El condenado

María Inés Goldzycher. 2° año 2° división.

 

Al principio sólo fue oscuridad. Parpadeó una y otra vez, sin notar ninguna diferencia. Le pareció escuchar lejanos rumores, que no hicieron más que desconcertarlo. Poco a poco, sus ojos se habituaron a la penumbra; comenzó a percibir los muebles y los cuadros que poblaban la sala a su alrededor. Sintió el olor de la pólvora en el ambiente. Un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba abajo, trayendo la sensibilidad a sus miembros entumecidos, y con ella la angustia, la ansiedad, el miedo. Todavía confundido, se incorporó sobre la cama. Advirtió que, a excepción de los zapatos, aún llevaba puesta la ropa del día anterior: una camisa blanca y unos desgastados pantalones marrones. Permaneció inmóvil. A pesar de sus esfuerzos, los rumores seguían pareciendo incomprensibles. Quizás –pensó Rodrigo– la larga estadía en ese húmedo sótano había perjudicado sus capacidades auditivas; quizás esos sonidos no eran más que los habituales de una ciudad en pleno amanecer. Él sabía, sin embargo, que eso no era cierto. Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando alguien golpeó la puerta de madera.  «Ya están aquí »,  se dijo Rodrigo, sobresaltado. Sin siquiera encender una vela, se levantó de pronto y abrió. En el cuarto contiguo, en medio de una atmósfera densa y rojiza, varios hombres preparaban sus armas. Rodrigo tomó el fusil que le ofrecían y colocó la bayoneta. Siguió a los otros a través de un pasillo y luego por una angosta e irregular escalera de piedra. De repente, Rodrigo sintió el golpe de un viento cálido. Por las calles afluían grupos de hombres armados, cuyas siluetas se iban perdiendo en una ciudad ahora irreconocible. Rodrigo y sus compañeros corrieron en medio del barro y de los escombros, entre casas que se elevaban contra un cielo encendido. Pronto se confundieron con los otros grupos y se perdieron de vista en una atmósfera de polvo y fuego, devorados por las ruinas de una Madrid asolada por los desastres de la guerra.

Era el 2 de mayo de 1808. Una cortina de lluvia gris había comenzado a caer sobre el patio central del Fuerte San Miguel, donde la sección séptima de infantería hacía los ejercicios de rutina. Bastien descansaba con la vista clavada en un charco. De improviso, una mezcla de agua y barro salpicó su rostro, acompañada por una risa ronca. Se limpió la cara con un pañuelo agujereado y vio a Jean-Pierre delante de él, riendo todavía. Olvidando rápidamente la broma, Bastien le preguntó si recordaba la última vez que habían usado sus armas. Una atmósfera sosegada había reinado durante el último tiempo. Nadie parecía ocuparse de planear estrategias o de prevenir algún ataque inesperado. No obstante, los rostros de los soldados no ocultaban el pánico que los asaltaba cada vez que observaban la ciudad en ruinas, de cuyo profundo silencio desconfiaban. Los cañones, bien fijados en el muro, parecían aguardar alguna orden; el centinela observaba atentamente desde la atalaya. Tiempo antes, el éxito de la invasión a España –comandada por el general Murat, quien respondía directamente a Napoleón– parecía seguro. Desde entonces, sin embargo, la situación no había hecho más que empeorar: emboscadas nocturnas, murmullos en las calles, patrullas que no volvían jamás. Pocos ignoraban la intención de Murat de trasladar a Bayona a los dos hijos del rey Carlos IV que quedaban en la ciudad: María Luisa y el infante Francisco de Paula. Para lograrlo, había intentado convencer a la Junta de Gobierno en la capital. El propio rey había sido obligado a abdicar en favor de su primogénito Fernando, convertido en títere del Emperador. No era mucha la información que se hacía llegar a los soldados, obligados a proseguir su rutina. Bastien, al menos, sabía que algo se preparaba, algo más que una simple protesta. Puesto que una rebelión profunda se agitaba entonces en los barrios populares de Madrid: sólo era cuestión de tiempo hasta que el desastre por fin sobreviniera.

