diálogos pero fundamentalmente de la música, el baile y el canto, sobre el escenario se va desarrollando la historia de esta expresión artística y popular que nos individualiza en todo el mundo: desde aquellos tango-milonga, mas alegres que melancólicos hasta las melodías indudablemente porteñas de Piazzolla, pasando por el tango canción que recuerda temas entrañables como la inmigración,  el primer amor, el abandono o la fugacidad de la vida.

 

Claudio Campos afirma que él no conocía la historia del Querandí. “Me fui enterando de a poco, hacia el final de la obra, cuando la gente se asomaba, curiosa por saber lo que íbamos a hacer y nos contaba sus historias. Fui entendiendo de que se trataba y asumí una responsabilidad que hasta el momento no había sentido: el tener derecho al uso durante veinte años nos hacia administradores de algo que no pertenecía solo a los propietarios sino a la gente. Había que  ser fiel al estilo. No se podía traicionar ese sentimiento. Aunque muchas veces me han felicitado por abrir algún local, nunca me había pasado que me agradecieran como lo han hecho  por haber reabierto El Querandí teniendo cuidado por su historia y su ambientación, mas allá de la explotación comercial”.

 

En 2004 el Querandí recibió un importante reconocimiento al ser declarado por el Museo de la Ciudad de Buenos Aires Memoria Viva de la Memoria Ciudadana. Al mismo tiempo la Secretaría de Turismo de la Nación lo declaraba Lugar de Interés Turístico.

 

Comprendemos, en palabras del arquitecto Peña, cual es el encanto que emana del Querandí: “Los edificios no son inertes, hablan, escuchan y transmiten. Si uno les da cariño responden. Así lo reconoció Claudio Campos, ahora al frente de la empresa, después de haber escuchado tantos testimonios nostálgicos de parroquianos que vuelven, algunos con sus hijos o nietos, a evocar sus tiempos de estudiantes en los que, alrededor de la mesa, conversaban y discutían arreglando el mundo. Tantas generaciones de jóvenes no han pasado en vano.”

 

Lucía Gálvez

 

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Epílogo: La Cava del Querandí

 

 

Dentro de la zona del Casco Histórico se conservan muchas casas de mediados del siglo XIX, casi todas de estilo italiano, con balcones y balustradas. La arquitecta Mesquida, de Patrimonio Histórico, advirtió que, según el catastro, la  casa que limitaba por la calle Perú con El Querandí, a pesar de ser posterior a la casona primitiva, formaba un único lote con éste, por lo tanto podía ser reciclada para ampliar las instalaciones, tanto del Querandí como de la sede de Ex alumnos del Nacional.. “Dentro de la zona histórica hay muchos ejemplos de casas que quieren demoler, afirma Susana Mesquida, nosotros rehabilitamos las fachadas y tratamos de formar la conciencia de la gente para rehabilitar lo histórico.”

 

Cuando la Municipalidad entregó la casa a la Asociación y esta, previo acuerdo, a Querandí S.A. para que se ocupara de su restauración y puesta en valor, el lugar estaba convertido en un yuyal y las escaleras corrían peligro de desmoronarse. Era uno de los típicos exponentes de las casa chorizo, sucesora a su vez de las viviendas de patio. “En el 2001 se tomó la decisión de invertir pero recién entramos allí en el 2003. Estaba en deplorables condiciones”, recuerda Claudio Campos. No sabíamos aun que carácter iba a tener, pero debía ser algo asociado al Querandí aunque fuera otra propuesta.” Convocaron al estudio Vasta y, después de algunas objeciones, la Municipalidad aprobó el proyecto de los arquitectos Andrea Morello y Mario Vasta. La preocupación de ambos era, según Vasta, “evitar que con la intervención se perdieran definitivamente las características del edificio en lo exterior e interior”.

 

Una premisa fundamental fue recuperar la arquitectura original, destacando las evidencias de su pasado: características de la fachada, el acceso, las alturas, los balcones,  el patio, el sistema constructivo, etc. Los arquitectos definieron con claridad sus objetivos en la Memoria Descriptiva: “Detener el deterioro progresivo al que se encontraba expuesto el edificio, en total estado de abandono, con interiores invadidos por vegetación, desprendimiento sucesivo de materiales, filtraciones.

