Café La Puerto Rico

Miro por mi ventana y veo la lluvia. En este día de otoño, el cielo está gris oscuro. Quizás sea el clima adecuado para sentarnos frente al monitor de la computadora y evocar algunos recuerdos del Café La Puerto Rico, porque hace pocos días, Graciela Moreno en baenegocios.com y luego un periodista de Página/12 nos dieron la triste noticia de que La Puerto cerraba sus puertas definitivamente.

1968 La Puerto Rico. Amador Colunga, Varela y otros mozos

Entramos por primera vez en alguno de los primeros días de clase del primer año del Colegio Nacional de Buenos Aires, distante a una cuadra y media. El Colegio, en Bolívar 263, el café, en Alsina 416. Al lado, la histórica farmacia La Estrella; enfrente, en la esquina con Defensa, la casa de altos de Elorriaga, diseñada por el canónigo Saturnino Segurola; en la esquina opuesta, la Basílica de San Francisco y la Capilla de San Roque; a una cuadra, la Plaza de Mayo y en el centro, la Pirámide, nuestro primer monumento republicano.

 

El Café La Puerto Rico de Buenos Aires fue fundado el 7 de febrero de 1887 por Gumersindo Cabedo, español que había residido un tiempo en Puerto Rico, saboreando allá el rico café de la isla caribeña cuando todavía era un dominio colonial de la Corona Española.

 

¿Quién fue el español que llevó la planta de café a Puerto Rico? Sabemos que el café llegó a Viena desde Oriente y que en 1683 el vienés Georg Franz Kolschitzky compró a los sitiadores otomanos los granos que empezó a vender en su local, La botella azul. Ese año los turcos fueron derrotados pero legaron a Occidente el café que endulza nuestra vida. En la esquina de Favoritenstraße 64, un busto rinde homenaje a Kolschitzky. Deberíamos rendir nosotros nuestro homenaje a don Gumersindo.

1966 revista estudiantil Gofio 6. Puerto Rico au go go

En el Hofsburg de Viena, el Café Central -¡tan parecido a La Puerto Rico!- abrió sus puertas en 1860. Diseñado por el arquitecto Heinrich von Ferstel, que era también su propietario y había proyectado el edificio de la Universidad y otros de la Ringstraße, al Central iban Freud, Trotsky. Allí se sirven el café, las medialunas inventadas por los pasteleros de Viena para celebrar la derrota de los turcos, y la torta Sacher, inventada en 1832, una verdadera bomba de chocolate. Cuenta Germán Arciniegas que, en Viena, “el café ha de ser -tal es la fórmula- negro como el pecado, dulce como el amor, caliente como el infierno”. Alguien dirá que de pecado, amor e infierno, sabían bastante Freud y Trotsky. También los estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires.

Los holandeses se habían hecho de árboles de café en 1616 y plantaron otros en Java y en Sumatra. En 1714 le obsequiaron uno a Luis XIV de Francia y el Rey Sol se lo envió al botánico Antoine de Jussieu, para que lo plantara en el Jardin des Plantes de París.

 

El café -importado- llegaba a Buenos Aires desde no más de un siglo antes cuando Gumersindo Cabedo se estableció en la Ciudad. Puerto Rico, por entonces, no motivaba el Lamento boricano de 1929 que cantaron Alfonso Ortiz Tirado y luego Chavela Vargas, pero la Argentina ofrecía motivos de esperanza en un futuro mejor. Buenos Aires tenía 433.375 habitantes, de los cuales sólo 204.734 eran argentinos nativos y los demás, inmigrantes. La Puerto Rico fue inaugurada en Perú, entre Alsina y Moreno y en 1925 se mudó a la calle Alsina 420, a un edificio de dos plantas, cuyo local fue remodelado a tono con lo más moderno de su tiempo: el art decó.

2018 Cadicamo. Foto Hernán Zenteno LN

A ambos lados de la entrada, sendas vidrieras mostraban los manjares que podían degustarse en el salón, desde las medialunas hasta las tortas, todo de fabricación propia. A izquierda y derecha, dos mostradores de venta, para pastelería y para café recién molido cuyo aroma invadía las 70 mesas para 180 personas ¡Hasta 180 kilos diarios! Al fondo, la cocina. Las mesas, redondas y rectangulares, con pie de madera y tapa de mosaico granítico con el nombre del café en estaño incrustado en el mosaico.

