Martín Kohan: “Me interesa el olvido colectivo”

Compartimos la siguiente entrevista, publicada por el portal digital del diario español “El Pais” debido a los dos nuevos trabajos literarios de Martín Kohan, promoción 1985. Recordemos que el escritor ha visitado la Asociación ya en dos ocasiones, en el marco de los Encuentros de Lectura que hoy se dan también en formato digital.

El 19 de marzo de 2020, cuando en la Argentina comenzó el confinamiento obligatorio debido a la pandemia de la covid-19, el escritor Martín Kohan (Buenos Aires, 1967) envió este mail desde la casa de Palermo, Buenos Aires, donde vive: “Hoy es el primer día en más de 30 años que paso sin ir a un bar. No perdí las ganas de vivir, pero se me han debilitado fuertemente”. Pasa muy poco tiempo en las casas que habita. En él, frases como “Siempre voy a estar mejor en un bar que en mi casa” dan cuenta de una manera de habitar la ciudad que es, sobre todo, una manera de escribir: lo hace a mano y en bares. La compañía indiferente de los extraños produce lo que necesita para concentrarse: un vaivén entre ensimismamiento y dispersión. Como además usa un teléfono celular antiguo, sin Internet, el carácter de cápsula que adquieren esos espacios es absoluto. En el confinamiento, la imposibilidad de salir, sumada a la posibilidad de conectarse en todo momento, aseguraba que el impacto de la desconcentración se desplegaría en grado máximo. Sin embargo, un martes de junio por la tarde, cuando lleva más de 80 días encerrado, dice:

—Yo nunca había pasado un día completo en mi casa. Entonces pensé que no iba a poder. Y pude especialmente bien. Dije: “Si es adentro, reforcemos el adentro”, y empezó a tener los beneficios del aislamiento. Hay una cantidad de tiempo dedicado a compromisos sociales que ahora no existen, y eso es un descanso. Las dos cosas que extraño son los cafés y el fútbol, pero partidos no hay y los cafés están cerrados. Eso me ayudó a calmarme: entender que no me los estoy perdiendo, que no hay.

Improvisó un espacio de trabajo en la que fue durante años la habitación del hijo de su mujer. Kohan no lo llama “mi estudio”, sino “el cuarto de Jeremías”, para subrayar el carácter transitorio de la situación, y pasa horas allí dando clases de Teoría Literaria para cinco universidades a través de la plataforma Zoom, inmerso en el mundo digital al que sigue siendo reacio (“Para mí esto no va a durar un minuto más de lo necesario”). Ahora está en ese cuarto, de espaldas a una bandera del club Boca Juniors, uno de los equipos de fútbol de los cuales es hincha —o devoto—; el otro es el Defensores de Belgrano. La bandera pende del techo, y se mantiene allí incluso cuando da clases. Viste igual que siempre: una camiseta deportiva Adidas, presumiblemente zapatillas de la misma marca, presumiblemente jeans, pero no se sabe porque permanece sentado, hablando durante casi cuatro horas. Tiene una energía que se renueva anfetamínicamente cada vez que cambia el curso de la charla: del Boca Juniors a la cuarentena y de ahí a la hiperconectividad y de ahí al ensayo sobre las vanguardias que terminó hace poco (“Lo terminé ayudado por esto, porque no hay fútbol y yo al fútbol le dedico una cantidad de horas tremenda: ir a ver al Boca son dos horas de partido, más dos de espera, más una para ir y una para volver. Más los partidos de la tele”). Su afición por hacer listas le permite saber que, en confinamiento, ha dado 48 clases, ha escuchado 208 discos: 14 de Nick Cave, 43 de los Rolling Stones, todos los de King Crimson.

De ese gusto surgieron las ganas de escribir uno de los dos libros que publica ahora, Me acuerdo (Ediciones Godot, Argentina), que toma el formato del I Remember, de Joe Brainard, de 1970, que a su vez tuvo una versión de Georges Perec en 1978 —Je me souviens—, y que consiste en recuerdos fragmentarios que en el caso de Kohan se detienen a sus 12 años, el fin de la infancia.