 

“Establecer un cambio de uso equilibrado sin desvirtuar lo construido y garantizándole al edificio un nuevo ciclo de vida. Intervenir preservando y recuperando las características originales de la fachada, haciendo uso de revoques equivalentes a los existentes, contemplando la expresión y el lenguaje original de los materiales de origen.

 

“Restaurar aquellas partes deterioradas que permanecían sin cambios y destacaban el carácter propio del bien, y modificar aquellas que fueran necesarias conservando el lenguaje original.”

 

“A través del proyecto se buscó dar respuesta a necesidades de uso público diferenciadas: por un lado se destinó la planta baja y el subsuelo a la actividad gastronómica, con espacios para la degustación, bodega y almacenamiento de vinos, restaurant y cafetería. El patio se transformó en un espacio de uso semicubierto, y sector de vinculación con la parte posterior del edificio, donde se aloja el área de servicios. La planta alta, es de uso público restringido y destinado a salas de exposición y conferencias para actividades múltiples tanto de tipo cultural como para la organización de eventos. Se estableció un uso conjunto entre ambos privados, motivo por el cual el área comercial de planta baja es de uso exclusivo de La Cava del Querandí, mientras que la planta alta, se destinó al espacio de extensión y uso cultural de la Asociación de Ex Alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires. El acceso es de uso común, vinculándose en planta baja con el Bar, y en planta alta con la Asociación. Todo el edificio fue dotado de nuevas instalaciones, adoptando nuevas tecnologías en materia de climatización y acondicionamiento, saneamiento, comunicación y seguridad. La iluminación fue una herramienta de diseño, con la que se buscó resaltar con calidez el clima de cada uno de los interiores acorde al tipo de función; y en la fachada, la intención de destacar los relieves otorgándole presencia nocturna e identidad.”

 

La Cava de El Querandí fue restaurada en 2004 manteniendo las características constructivas de la época adaptadas al espíritu actual. El resultado es un ambiente cálido con reminiscencias de otros tiempos. Abrió sus puertas en marzo de 2005 y actualmente funciona como vinoteca, bar y club de vinos, de lunes a viernes de 8 a 24 hs, y los sábados de 16 a 2 am.

 

Otra vez las sorpresas de la historia: si volvemos a echar un vistazo al Censo de 1869 podremos constatar que, a metros de la actual Cava, (Perú 154 de  entonces), existía un “Depósito de vinos por mayor y menor” propiedad del comerciante francés Leopoldo Pruede.

En septiembre de 2006 la Cava de El Querandí ganó el premio Iberoamericano a la mejor intervención del Patrimonio Edificado.

 

Lucía Gálvez

1º de Noviembre de 2006

Día de la Tradición

 

Agradezco la colaboración de quienes por medio de entrevistas, conversaciones o comentarios, brindaron sus testimonios para que esta evocación fuera posible:

 

Héctor Arduino

Eduardo Anguita

Elida Barreiro

Sergio Berensztein

Mario Bunge

Luis Camilión

Claudio Campos

Fulvio Duranti

Delfina Gálvez de Williams

Carlos Lacerca

Susana Mesquida

José María Peña

Elva Roulet

Pablo Rojo

Diana Saiegh

Bartolomé Tiscornia

Mario Vasta

Ernesto Weinschelbaum

[1] Querandí significa “comedores de grasa, era el apelativo puesto por los pueblos vecinos.

[2] Sus dueños  eran el matrimonio de José Grossi y Teresa Orchis, ambos italianos,  que vivían allí con sus cuatro hijitas de uno a cuatro años, nacidas en la Argentina.

[3] El censo de 1869 trae interesantes datos sobre los ocupantes de la Manzana Nª 21 que alberga al Querandí, por ejemplo, una casa de altos, sin número, sobre la calle Belgrano pertenecía el entonces Presidente de la nación, Domingo Faustino Sarmiento. En: Jorge Lima, La ciudad de Buenos Aires y sus habitantes 1860-1870, pág.124. Ed. Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, 2005.

[4] Sería  la Procuraduría de Misiones a donde llegaban los productos cultivados por los guaraníes (yerba, tabaco, cuero, miel, algodón, etc.) que se trocaban por mercaderías traídas de España.

[5] Alberto de Paula, Colegio de San Ignacio, Manrique Zago, Buenos Aires 1997.

[6] En 1738 el virrey  Vértiz autorizó a construir en el solar el Teatro de la Ranchería o casa de Comedias provisoria

[7] En los túneles de la Manzana se encontraron hace unos años las trenzas cortadas a los Patricios durante la llamada “rebelión de las trenzas”.

[8] El decreto del 2 de junio de 1817 decía. “…en medio de la guerra que sostienen las Provincias Unidas del Río de la Plata contra los enemigos de la libertad…creo digno de mis ardientes desvelos el proporcionar una educación sólida y uniforme a nuestros jóvenes”.

[9] Carlos Saavedra Lamas y Bernardo Housay.

[10] Julio Orione, La Ciencia en la Manzana de las Luces, Bs.As. 2006.

[11] Carlos Moreno, Manzana de las Luces. Quienes y cómo la construyeron,

[12] Galvez Manuel, Amigos y Maestros de mi juventud, primer tomo de Recuerdos de la vida literaria, Librería Hachette, Buenos Aires, 1961.

[13] Gálvez Manuel, El mal metafísico, Aguilar, Madrid 1949.

[14] Lucía Gálvez, Historias de Amor de la Historia Argentina, Ed. Norma, Bs As. 1998.

[15] Jorge Luis Borges, Elogio de la sombra, Bs As.1969.

[16] Pedro Orgambide, El encuentro. Bs As., 1957.

 

[17] Autor del libro Fernández y Galloni, para el secundario.

[18] Ernesto Sábato, Antes del fin, Seix Barral, 1998.

[19] “Su origen se remontaba a fines del siglo XIX cuando, por propia inicitiva los estudiantes se organizaron para encargar libros técnicos y científicos a Europa.” Almaraz, Corchon y Zemborain, ¡Aquí FUBA!, Ed. Planeta, Buenos Aires 2001.

[20] Estos pabellones y el puente que cruza Figueroa Alcorta, fueron hechos para el festejo de los 150 años de la revolución de Mayo.

[21] Costumbre que perduró en el tiempo y de la que dan testimonio también los alumnos del Colegio Nacional.

[22] Almaraz, Corchon y Zemborain, ¡Aquí FUBA!, Ed. Planeta, Buenos Aires, 2001.

[23] Eso estaban haciendo los hermanos Aarón y Tito Salmún Feijóo, cuando fueron interceptados en la calle Perú por una patota que mató de un tiro al primero porque no quiso gritar vivas al coronel Perón.

[24] Almaraz, Corchon y Zemborain, Op.cit.

[25] Almaraz, Corchon, Zemborain, Op. Cit.

[26] Eran ellos: Ernesto Weinschelbaum, Roberto Tomasini, Roque Carranza, Carlos Lacerca, Roberto Zubieta, Dimas Uhalde, Jorge Albertoni y Guillermo Edelberg. Otros asistentes al Querandí con peso político fueron Guido Di Tella, Tito Marín y León Patlis.

[27] Almaraz, Corchon y Zemborain, Op.cit.

[28] Los alumnos del CNBA tienen la costumbre de bautizar a las camadas con nombres inventados.

[29] El Museo de la Ciudad tiene una de las antiguas sillas-sillones adornadas con columnitas como el resto del salón, en ese estilo que Peña llama “remordimiento italiano”.

 

[30] Consistía este juego en poner una servilleta de papel sobre la boca del vaso del submarino –ya vacío- y apoyar una moneda sobre el papel; con el cigarrillo, por turnos, quemábamos un agujero en el papel. Perdía aquél al cual se le caía la moneda.

[31] Osvaldo Aguirre, La noche de los bastones largos, Todo es Historia, nº 469, Bs As. 2006

[32] Lucía Gálvez, Historias de Inmigración, Ed. Norma, Bs. As., 2003.

[33] Rodolfo Busch y otros, La noche de los bastones largos, Secretaría de Cultura, Centro de Estudiantes de Ciencias Exactas, Univ. de Bs. As. 1985.

[34] Lucía Gálvez, Historias de Inmigración, Ed Norma, Bs As. 2001.

[35] Rodolfo Busch, op.cit.

[36] Isidoro Blaisten, La Otra Mirada, CLARIN; Buenos Aires, domingo 23 de agosto de 1992, SEGUNDA SECCIÓN – Página 15.

 

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