Mi Trabajo

 Victoria Filippo. 1° año 4° división.

 

A mí me gustaba mi trabajo. Era estresante (al menos un poco), pero me gustaba.

Yo era maquinista de subtes.

Creo que lo que más me gustaba de mi trabajo eran los pases de vías. Me gustaba, sí, mirar a la gente, con cara cansada, a las siete de la mañana, dirigirse al trabajo; me gustaba cantar en voz baja alguna canción mientras íbamos por el túnel, en el que no se oía nada; me gustaba una compañera, alta y rubia, joven para mí; me gustaba cuando era el único que iba para trabajar los días de paro, y que me dijeran “muchas gracias, pero se puede ir. Si todos fueran como usted…”. Sí, me gustaba. Pero me gustaban más los pases. Me hacían, por un momento, sudar, después reírme, y después suspirar. Era una sensación extraña porque cuando venía un subte del otro lado, y yo debía cambiar de carril y el otro también, ambos intercambiábamos (a veces) una breve mirada y después nos concentrábamos.

No era muy difícil, yo casi no debía hacer nada: sólo bajar una palanca antes y subirla después, para frenar un poco el subte y para volver a la velocidad anterior. No podía salir mal porque, como peor opción, lo hacía un poco tarde y el subte se tambaleaba un poco más de lo normal. No podía pasar nada.

Me fascinaba pensar que era casi mágico cómo los dos cuerpos (los dos subtes) podían no tocarse, yendo a tanta velocidad (porque, a pesar de haberla bajado, era una gran velocidad), parando de golpe…era fascinante.

Fascinante.

Me encantaba, también, abrir la ventana antes de empezar y aguardar a esas situaciones, de modo que el otro subte me diera una ráfaga de aire intensa y fresca, mucho más fresca que las demás, porque estaba cargada de mi fascinación y de mis ilusiones.

Ese día recuerdo que llovía, y recuerdo que llevaba un piloto gris. Lo recuerdo porque cuando me acerqué a la sala de anuncio para que me dijeran mis horarios y demás, me preguntaron si era de Metrovías. Así que me quité el chaleco.

Luego de que me dieran todos mis horarios, fui a la estación “Bolívar” y me senté en un banco a esperar que se prendieran las luces (todo estaba iluminado tan sólo por las luces de emergencia), me crucé de brazos y me bajé la boina hasta los ojos, intentando dormir. Estaba cansado, porque el día anterior no había sido un buen día; por una pelea que había tenido con mi mujer. Eso lo recuerdo perfectamente porque había sido la primera vez que había sentido el impulso de no ir al trabajo, pero me había convencido porque no quería mostrarle a mi esposa (yo era muy orgulloso, sí) que me había afectado tanto nuestra discusión.

Escuché que las luces se prendían con el zumbido que las caracterizaba, y me coloqué correctamente la gorra. Me levanté y me sacudí un poco el traje. Me quedé mirando mi barriga: sabía que estaba gordo, y me molestaba, pero cuando tenía hambre, tenía hambre. Saqué una barra de chocolate de una caja que tenía siempre en mi bolsillo trasero.

Carlos, un colega, se me acercó para decirme que me dirigiera a la sala de máquinas porque allí estaba mi tren. Inmediatamente por mi cabeza pasó la idea de que estuviera averiado, y también la palabra “choque”. Me dije que era muy paranoico y me fui. Cuando llegué sólo había dos trenes, uno en reparación, y el otro el mío. Me subí y tomé la llave, terminé mi barra de chocolate y prendí el motor.

María, la chica rubia y alta que me gustaba, se me acercó con una sonrisa.

_Está en perfecto estado, pero de todos modos no lo fuerces demasiado. Por las dudas.

No le presté tanta atención a sus palabras, sino a su sonrisa. Estaba extrañamente muy despierta y activa. Se la devolví y asentí, como si hubiera escuchado.

Se alejó y yo arranqué, primero despacio y, al salir del taller, con más velocidad. La primera estación era Bolívar, que siempre estaba bastante llena, a pesar de ser las cinco y media de la mañana. Subieron varias personas, aunque no tantas como de costumbre. Esos pequeños detalles los recuerdo muy bien.

Guadalupe, la guarda, se subió al último vagón e hizo sonar el claxon. Arranqué otra vez. La rutina, a veces, es agotadora e incluso aburrida, pero yo no podía parar de pensar en cuándo era el primer traspaso. Belgrano no, Independencia no…recién la primera era en San José (en el recorrido de San José hasta Entre Ríos). Suspiré y continué prestando atención.

Recuerdo que las dos estaciones que me separaban del traspaso pasaron rápido. Y por fin llegó San José, por fin Guadalupe hizo sonar el claxon, y por fin yo arranqué. Estaba demasiado emocionado, excesivamente emocionado, teniendo en cuenta que era normal que pensar en ello sólo me sacara una sonrisa. Pero después de la pelea, necesitaba algo que me distrajera; a pesar de que no me importara mucho, era una pelea.

Al principio, fue una pequeña sacudida que me hizo sonreír. Después recordé que eran dos cambios en el mismo trayecto. Luego se volvió a sacudir, indicándome que debía bajar la palanca para frenar. Lo hice.

Se acercaba el segundo cambio, y también otro subte. Me olvidé de todo, sólo quería prestar atención a la ráfaga de aire que llegaría por la ventana. Pero estaba cerrada. Me estiré un poco para abrirla, cuando estaba peligrosamente cerca el cruce. Miré al conductor, que hizo un leve movimiento con la cabeza, lo imité y me preparé para bajar la palanca. Pero llegó la ráfaga de aire y me quedé disfrutándola, intentando olvidar todo lo malo. Llevé mis manos al pecho y me concentré en cerrar los ojos. Una violenta sacudida me devolvió a la realidad, así que busqué con la mano (y los ojos abiertos) la palanca pero no la encontré. Desesperado, noté cómo el sudor me recorría las sienes y la nuca.

Otra violenta sacudida me arrojó contra la ventana abierta y el borde me golpeó la sien izquierda.

Me gustaba mi trabajo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *