Prisioneros del Fulgor

Ornella Marana.  3° año 9° división.

 

La mañana era mi momento preferido. Naranja, casi rojo como las llamaradas del hogar que calentaba cada pequeño rincón de esta celda, en contraste con el inmenso mar de estrellas que iban desapareciendo paulatinamente con la llegada del imponente astro, mi fiel amigo. El viento invernal no me hacía estremecer, el calor del Sol no me movilizaba, pero quería volver a sentirlo, quería volver a correr, comer, cantar, desplazarme sin depender de nada ni nadie. Quería sentirme vivo.

Mi mayor enemigo, era la soledad que me acechaba en todo momento y siempre era inoportuna.

Los días eran cortos y las noches interminables.

Estaba situado justo en la esquina este de la catedral, en la torre más elevada, inmóvil y a la defensiva; porque defender era mi trabajo. Con mi aspecto monstruoso debía ahuyentar al demonio y a los espíritus del mal. Debía parecer malo y tenebroso pero yo nunca fui así.

Solía ser humano, sí, un joven con una familia y un trabajo; sin embargo con una vida por delante. Entonces se preguntarán: ¿Cómo es que llegué a convertirme en una gárgola? Y yo afligido les contaré mi historia.

La depresión es un estado de ánimo que sin duda nos hace cometer nuestras peores decisiones y nos muestra la vida un poco insulsa, vacía; y por más que nos traten de ayudar no entramos en razón y nos sentimos solos. Cuando en realidad somos un caramelo dentro de un jarro con siete mil millones de caramelos más, paradójico ¿no?

La causa de mi tristeza era que no le encontraba un sentido a las actividades que realizaba o al tipo de vida que llevaba, para mi gusto era monótona. Mi despertador sonaba, me bañaba, desayunaba con mis padres sino me quedaba dormido, iba a la secundaria, iba al trabajo en el cuál lo único que podía hacer era levantar el teléfono y sonreír. Comía a la misma hora, los mismos platos, en el mismo lugar con las mismas personas, nuestras conversaciones eran siempre de los mismos temas ¿Cómo no aburrirme? ¿Cómo no querer salir corriendo, escapar de todo aquello y vivir una nueva vida en otro lugar? Quería ser un ave, pero no cualquiera sino que un ave fénix. Quería salir volando, morir y de mis cenizas poder resucitar en otro lugar para poder comenzar mi vida de otra manera. Me sentía encerrado en una caja gris, en su triste monotonía aterradora y no veía la hora de abrirla pero yo solo no podía.

Me acosté en mi cama a la hora de siempre, a medianoche. Pero esta vez no estaba cansado y mi subconsciente depresivo intentaba convencerme de hacer algo para mí, algo de lo que no me arrepintiera. ¿Huir? No hacía falta preguntármelo porque la respuesta la supe siempre. No sabiendo si hacer caso omiso a mis reflexiones o no, me dejé llevar; salí de mi casa sin maletas ni abrigo y más desconcertante aún… sin rumbo.

Llovía como nunca había visto antes, sin embargo continué mi camino hacia el centro de la ciudad sin detenerme. La lluvia no me amedrentaba, odiaba los paraguas y a pesar de no poder reconocer el olor a tierra mojada podía reconocer el olor a asfalto mojado. Era inmundo y representativo de la gran selva gris. Caminé por las diagonales características de mi ciudad y desemboqué en la gran plazoleta a la cual iba a jugar cuando era pequeño. La consideraba “mágica” porque, el solo andar por allí me producía escalofríos, sin embargo había pasado un largo período de tiempo desde que no me acercaba a la imponente catedral.

Sus picos punzantes me hacían recordar la sensación de la aguja sobre mi hombro a los 9 años.

Bgh. Fiebre amarilla. Hepatitis. Antitetánica.

Agujas. Agujas. Y más agujas.

Divisé la catedral a lo lejos y como el aguacero no cesaba ingresé a ella a través de su solemne puerta de madera. Era pesada y pensé que no la iba a poder abrir, no obstante sentí que la carga se alivianaba y el luego del chirrido pude sentir aquella paz que se desplegaba en el interior. Entré intentando no hacer ruido y cerré la puerta. El edificio a oscuras era aterrador, su silencio era demasiado ensordecedor. “Mala idea”, pensé haciendo un paso hacia adelante. Era mejor si giraba y me marchaba, pero era tarde. Una luz blanca iluminó los vitrales coloridos de las ventanas tras un estruendo.

Me sobresalté y empecé a correr por el majestuoso pasillo con los asientos de madera del salón en los laterales. Tropecé con algo que al principio pensé que era una piedra, pero, ¿qué hacía una piedra en la catedral? Una vela se encendió en un rincón y desde el suelo pude apreciar aquello que describí como piedra: pequeño, gris, duro, sus facciones no daban miedo, tenía un pico largo como su cuello y unas patas con garras gigantes, se podían distinguir algunas plumas dibujadas y sus alas extendidas. “¿Qué clase de monstruo sos?” dije sin pensarlo. No me daba miedo sino curiosidad. “¿Monstruo? Ninguno” contestó con una voz grave. En mi caso la curiosidad no mató al gato por el contrario, lo hizo sentir vivo. “Si no sos un monstruo, ¿que sos?”. El monstruo estaba indignado, “Humanos, humanos, ¿nunca aprenderán a callar?”. Mis conjeturas las manifesté en voz alta, grave error. “No es humano y habla”. “¡Basta!” gritó la diminuta mole gris. “Soy una de las gárgolas de esta catedral”. “¡Pero las gárgolas son demonios inanimados!”. “Ay Pablo, tu ignorancia alimenta mi sabiduría. Tantos años viviendo en La Plata y recién hoy te atreves a descubrir los secretos de esta catedral. Aquí no hay gárgolas monstruosas, somos animales prehistóricos que habitaron en el suelo Argentino. Yo soy un Argentavis Magnificens, tengo parentesco con los cóndores y los buitres. ¿Qué te trae aquí?” A preguntas concretas, respuestas concretas, “no lo sé, simplemente intento huir de todo esto”. “¿Esto?” preguntó el ave. “Esto, mi vida, su simpleza y monotonía que me aburre”. “¿Alguna vez has considerado todo lo que posees?”. “No me interesa” contesté crudamente mientras me sentaba en los asientos de madera. “Si así piensas…” dijo por última vez el ave y salió corriendo por los pasillos, lo seguí. Subí varias escaleras para alcanzarlo pero no lo logré. Pisé el último peldaño de una gran escalera caracol y lo encontré frente a una ventana. Allí no había luz y el pequeño monstruo me aterrorizaba. Me miró por última vez y se lanzó fuera de la ventana. Corrí pero fue en vano, el ave había desaparecido. Con la lluvia fue difícil divisarlo pero pude ver en el suelo los restos de la escultura todos desparramados. Había una nota sobre una de las esquinas de la base de una cúpula. Me subí a la ventana y estirándome al máximo la sujeté. Entré y la abrí “Bienvenido a este infierno. Eres el sucesor. ¿Lo había dejado Argentauis? ¿Infierno? ¿Sucesor? ¿Era para mí?

Miles de preguntas colmaron mi cabeza en un instante, miré a mí alrededor para comprobar que no era un sueño. “Qué locura”, pensé. Me senté debajo de los vitrales y me empecé a sentir mal, estaba mareado y tenía jaqueca. Apoyé la cabeza en la pared y mientras sentía el sudor recorrer mi cuerpo me quedé dormido.

Desperté con el alba, pero al abrir los ojos no los pude volver a cerrar y la vista no era la última que recordaba. El sol iluminaba desde el este la ciudad y la lluvia de la noche anterior prácticamente no había dejado huellas, no obstante se podían encontrar algunos charcos en la plazoleta. Nunca la había visto desde arriba, este plano era fantástico porque también abarcaba parte de la ciudad.

Me asusté porque intenté mirar mis pies para saber donde me encontraba parado y lo único que vi fueron dos grandes garras de bronce aferradas a la esquina de la catedral. Desesperado, intenté dar un paso hacia atrás pero no pude. Quise sujetarme para no caerme, pero no pude. El pánico me invadió.

Las horas pasaron, el sol se iba desplazando por todo el cielo y veía a las personas en la plaza; algunas caminaban, otras jugaban, pero ninguna me miraba. Todos seguían su curso de vida, y nadie me prestaba atención. El sol se ocultó por el otro costado, el oeste, y mientras iba descendiendo fui recuperando mi movilidad. Incrédulo empecé a articular mi cuerpo y cuando pude erguirme entré a la catedral y comencé a correr en busca de un espejo. Las catedrales no tienen espejos, los vitrales contenían la figura de Jesús caminando por el via crusis por ende no me servían, me acordé del agua bendita. Me trepé a una columna que la contenía, conté hasta tres y me miré.

El pico de ave sobresaltaba de mi cara junto con los ojos, al mover mis brazos no respondían, en cambio se agitaban unas alas ¿Esto era posible? Recordé a Argentauis y la nota. “Eres el sucesor”. Sucesor de él.

Me quedé anonadado y el tiempo transcurrió mientras no podía darme cuenta de mi terrible error. Ahora era una gárgola, un monstruo. Y estaba solo. Caminé por la catedral desamparado, me paré frente a la gran puerta y la abrí. Estaba oscuro, era noche de luna llena que iluminaba la plaza. Di un paso hacia el exterior y un ardor comenzó a subir desde la pata hasta recorrer todo mi cuerpo, retorné sobre mis pasos y tuve que entrar a la catedral. Salí otra vez, pero en este caso corriendo. No pude llegar a mi objetivo que era la plaza, no pude porque el ardor esa vez era más fuerte y pude sentir cómo me quemaba y me deshacía. Ingresé a la catedral en llamas, con las cuales iluminé mi celda. Instantáneamente me apagué y las llamas se esfumaron dejando mis alas y cuerpo intactos. Trepé por una ventana y escalé por fuera de la catedral buscando en punto más alto. Al llegar me senté en una esquina, pudiendo así apreciar la vista de toda la ciudad. Quise llorar y no pude. Reflexioné sobre lo ocurrido y las lágrimas no salían como solían hacerlo con tanta facilidad los días en los que era humano. La luna, se ocultó y la estrella ardiente se divisó por el este. Cerré mis ojos para que no me ardan y poder morir quemado, sin embargo no sentí nada y los abrí, intenté parpadear pero no lo logré, mis articulaciones con la llegada del astro se bloquearon.

Los días pasaron y fui descubriendo el arte de ser una gárgola. Durante las noches podía moverme por toda la celda pero sin pisar suelo ajeno a ella, lo intenté varias veces pero el resultado siempre era el mismo: llamas, ardor. Durante el día el sol me inmovilizaba sin poder sentir ni siquiera su calor, el viento matutino o la lluvia. No podía sentir nada, con excepción del ardor cada vez que intentaba escapar de la cárcel.

Me di cuenta tarde de todo. Todo lo que tenía, desprecié, perdí y que en ese momento necesitaba. Tenía amor, sentimientos, vida, ganas de vivir. Ahora sabía qué era no ser apreciado, no poder expresar mis sentimientos y no tener ganas ni motivos para vivir. El aislamiento y la desolación las podía sentir en cada momento pero no podía expresarlas. Recordaba cómo había desestimado las cosas que ahora necesitaba. Rememoré cuando me daban amor y no lo apreciaba. Mi madre, mi padre, mis hermanos, una bella joven; ¿saben que tienen en común esas personas? Todas, de maneras diferentes me había brindado amor y a todas las rechacé con mis acciones y actitudes rebeldes. Daría lo que fuera por volver a sentir amor, darlo y recibirlo. Es un acto hermoso del que no todos pueden participar, es como un pacto de dos personas, una relación recíproca. El amor que me dedicaban no era correspondido, y me lamento por ello, porque ahora más que nunca lo necesito.

Poder expresarse es magnífico, decir lo que una persona siente a través de palabras o por medio de actos corporales es inexplicable y aún más cuando no lo puedo hacer. La vida no es monótona, el monótono era yo. No hacía nada para cambiarlo y me sentía vacío, cuando en realidad estaba lleno de vida; lo único que necesitaba era abrir los ojos y mirar detenidamente a mí alrededor, allí tenía todas las respuestas a mis preguntas infinitas. No necesitaba huir para saberlo, necesitaba observar cada pequeño detalle de mi vida cotidiana.

Arrepentirse ya es en vano, una vez que tomas un camino y te encuentras por la mitad debes terminarlo; no hay vuelta atrás ni arrepentimiento, sólo acciones.

Ahora que conocen mi historia, sabrán que quiero llegar al final de mi equívoco camino. Estoy parado frente a la puerta que tantas veces abrí y que una vez me cambió la vida tanto como mi forma de pensar. Esta cárcel más que cárcel fue mi reformatorio, estoy listo para salir. Estos pasillos ya escucharon mis lamentos, es tiempo de no lamentar. Por último quiero recordar tanto la risa como el llanto ya que son liberadores pero aquí no los puedo sentir. Abro la puerta y ya no pienso que mi enemigo es la Luna, bajo las escalinatas y el ardor comienza a expandirse por todo mi cuerpo hasta que me siento vivo. Siento el fuego, la tristeza, la felicidad, la soledad no me altera, la depresión la convierto en valentía y empiezo a llorar. No sé si las lágrimas se derramaron o no, pero sé que estoy vivo.

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