Una multitud silenciosa avanzaba por las calles de la ciudad. Rodrigo marchaba bajo la lluvia, ahora bien despierto; sentía cómo el agua le daba fuerzas, cómo la duda y el terror se apagaban en su espíritu, aunque fuese por un momento. Se estremeció al recordar el día en que, por casualidad, había conocido a un tal Álvarez en la taberna de Don Francisco y habían tomado juntos una copa de vino. ¡El viejo Álvarez! Le parecían tiempos remotos. Pero aun así seguía vigente ese recuerdo con el que todas las mañanas se levantaba dispuesto a luchar por su libertad. Cada vez más decidida, la muchedumbre seguía avanzando. Algunas personas corrían a sus casas o se asomaban por las ventanas, pero otras se unían a ese gigantesco hormigueo, armadas con lo que tuvieran a mano: fusiles, pistolas, cuchillos, incluso sus puños. Rodrigo no sabía exactamente por qué había aceptado tan rápidamente la propuesta de Álvarez. Quizás el hecho de que ambos tuvieran los mismos ideales había sido razón suficiente, o también pudieron haber influido el optimismo y el agrado que había sentido hacia él, o acaso había visto en el combate la posibilidad de escapar de algo que, tal vez, iba más allá de la lucha contra el invasor francés. Lo cierto es que, esa mañana, Rodrigo y Álvarez no habían tardado en reencontrarse en la calle. Álvarez no había cambiado nada: la cara redonda, el pelo negro y rizado, los largos bigotes y la penetrante mirada. Continuaron caminando. Cada vez más personas se sumaban a la marcha y el bullicio aumentaba, pero Rodrigo, al ver esas muchedumbres harapientas, sentía que las dudas volvían a dominarlo. ¿Qué hubiese pasado de no haber aceptado él la propuesta de unirse a la rebelión?  ¿Hubiera sido capaz de soportar la opresión de los invasores, o incluso de unirse a ellos? ¿Existía, en el fondo, alguna posibilidad de triunfar contra el ejército de Napoleón? De pronto escuchó unos gritos: estaban a punto de llegar. Al fondo de la callejuela, entre la niebla espesa, se alzaban los contornos difusos e imponentes del Palacio Real. La multitud no tardó en concentrarse al pie del enorme edificio, e incluso algunos caudillos llamaban a asaltar sus puertas. Cuando el Infante se asomó a uno de los balcones, todo se detuvo por un momento; la multitud rompió en aclamaciones. Pero Rodrigo intuyó que aún no podían cantar victoria, que algo se había desatado y que ese día correría la sangre. Presentía que algo se estaba escapando de sus manos. Vio a las multitudes correr a través de la plaza, arrojando piedras a las ventanas del Palacio y atacando a cuanto soldado francés encontraran, mientras reclamaban la liberación del Infante. Los sonidos le llegaban apagados, las formas se mezclaban. A su alrededor brillaban destellos rojos, acompañados por el ruido confuso de la artillería francesa. Aprovechando la aglomeración y el caos, Murat había abierto fuego contra la multitud. Tras nuevos instantes de vacilación, Rodrigo respiró hondo, tomó con fuerza su fusil y corrió hacia el combate, en medio del aire inconfundible de una rebelión que acababa de estallar.

Había caído la noche. A la luz de las antorchas, las calles habían cobrado un aspecto fantasmal. Reinaban el pánico, la confusión, el desconcierto, los alaridos, un correr desenfrenado. Como una inundación, el combate se extendía por los barrios de Madrid; un resplandor de fuego se reflejaba en las nubes. Frente a la columna de humo negro que se elevaba hasta el cielo, Bastien se creyó en presencia de las formas colosales de un Titán que levantaba sus puños amenazantes contra ellos, los franceses; sintió clavada en él la mirada furiosa y encendida del gigante. Lleno de pavor, Bastien se internó en una calle, buscando refugio. Su situación no tardó en revelarse desesperante: estaba extraviado en territorio enemigo. Se arrastró lentamente hacia una luz cercana, esperando encontrar el resto de su sección. No obstante, se trataba de un grupo de rebeldes. Desde su escondite detrás de un aljibe, el soldado aguzó su oído, intentando comprender a duras penas la conversación de los españoles. Éstos hablaban de la gravedad de la situación; más ataques sorpresivos eran planeados con el fin de romper la resistencia de los franceses, pero el panorama era desalentador. Si no se hacía algo, estarían perdidos. Frente a estas noticias, Bastien sintió menos regocijo del que había esperado. Mientras miraba la destrucción a su alrededor, las dudas acudían una vez más a su mente. ¿Era esto lo que había prometido el Emperador cuando hablaba de llevar la libertad a los otros pueblos del mundo? ¿Dónde habían quedado los viejos ideales de la Revolución? Bastien se sintió frustrado, engañado; incluso tuvo el impulso de rendirse al enemigo. Más que la lealtad a Napoleón, fue el miedo lo que lo llevó a reprimir esa tentación. En el cuartel siempre se hablabla del salvajismo de los españoles y de los horribles castigos que propinaban a sus prisioneros, y Bastien no estaba dispuesto a poner a prueba la veracidad de esos rumores. Si algo llegase a ocurrirle en manos de los españoles, él mismo estaría, quizás, dispuesto a comprenderlo. Un crujido lo sacó de su ensimismamiento. Trató de incorporarse, pero ya era tarde: un español se había acercado silenciosamente a él y ahora forcejeaban sobre la tierra húmeda. Los otros rebeldes, habiendo escuchado el ruido, corrieron hacia el lugar. Incluso antes de que la bayoneta de su contrincante hiriera su brazo izquierdo, Bastien se sintió perdido. El grito de «¡Fuego!» en francés le dio una súbita esperanza. Una ráfaga hendió el aire a su lado, llevándose consigo al grupo de españoles, todos los cuales cayeron muertos o heridos. Bastien nunca se había alegrado tanto de escuchar la voz de Jean-Pierre, quien no tardó en hallarse a su lado. Mientras le vendaba la superficial herida del brazo, su compañero le comentó lo que había ocurrido. Más fuerte y organizado que las fuerzas españolas, el ejército francés dominaba Madrid una vez más. El enemigo estaba en retirada; la rebelión había sido sofocada. Algo en el interior de Bastien, sin embargo, había cambiado para siempre. Por un instante (y sólo por un instante, se dijo él), deseó casi ser uno de esos españoles que, pese a todas las adversidades, habían decidido aquel día, infructuosamente, recuperar su libertad.

3 de mayo. Una noche fría, sin estrellas. Peñascos, cardos, montes, y más adelante, iluminado por un farol, proyectada su sombra sobre los paredones de piedra, el pelotón de fusilamiento. Una inmensa fila de hombres avanzaba lentamente, bordeando una ladera de la montaña, perdiéndose en la oscuridad. Poco había durado el alzamiento contra el inflexible poderío imperial: con fría y brutal eficacia, Napoleón establecía nuevamente su control sobre la ciudad. Los soldados franceses, envueltos en largos sacos grises, ejecutaban su tarea como autómatas. Uno tras otro, grupos de hombres caían bajo el fuego de sus fusiles; los soldados, al parecer impasibles, volvían a cargar y a aguardar la nueva orden de su jefe. Los rostros de los rebeldes derrotados, en cambio, denunciaban toda clase de emociones. Algunos suplicaban piedad; otros se mordían los puños, buscando contener su desesperación. Pero muchos otros simplemente marchaban con la mirada clavada en el suelo, arrastrando los pies como si los retuviera un peso formidable, conservando en sus facciones una dureza de piedra. Una camisa blanca se encontraba ahora frente a los rifles, tanto más brillante a la luz de los faroles. Completamente indefenso, el hombre había caído de rodillas. Su nombre era Rodrigo. Mientras los soldados se preparaban, la mente de aquél se hundió –por última vez, pensó– en las mismas preguntas que durante días lo habían torturado, ahora más acuciantes que nunca. ¿Realmente había valido la pena el intento? ¿Es que no habían sabido aguardar el momento adecuado, enceguecidos por un patriotismo y una sed de justicia que Rodrigo había creído puros, pero que ahora se le presentaban como vana arrogancia? ¿O quizás, sencillamente, no era aquel su lugar en esa historia? ¿Quién cuidaría en adelante a su familia, cuya protección era, tal vez, su auténtico deber? Pero ya era tarde. Los soldados seguían apuntándolo con sus armas y en cualquier momento dispararían. Agobiado por sus pensamientos, Rodrigo extendió sus brazos y, en un gesto tal vez de valentía, alzó la mirada. Ocurrió rápidamente. Casi sin sorprenderse, vio en uno de los soldados su propio reflejo. Eran su misma cara, sus mismos gestos, aunque un abrigo y un fusil habían reemplazado la camisa y las manos desnudas. Y, entonces, el francés lo miró a él. Rodrigo comprendió de inmediato. Trató de convencerse a sí mismo de que había sido un deseo propio, pero sus esfuerzos fueron vanos. Observó por un momento a ese hombre tembloroso pero valiente que clavaba en él sus ojos, al parecer con más alivio que reproche. Mientras sostenía el fusil fijo en su objetivo, lo consolaba pensar que quizás, algún día, un pintor lo representaría en un cuadro, aún como un ciudadano español, de rodillas ante los fusiles, entre sus compañeros. Estaba condenado a cumplir ese horroroso deber, sí, pero también a cargar esa culpa durante el resto de su vida. No quedaba nada por hacer; ninguna metamorfosis podía ya salvarlo. Bajo el peso de su uniforme gris, Bastien presionó, resignado, el gatillo.

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