 

Una boiserie de dos metros de altura, intercalada con espejos semicirculares, siete altas columnas revestidas, un piso de mosaico granítico decorado con alusiones al nombre del café y estilizadas figuras de negritos ¿portorriqueños? y de barcos de vela triangular, configuraban el espacio interior. En el techo del salón, aprovechando un patio de la planta alta, un tragaluz de vidrio biselado con motivos tropicales, iluminaba el salón en las horas diurnas de los días soleados.

 

Luego los dos mostradores fueron unificados y el nuevo se reubicó hacia el fondo. Hasta hace unos ¿diez? años, una baranda de madera torneada, dividía en dos al salón. Después las columnas perdieron su revestimiento y la desnudez dejó a la vista el sello de la fundición de hierro del fabricante, para delicia de los historiadores.

Paul Groussac, José Ingenieros, Rafael Obligado y tanto más fueron de los primeros parroquianos de La Puerto Rico. Arturo Capdevila, José María Monner Sans, el relojero Alberto Selvaggi, el arquitecto José María Peña, concurrieron durante años al salón de la calle Alsina. Jorge Luis Borges y Niní Marshall también se sentaron en las mesas de La Puerto, que fue uno de los bares favoritos del poeta de tango Enrique Cadícamo, cuya figura de cera, de tamaño natural, ocupó en los últimos años una de las mesas de adelante, para recibir a los turistas como solía sentarse con un pocillo delante. El tango “Cadícamo“, con letra de Antonio Bugatti y música de Atilio Stampone, se compuso en el salón. Y en una de las mesas, muy temprano por la mañana, solía tomar un café un cura muy discreto llamado Jorge Bergoglio, el actual Papa Francisco…

 

El café traído exclusivamente de Brasil, se servía suave, de filtro, aromático, sin torrar, en unas cafeteras altas que llegaban a las mesas bien caliente. El expreso, italiano de los años cincuenta, no era para La Puerto Rico. El establecimiento había nacido como café y panadería: las medialunas eran exquisitas. Todavía, no hace mucho, entre las mesas y las entregas, despachaban más de sesenta docenas de medialunas y casi cien cremonas por día.

¿Quienes fueron los propietarios de La Puerto Rico? Es difícil reconstruir esa historia sin explorar prolijamente archivos. Más de medio siglo después de que Gumersindo Cabedo lo fundara, el café era una empresa. Un diploma de la Unión Industrial Argentina, firmado en diciembre de 1942 por su presidente Luis Colombo y su secretario Torcuato Di Tella, reconocía a La Puerto Rico S.R.L. como socio de la entidad.

 

Un día lejano ya, quien era por entonces su dueño lo vendió al Señor Rubio, alto, siempre presente, que nuestro vago recuerdo nos lleva a creer que era  ¿asturiano? Después pasó a propiedad de un matrimonio de gallegos: Manuel Vázquez y Esther, a quienes todos los días se podía encontrar en el salón. Don Manuel falleció en 2012, y la admirada Esther, convertida en empresaria y en impulsora de la carrera artística de su hija, no faltaba tampoco nunca. Ahora, a ella, le toca, en plena decadencia del centro de la Ciudad y en plena pandemia, el dolor de anunciar el cierre.

 

El Café La Puerto Rico es uno de los lieux de la mémoire para los alumnos y ex alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires. Durante décadas, junto con El Querandí, funcionó como una especie de sub-sede del Colegio. Allí íbamos los estudiantes y allí iban los profesores. En mesas separadas ¡por supuesto!, pero esa proximidad nos permitía compraba que los profesores también eran seres humanos que tomaban café.

 

Mientras que en El Querandí, las dos alas del salón permitían que los bandos políticos se sentaran aparte, en La Puerto, el salón único favorecía las discusiones que confrontaban a John Stuart Mill con Karl Marx. Hacia arriba, el humo de los cigarrillos se mezclaba formando una nube que tapaba el cielorraso, pero todavía no se hablaba de la contaminación ni de los males de la nicotina.

