Un día normal

Micaela Basadoni. 5° año 2° división.

 

Raro se levantaba todas las mañanas a las 6:05 hs. Esos cinco minutos que pasaban las 6 podrían haber evitado el 93,5% de las llegadas tarde anotadas en el boletín de Raro Parquet.  Él, que adoraba su calculadora y sus cuadernos cuadriculados, había tomado nota de esa cifra, después del primer no llegues más tarde al colegio y qué mal hijo sos. La impuntualidad de Raro continuó porque él usaba esos cinco minutos en los intentos de darles un cierre coherente a sus sueños. Pero cuando Raro dormía tenía sueños infinitos que sólo se interrumpían por el tutututú de su despertador, y hasta la almohada notaba que esos cinco minutos eran una excusa para permanecer tapado un poquito más.

Raro odiaba el nesquik y las galletitas de paquete. Para desayunar, sólo le gustaba el yogur de zanahoria -que se había dejado de fabricar tres años antes de su nacimiento- y las masitas de jengibre y canela que hacía su abuela –que había muerto un año después su nacimiento-. Pero cortala, Raro, no rompas las bolas, te comés las Terrabusi, te tomás la chocolatada, te abrigás y te vas al colegio.

Raro detestaba las poleras. Una vez, cuando tenía cinco años, soñó que se moría asfixiado por una polera.  Entonces cuando cumplió trece y empezó el secundario, pasó una tarde entera recortando los cuellos de todas sus poleras, que componían el 71,29% de su guardarropa –Raro también anotó ese número en su cuaderno de cifras-. Estás loco, Raro, mirá lo que hiciste, no valorás nada, guardá la tijera y tirá los pedazos de tela que quedaron en el piso. Desde ese momento, Raro iba con sus remeras rotas al colegio. Prefería eso antes que la humillación de morir asfixiado por una de sus poleras en el medio del aula.

Raro no tenía amigos. En el aula, se sentaba adelante de todo. Si el profesor decía: “Parquet: ¿hizo la tarea?”, Raro abría mucho los ojos y respondía: “S-s-í-í hi… ce… la ta-ta-ta re…” y todos se reían cada vez que Raro trataba de hablar ante la clase y qué cómico cómo pronunciaba las setas y cómo siendo tan inteligente se olvidaba de todo cuando lo miraban y Raro tartamudeaba y el profesor perdía la paciencia y Raro se agarraba la cabeza y los otros reían a carcajadas, sobre todo Normal II, que siempre reía mucho y muy fuerte.

Sonaba el timbre del recreo y casi todos festejaban. Normal I, Normal II y Normal III eran los primeros en salir corriendo, desesperados por atravesar la angosta salida del aula y contentos porque ya no tenían que escuchar sobre la vida de los helechos ni qué pensaba Rosas de los indios. Raro odiaba el timbre del recreo. Le parecía demasiado fuerte y estruendoso. Cuando lo escuchaba, se quedaba en el aula y pensaba. Se preguntaba por qué todos se desesperaban por salir del aula si durante la clase la mayoría había dormido la siesta. Raras veces Raro salía del aula durante el recreo, lo hacía cuando quería tomar aire. Caminaba solo, iba y venía. Cuando el timbre volvía a sonar, Raro se sentía aliviado y volvía rápido al aula. Ahí se sentía un poco más protegido.

A las 12:15 hs. terminaba la última clase y Raro agarraba su mochila para volver a su casa. Él no hacía eso que Normal II y sus amigos llamaban “ranchear” (del lat. rancheare. Acción de yacer sobre escalinatas y/o suelos diversos sin tomar consciencia del paso del tiempo, posiblemente rodeándose de conocidos y/o amigos, mochilas y/o morrales, birras y/o mazos de cartas, persiguiendo como fines la interacción y/o socialización).

Normal I, Normal II y Normal III vieron que Raro estaba por irse y, a carcajadas, se le acercaron y eh, Raro, copate, venite dale a la fiesta corte te la perdés y sos un durazno flasheando. Raro negó con la cabeza pero agradeció la invitación. Él odiaba las fiestas. Le parecía desagradable estar con tanta gente junta en un lugar tan chico. Según sus cálculos, en las fiestas había 10,71 personas por metro cuadrado. Además no le gustaba ni la birra ni fumar nada ni sabía qué era el fernet ni cuál era la receta del fernet con coca cola. Pero lo que más detestaba eran las letras de las canciones que pasaban en las fiestas –las conocía porque, obligado, había ido a una-. Se preguntaba qué diría Cadícamo si escuchara a un volumen insoportable “muévelo muévelo mueve el cachete”.