 

Cierto diciembre, uno de nosotros a quien llamábamos con el original sobrenombre de “el tano” tenía que rendir un examen, con el agravante de que si no lo aprobaba y tenía que rendir nuevamente en marzo, no podría viajar ¡a Suiza! invitado por su tío. Pero “el tano” vio cumplirse el peor presagio, y nos fuimos todos desconsolados a compadecerlo en La Puerto. De repente, llegó un mensajero: los profesores -ignorando todo el trasfondo- le habían puesto el cuatro salvador, y allí mismo el duelo se transformó en festejo.

 

¡Ah! si los profesores hubieran tenido micrófonos ocultos en las mesas de La Puerto: sospecho que con tanto repasar y con tanto tomarle uno a otro lo que había que estudiar, a ellos les habría sido más fácil cerrar las notas y aprobar a sus alumnos…

 

La Vuelta Olímpica cuando todavía era una estudiantina feliz, a veces salía del Colegio, y por lo menos una vez fue hasta Alsina 416 y, para terror de las señoras que tomaban el té, los muchachos entraron al salón, algunos se subieron a las mesas, aplaudieron a rabiar a los mozos que los habían sufrido durante seis años.

 

Y vaya el recuerdo, aquí, para Amador Colunga. Era gallego, y a los catorce años se había ido de su casa para pelear por la República. Cuando uno de nuestros compañeros se enteró, como él tenía una vieja grabación con el Himno de Riego, le hicimos una copia del disco y se lo obsequiamos. Todavía no existían el cassette, ni el disquette ni YouTube: su emoción fue enorme. Cuando él, en el fondo del salón, nos veía entrar, ya cargaba los cafés con leche y las medialunas. Cuando el Señor Rubio compró La Puerto Rico, un cliente llevó a Amador Colunga como mozo en la Embajada de Alemania.

 

En 1984, el Café La Puerto Rico recibió el diploma que lo honraba como testimonio de la memoria ciudadana. El 23 de marzo de 1987 Francisco Lacal Montenegro, habitué de toda la vida, escribió allí su “Romance de La Puerto Rico” (lembranza), con motivo del Centenario del Café. En 1995 se filmaron en el café algunos pasajes de la película del Director Jaime Chávarri, Las cosas del querer II con los artistas españoles Ángela Molina y Manuel Banderas. En 1999 La Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires declaró a La Puerto Rico como “Sitio de interés cultural” y “Bar notable”.

 

De 2008 data el tango Café de La Puerto Rico: “…estampa del ayer / porteño y señorial, / que allá por el ochenta y pico… / viviste el florecer / del alma nacional…”. Con letra de Carlos Cerrilla (Carlos Alberto Cerrilla) y música de Celso Amato (Celso Enrique Amato) y Jorge Dragone (Nicolás Jorge Dragone):

 

En Monserrat, que es tu barrio.
y en tu calle, que es Alsina,
Buenos Aires te ha clavado,
donde empezó, a cobrar vida.

Igual es hoy que, el pasado,
en este barrio querido,
que, de aroma a café y Tango,
lo inundó La Puerto Rico.

 

Con muy buen humor, en 2016, un pizarrón colgado de una de las paredes del salón, decía: “Científicos han descubierto una novedosa forma de chatear en directo a través de la voz y en 3D: lo llaman tomarse un café con alguien en La Puerto Rico”.

 

Tenía razón: de los cafés de Viena, de París, de Londres, de Milán y de Buenos Aires nacieron muchas de las mejores ideas que salieron de sus puertas para hacer un bien al mundo. Cuando la gente se encuentra, hay siempre un futuro mejor.

Pero el 31 de diciembre de 2020, el último día que La Puerto Rico abrió sus puertas, llegó a vender su pan dulce. Después vino el final amargo, como nunca fue su café, para la dueña, para sus 14 empleados envueltos en las lágrimas, y para todos quienes vivimos allí, una parte de nuestra vida.

 Esperemos que las vacunas o un conjuro terminen pronto con la pandemia y, que -soñar no cuesta nada- nos devuelva La Puerto Rico.

 Gustavo A. Brandariz

Arquitecto. Profesor FADU-UBA. Vocal Asociación de Ex Alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires.

Olivos, 25 de marzo de 2021

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