Cuando volvía a su casa y no tenía mucha tarea, Raro adoraba construir castillos con hisopos mientras escuchaba los tangos que pasaban en la 2×4 –su abuela siempre escuchaba esa estación de radio-. Los innumerables hisopos se los daba su papá; eran los que salían fallados de la fábrica y no se podían vender. Raro era un experto en la construcción de castillos de hisopos pero cada tanto tenía que tirarlos porque basta de juntar mierda, Raro, tirá esto a la basura que no hay espacio. Un golpecito y cientos de hisopos caían al piso tic tic tic –ruido inaudible del algodón sobre el piso-.

A veces Raro no hacía ninguna de las cosas que conté, sino que (ad)miraba a Normalinda. Ella era una chica de cuarto año –él estaba en quinto-. Raro adoraba sus pequitas en la nariz pero nunca llegó a contarlas para anotar la cifra en su cuaderno. Normalinda era pelirroja y andaba casi siempre con remeras de los Beatles o vestidos a rayas que de lejos hipnotizaban un poco. Cuando Raro la veía charlando con Normal II, se moría de envidia, de furia, le salía humo por las orejas, por la boca y por su nariz sin pequitas.

No pasaba un día sin que Raro pensara en hablarle a Normalinda, pero no sabía qué decirle y sentía vergüenza y temía morir asfixiado y humillado aunque no tuviera una polera puesta.

Un día, Normalinda estaba esperando para comprar fotocopias cuando llegó Raro. Pucha –pensó él- justo hoy me la vengo a encontrar que no me peiné ni me puse las dos medias del mismo color. Sacó número y se puso en la cola. Normalinda se cansó de esperar –siempre estaba apurada- y como vio a Raro con cara de preocupado, le dijo: “¿Querés el número? Falta poquito pero yo me tengo que ir.” Raro se quedó mudo, helado, boquiabierto, lanzó un gracias con una voz más quebrada que Humahuaca y aceptó el número.

Raro llegó a su casa y ensayó frente al espejo durante 73 minutos y 30 segundos el encuentro casual que al día siguiente tendría con Normalinda para agradecerle por el numerito y preguntarle si quería salir con él algún día o si le servían sus carpetas del año anterior o lo que fuera con tal de verla un rato más y contar cuántas pequitas tenía en la nariz.

Casi no pudo dormir esa noche y, a la mañana, llegó más tarde que de costumbre al colegio porque se había probado veinte poleras sin cuello tratando de distinguir cuál le quedaba mejor, había probado tres peinados diferentes y había tardado trece minutos y cuarenta y un segundos hasta encontrar dos medias del mismo color y poder salir de su casa. En el primer recreo, Raro salió disparado del aula, igual que Normal II y sus amigos –incluso les ganó en la carrera-.

Normalinda estaba, como siempre, charlando con sus amigas. Raro estaba decidido. No iba a desaprovechar esta oportunidad que se le presentaba ante sus ojos. Las chicas estaban cerca de una cartelera. Entonces Raro simuló que se acercaba a leer los carteles y muy casualmente encontró a la chica de cuarto que le había dado su número para comprar fotocopias:

-Ah, ¡hola! Gracias por el número que me diste ayer. –se animó a decir, casi temblando, al mirar a Normalinda.

–No es nada, yo ya me tenía que ir. ¿Todo bien vos? –contestó ella.

Raro estaba soñando despierto, vivía en un sueño. Era otro por unos instantes. No tomaba consciencia de que lo que siempre había deseado se convertía en realidad.

De lejos, vio pasar a Normal II y sus amigos. Cayó súbitamente al planeta Tierra como un clavadista en el agua. Se acordó de que era Raro, el chico de las poleras sin cuello, el constructor de los castillos de hisopos, el contador de pequitas. Parecía gelatina de frutilla por cómo temblaba y por sus mejillas ruborizadas. A pesar de todo, no iba a dar marcha atrás.

Carraspeó débilmente y, mirando a los ojos a Normalinda, le dijo: “Bien, todo bien. En realidad te quería preguntar si te gustaría salir conmigo uno de estos días, o si querés te puedo pasar mis carpetas del año pasado o…” Se sintió desnudo. Quiso desaparecer. Nada de lo que fuera a decir después podría darle confianza. Había invitado a salir a una chica que casi no conocía y que lo miraba un tanto desconcertada. Quiso volver atrás pero recordó que en la vida no existe el Control + Z y continuó hablando: “Disculpá… quizás fui muy… directo. Perdoname. Yo sé que soy muy ra… raro”. Entonces, Normalinda le respondió: “Sabés, Raro, te voy a contar un secreto. Ellos –señaló a Normal II y sus amigos- son mucho más raros que vos. Lo que pasa es que se esfuerzan constantemente en disimularlo, porque están llenos de miedo”.

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