El otro libro, que publica Anagrama, es una novela llamada Confesión, tres secciones distintas conectadas por dos personajes: Mirta López, la abuela del narrador, y Jorge Rafael Videla, el militar que llegó al poder con el golpe de 1976, y bajo cuyo mandato trascurrieron los años más siniestros de la dictadura argentina. Pero Confesión no es una novela sobre Videla ni sobre la dictadura ni sobre las abuelas, sino sobre las múltiples maneras en que la monstruosidad convive perfectamente con —o proviene de— la absoluta normalidad.

Hasta los seis años, Martín Kohan fue el rostro de varias publicidades. Nació y creció en una familia judía formada por su madre, Sara, empleada administrativa de una empresa que fabricaba relleno para almohadas y acolchados; su padre, Aaron, que se dedicó a la venta y fabricación de muebles, y una hermana menor. En la familia el dinero no sobraba, y alguien pensó que él, rubio de ojos azules, podía ser una buena cara para la publicidad. Lo fue: desde los cuatro años protagonizó avisos de flanes, pantalones, jugos, hasta que a los seis dijo —o dice que dijo—: “Para un chico de seis años estudiar y trabajar es mucho. Quiero dejar las publicidades”. Más allá de ese trabajo pasajero, la vida que llevaba entonces —bicicleta, amigos, fútbol, colegio judío privado, todo aconteciendo en el barrio de Núñez, lejos del centro— puede resumirse en una palabra: felicidad.

—Yo tenía una conciencia plena de que la infancia me fascinaba y la adolescencia no tenía nada para ofrecerme. A mis 12 años, la melancolía por la pérdida ya estaba activada, y yo no hacía más que ver cómo iba perdiendo la infancia. A mis 15 años nos mudamos, y yo volvía caminando a mi casa de infancia, me sentaba en el umbral y miraba con melancolía. Ese mundo se estaba terminando. Y quedó sellado como mundo de la infancia.

Ese sello se expresa en la continuidad de ciertos hábitos, tales como la ingesta exclusiva de lo que llama “comida normal” (que excluye extravagancias como el sushi e incluye sólo platos como el bife con ensalada y la milanesa con papas fritas), y también en su ausencia: no bebe, no fuma, no baila, no se droga.

—Yo soy melancólico. Hay días en los que no tengo melancolía y tengo ganas. Y la fabrico. Es fácil: a la tardecita ponés Leonard Cohen, Nick Cave, y fabricás melancolía. Mi relación con la infancia es de muchísima nostalgia.

En esa infancia está anclado el Me acuerdo que es, sin embargo, un libro exento de melancolía.

—Porque yo soy así en la vida. No soy así en la escritura. El que lea el Me acuerdo suponiendo que es un testimonio personal que le permitiría conocerme, estaría dando un paso en falso.

El Me acuerdo de Kohan recoge destellos que se apagan apenas después de iluminarse: “Un día mi papá tuvo que ir al colegio David Wolfsohn a hacer un trámite. Se asomó al patio y me vio en mi función de salvador de goles. A la noche en mi casa me preguntó por qué no jugaba como todos los otros chicos”. No pretende ser un catálogo de los mejores o los peores momentos, no hay pena, no hay alegría. Hay una voz autoral impávida que consigna: a los confites Sugus había que chuparlos sin morderlos hasta acabar con la capa de azúcar que los recubría; el número de teléfono del mejor amigo de la infancia era tal. Se adivina cierta fecundidad fría en la escritura: como si la memoria de Kohan se hubiera abierto en determinados momentos y él hubiera escogido de ese vergel de recuerdos cálidos sólo algunas fotos fijas congeladas.

—El libro surgió porque leí el Me acuerdo de Brainard, y el de George Perec, y me dieron ganas de escribir. Antes de esto tuve dos ofrecimientos de escrituras autobiográficas. Un texto de mi relación con la lectura y otro sobre el Boca, y no pude. Me desalentó tener que involucrar mi memoria afectiva. El formato del Me acuerdo requiere un desapego. Vas registrando los recuerdos, sin involucrar el factor emocional. Ponés los recuerdos como se ponen fotos en un álbum. Es registrar y presentar. Al no narrar, o al tener que no narrar, no puede haber desarrollo de la anécdota: a la narración hay que comprimirla o cercenarla. Los recuerdos se consignan.

Lo que resulta es un retrato de época —entendiéndose por eso cualquier infancia, pero también la muy específica de un niño judío en la Argentina de los años setenta—, que pasa de un nodo de memoria al siguiente —el colegio, la familia, los amigos, las vacaciones—; un libro contenido y prescindente, dos sentimientos que nada tienen que ver con la relación desbordaba e hipernostálgica que sostiene con ese periodo de su vida.

—Yo echo todo de menos. Veo a mis viejos vecinos que siguen en el barrio y me parece admirable esa permanencia. Ellos lo lograron, y yo no. Lograron la permanencia. Yo tengo fantasías de permanencia. Admiro a dos personas de mi edad que dicen: “Somos amigos desde el secundario”. Parejas que pasan toda su vida juntos. Gente que vivió siempre en el mismo lugar. El “toda la vida” me fascina. Y no me salió. Pero no soy inconstante. Soy un inconstante fracasado. Tengo todas las características del temperamento constante. Me gusta vivir en el mismo lugar, comer siempre lo mismo, vestirme siempre con la misma ropa. Lo otro es que no me sale.

El Me acuerdo se detiene a sus 12 años, cuando ingresó al Nacional Buenos Aires, un colegio del Estado de enorme prestigio.

—Mi papá había estudiado hasta tercer año del secundario. Sin embargo, me dio dos consejos determinantes: ir al Nacional Buenos Aires y hacer la carrera de Letras. Me parece que su idea era ponerme en el lugar de mejor formación y más exigencia. Otros factores no entraron en juego: la represión política de la dictadura, un colegio en el que había más de 100 desaparecidos.

Pasó dos años difíciles, negándose a ser adolescente —“salía, iba a las fiestas, y me aburría tremendamente”— hasta que, a los 16, se puso de novio y decidió pasar, sin escalas, a la vida adulta. Después, entró a la Facultad de Filosofía y Letras, consiguió un empleo como periodista deportivo que le permitía ir a la cancha gratis. En 1990 se recibió, se dedicó a la docencia y empezó a escribir. En 1993 publicó su primera novela, La pérdida de Laura. Desde entonces produjo una obra prolífica de cuentos, ensayos y novelas, con un punto de inflexión en 2002, cuando Dos veces junio, una novela que transcurre durante el único partido que Argentina perdió en el Mundial de 1978, lo colocó en el lugar de un narrador ineludible. La dictadura argentina aparece de diversas maneras en su obra (en Ciencias morales, de 2007, ganadora del Premio Herralde, una preceptora del colegio Nacional Buenos Aires se esconde en el baño de varones con el pretexto de descubrir a quienes se ocultan para fumar, mientras la dictadura sobrevuela desde un fuera de cuadro ominoso; en Cuentas pendientes el protagonista tiene un trabajo gris para el mismo militar de cuyas manos recibió, siendo beba, a su hija adoptada, hija de desaparecidos), pero no es la dictadura que vivió, la que recuerda.

—Ni siquiera se trataba de sostener una vida normal frente al horror de lo que estaba pasando afuera. Yo no tenía información de eso, ni en mi casa estaba demasiado presente. Vivía a siete cuadras de la ESMA, uno de los mayores centros de detención clandestinos. Y lo que me queda de ese lugar es el recuerdo del miedo que me daban los carteles que decían “Prohibido estacionar o detenerse, el guardia abrirá fuego”. Yo tenía miedos de infancia: ¿si pinchamos una rueda qué pasa? Mis padres decían: “No, se darían cuenta de que pinchamos una rueda”. Ese miedo, al no tener el contexto político, cobra la forma de lo fantasmal. El terrorismo de Estado aunó el miedo concreto, y la fantasmalidad de un clima de miedo. La intimidación del miedo consistía en que fuera al mismo tiempo concreto y fantasmal.

Ese miedo concreto y fantasmal late en Confesión, donde el lenguaje escueto, labrado de manera obsesiva, produce un efecto de amplificación del horror al punto que la novela parece enferma por dentro de una manera apenas contenida por una corteza tensa, una cáscara que se prepara para supurar.

Confesión está dividida en tres secciones. En la primera, el nieto de Mirta López, una mujer anciana con deterioro cognitivo, narra lo que su abuela le cuenta, esto es, la fascinación que sintió a sus 12 años por el hijo mayor de los Videla, un muchacho adusto, impecable, llamado Jorge Rafael. Ese adolescente, oriundo como ella de la ciudad de Mercedes, bautizado con los nombres de dos hermanos mellizos fallecidos, será décadas más tarde un dictador atroz —los datos biográficos de la novela se corresponden con los de la vida real de Videla—, pero ni Mirta López ni el narrador hacen alusión a eso. La mujer le ha contado a su nieto cosas que sólo alguien con la desinhibición que otorgan los 90 años y un poco de senilidad puede contar: las formas en que, cuando vivía en Mercedes, su cuerpo pubescente reaccionaba ante la presencia del hijo mayor de los Videla, reacción que purgaba peregrinando al confesionario del padre Suñé, que, al principio sin hacerle mucho caso, la mandaba a rezar un par de avemarías. La historia empieza a anegarse en la misma lubricidad que anega el cuerpo de Mirta López, que reza y se humedece mientras espía al objeto de su desvarío, y destila una lubricidad desviada, seca y desagradable, un espejo —el sexo hermano de la muerte— de las aberraciones que ese hombre que la enciende producirá décadas más tarde. Simula cruzárselo en la calle, se arrebata cuando él se sienta a su lado durante la misa: “La nuca admirable del hijo mayor de los Videla, que se despejaba ante sus ojos con un orgullo de frente o de rostro (…) el hijo mayor de los Videla parecía hecho de acero. Cuando se arrodilló para rezar, bajando la cabeza en la oración, su nuca resplandeció y se tensó, se iluminó como las revelaciones, le sugirió trascendencias. Ella tembló. Un éxtasis de divinidad la invadió y juntó las manos para dar gracias a Dios”.

—Me pareció que la nuca era el espacio donde se expresaba lo impoluto del asesino. Lo que la fascina a Mirta López es que Videla es impoluto. ¿Puede alguien ser un asesino y ser impoluto? Sí. ¿Puede alguien ser responsable de las mayores atrocidades de la historia argentina y ser perfectamente circunspecto; ser, él mismo, estrictamente moral? Sí. La combinación es perturbadora. Es una novela sobre la fascinación. La fascinación no atenúa el horror. Tenía que haber en el personaje de la abuela una mezcla de inocencia e hijaputez. Eso habilita la impunidad del relato. Porque si es la inocencia pura de alguien que se equivoca de buena fe, la novela es blanda. Y si es una hija de puta, la novela es lineal.

La primera parte es una ascensión incómoda hacia el estallido de un onanismo extraviado, no por el acto en sí, sino por quien lo inspira: “Pudo verlo: de cerca y de frente. Y él, ¿la vio? ¿La miró? ¿Reparó en ella? Daba toda la impresión de que no. Su mirada se mantenía alta y al frente, inexpresiva. Eso a ella, Mirta López, no sólo no la defraudó, sino que fue lo que terminó de encenderla. Altivo a la vez que humilde, tan a su alcance y a la vez tan por encima”. Mirta López llega a su casa “con la boca seca y el cuerpo húmedo”, y “apenas se echó en la cama, la cara hundida en la almohada, los brazos apretados al cuerpo, empezó ese remolino, la cosa que ella, en el confesionario, había denominado así. (…) Se apretó contra la cama, empujando con la cintura, como si estuviese en una playa, tirada sobre la arena, y quisiese no ser vista. Apretó y después soltó. De nuevo apretó. De nuevo soltó”.

—En algunos momentos lo siniestro se activa sobre la base de que algo está siendo evidente y nadie lo nombra. Y se produce un choque, que presumo perturbador, entre lo que el lector advierte que está pasando y el silencio respecto de eso que está pasando. En esta novela lo siniestro se desprende de cierta integración a una normalidad. Lo siniestro es esa normalidad capaz de absorber e integrar lo horroroso. La vida normal sigue como si tal cosa. Lo siniestro es el “como si”: como si no pasara nada.

La segunda parte narra un episodio de la historia argentina que permanece olvidado: la Operación Gaviota, el atentado fallido que el ERP —Ejército Revolucionario del Pueblo, una organización guerrillera de izquierda— llevó a cabo el 18 de febrero de 1977 contra Videla, colocando dos bombas bajo la pista de aterrizaje del Aeroparque metropolitano que debían detonar cuando el avión en el que él viajaba estuviera a punto de levantar vuelo.

—Me interesa mucho el olvido. Los olvidos colectivos y los falsos recuerdos. El atentado contra Videla ni siquiera ocupó un lugar destacado en los diarios. El discurso periodístico reseñó el atentado y reforzó la idea de lo ileso: salió ileso, no pasó nada. Y algo de enorme importancia, un atentado contra el dictador que estuvo a punto de tener éxito, quedó como un incidente menor.

La última sección transcurre en la residencia para ancianos donde vive Mirta López. Ella y su nieto juegan un partido de naipes manteniendo una conversación banal, con trazos que dan cuenta del carácter difícil de la mujer, que trata a su cuidadora con arrogancia y desconsideración. Pero, de a poco, Mirta López se adentra en un relato que involucra a su hijo, el padre de su nieto, y ya no parece tan cándida, ni tan inocente, ni tan senil, sino alguien que avanza pornográficamente sobre su secreto más impune, sin dar señales de contrición: “Habrá sido en esos días, dice mi abuela, que pensé en hablar con el coronel. Yo tengo el mazo de cartas en la mano. Pero apretado y quieto: inmóvil. ‘¿Estás dormido o qué?’, me dice ella, ‘Hay que mezclar las cartas, hay que mezclarlas’. Me pongo entonces a mezclar. Pero siento los naipes más blandos en las manos, demasiado flexibles, como humedecidos”.

En su Me acuerdo, Kohan consigna: “En 1977, mi papá me llevó a la cancha del Boca a ver un partido de la selección argentina. Antes, almuerzo en una cantina de la Boca. Durante el almuerzo, foto con la Pantera Rosa”. El estremecimiento no proviene de lo que dice, sino de lo que suprime: que 1977 fue uno de los años más sangrientos de la dictadura, que mientras él iba a la cancha y se sacaba fotos con la Pantera Rosa estaban torturando a miles. El horror es más horror cuando todo sigue como si no pasara nada. Así, en el final de la novela, haciendo uso del truculento poder de la omisión, Kohan activa el dispositivo silente que late en el oscuro centro del relato que, ahora sí, se retuerce, convulsiona, se doblega ante la condición revulsiva, evidentemente humana, de sus protagonistas.

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Charlas con ex alumnos destacados online| Leonardo Glikin

El próximo miércoles 22 de julio Leonardo Glikin, promoción 1972, brindará una charla por nuestra plataforma de Zoom. El tópico central girará en torno a Pensar el futuro para mejorar el presente – y viceversa. Quienes deseen participar pueden solicitar las credenciales de acceso a la charla enviando un mail a aexcnba@aexcnba.com.ar asunto: “Charla L. Glikin”.

Sobre el expositor:

Leonardo Glikin:

Abogado, UBA, 1977, consultor en Planificación Patrimonial y Sucesoria. Introductor de la práctica de la Planificación Patrimonial y Sucesoria en Argentina.
Introductor del concepto y la práctica del Exiting, programa para el retiro de la empresa.
Autor del recientemente publicado “Manual de Planificación Patrimonial y Sucesoria para Asesores de Seguros de Vida”, y los libros “Pensar la Herencia”, “Matrimonio y Patrimonio”, “Exiting, el arte de dejar la empresa sin dejar la vida”, “Los hermanos en la empresa de familia”, “Iguales y Diferentes. Los espacios de la mujer en la empresa de familia” y de numerosos artículos académicos y de divulgación de su especialidad.
También escribió el capítulo “Planificación Sucesoria para la Continuidad de la Empresa” en el libro “Planificación Patrimonial y Sucesoria” dirigido por Mario Carregal, 2012, Editorial Heliasta.
Autor en colaboración de “Negociación, mediación y arbitraje en la empresa familiar” Dirigido por Eduardo Favier Dubois (h). Editorial Ad-Hoc.
Co-autor de “El Nuevo Código Civil y Comercial en las empresas de familia”.
Leonardo es expositor habitual en seminarios y conferencias de su especialidad.
Es integrante de la Financial Planning Association, en la que sirvió como miembro de su International Advisory Council. Es miembro del Family Firm Institute, Boston, USA (www.ffi.org).
En 1995 fundó, y actualmente dirige, el Consejo Argentino de Planificación Sucesoria Asociación Civil. Director de CAPS – Consultores, del Newsletter Temas de Planificación, con más de 12 años de antigüedad.
En su práctica profesional participa en la elaboración de Protocolos familiares, y de instrumentos legales para la continuidad de la empresa.

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Ventajas y desventajas del teletrabajo: ¿cómo seguirá después de la pandemia?

El tecnólogo y emprendedor Santiago Bilinkis (promoción 1989-) compartió los datos de una encuesta que da cuenta de las modificaciones de los esquemas laborales y el avance del teletrabajo durante la cuarentena.

El aislamiento social, preventivo y obligatorio para contener la pandemia de coronavirus aceleró el desarrollo de tecnologías enfocadas en el trabajo y la educación a distancia.

Una encuesta realizada por el fundador de Officenet Santiago Bilinkis sobre más de 4000 participantes muestra hasta qué punto y de qué modo creció el teletrabajo en la Argentina.

En diálogo con Cristina Pérez en Radio Mitre, Bilinkis señaló que “en una situación normal, solo el 14% de la gente trabaja en la casa mientras que ahora esa cifra alcanza al 94%”. “Fue un cambio de escenario total e impresionante por la velocidad a la que hubo que hacer esa transición, sin estar entrenados ni saber cómo teletrabajar. Muchas empresas no tenían las herramientas y mantenían la mentalidad antigua del control, la presión y el maltrato”, agregó.

Según los datos recogidos en el informe, el tecnólogo aseguró que “la gente se encontró con que trabajar desde la casa es difícil” ya que “se borran ciertos límites y porque en general los hogares no están equipados para trabajar”.
“Casi la mitad de las personas no tiene una habitación con privacidad en la que está tranquilo. El 40% no tiene un escritorio o una mesa adecuada para trabajar y dos tercios no tienen una buena silla. Un 20% no tiene computadora”, graficó. No obstante, Bilinkis indicó que, pese a las limitaciones técnicas, “el 70% está mucho más contenta que antes y siente que subió su productividad y su satisfacción laboral”.

“Sin pasar por alto las terribles condiciones que plantea la pandemia, estamos descubriendo que trabajar en casa es mejor que ir a la oficina todos los días. Los empleadores están descubriendo que la productividad sube. El teletrabajo llegó para quedarse”, apuntó. En esa línea, el autor de Pasaje al futuro consideró que la cuarentena plantea un cambio de paradigma laboral debido a que “la gente no quiere volver a la oficina todos los días pero tampoco quiere trabajar en la casa todos los días”. “Lo que por lejos más aceptación tiene tanto en los empleados como en los empleadores es un esquema híbrido donde exista la flexibilidad para trabajar dos o tres días en casa y el resto en la oficina”, agregó.
Para Santiago Bilinkis, esa novedosa combinación entre la modalidad virtual y la presencial manteniendo una alta productividad presenta múltiples beneficios.

“Tiene espectaculares consecuencias ambientales. Si se baja a la mitad la cantidad de personas que van a la oficina cada día, se reduce el desastre de la hora pico, el colapso del transporte y la polución. En CABA, las personas destinan en promedio una hora y veinte en ir y volver de sus trabajos”, consignó. Al mismo tiempo, el emprendedor destacó que mediante el teletrabajo, “alguien que vive lejos de una gran ciudad tendrá posibilidades similares a alguien que vive en Buenos Aires, con un costo de vida más bajo y con una calidad de vida más alta”. “El 75% de las empresas están más abiertas que antes de la pandemia a contratar a personas en localizaciones remotas. Quizás paguen sueldos más bajos que en Buenos Aires pero le abre una posibilidad a personas que no accedían a trabajar de esta manera. Esto hará que haya gente que se mude de las ciudades a lugares más chicos”, vaticinó.
Desde la perspectiva empresarial, Bilinkis añadió que las compañías “van a ahorrar un montón de plata con el teletrabajo y esa razón será la verdadera fuerza que estará detrás de que esto se imponga”.

Para escuchar la entrevista completa, puede ingresar aquí

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“El cáncer es mi enemigo personal” Entrevista a Jean Claude Zenklusen

Compartimos un resumen de la nota difundida por BBC Mundo a Jean Claude Zenklusen, promoción 1983, quien pensaba dedicar su carrera a las enfermedades neurológicas. Pero una muerte en su familia lo marcó de tal forma que dio otro rumbo a su vida.
El científico, quien es suizo pero creció y vivió durante más de 20 años en Argentina, es el director del Atlas del Genoma del Cáncer en el Instituto Nacional del Cáncer en Estados Unidos, The Cancer Genome Atlas o TCGA.
El Atlas es el mayor proyecto de aplicación de genómica, o estudio de los genomas, al cáncer.

Zenklusen participó del proyecto internacional que secuenció por primera vez el genoma humano hace ahora dos décadas y desde entonces investiga cómo usar la genómica para innovar en el diagnóstico y tratamiento del cáncer.  El investigador está convencido de que en el futuro para la mayoría de la gente “los tratamientos no van a ser la quimioterapia de hoy en día, no van a ser tratamientos medievales brutales, sino tratamientos que no arruinan la calidad de vida”.

¿Por qué decidió dedicarse a estudiar el cáncer?
Yo soy químico y a menudo me preguntan eso. Siempre digo que tengo una razón personal; para mí el cáncer es mi enemigo personal.
Susana era una prima de mi madre. Cuando yo empecé la universidad con 20 años ella tenía 28, o sea que estaba mucho más cerca de mí que de mi madre.
Ella también acababa de recibirse de química, se casó, se fue de luna de miel a la India y empezó a tener una tos que no se le iba.
Cuando volvió fue al médico por esta tos, le hicieron una radiografía y le diagnosticaron un cáncer, un sarcoma no invasivo pero que básicamente estaba rodeando los pulmones. Su amante esposo de dos semanas desapareció del mapa.
Ella vivía en una provincia en Argentina, en Tucumán, y como nosotros éramos la única familia que vivía en Buenos Aires se quedó a vivir con nosotros mientras la trataban con quimioterapia regular y radiación.
Esta joven de 28 años, vibrante, inteligente y bella se transformó en dos años de tratamiento en un pequeño esqueleto con algo de piel. Parecía alguien que había salido de Auschwitz.
Y después de dos años de tratamiento brutal se murió, finalmente tuvo paz. Pero no debería haber pasado por todo eso.
Yo en realidad tenía mucho más interés en estudios de enfermedades neurológicas, pero cuando Susana murió, el cáncer se transformó en mi enemigo personal.

¿Hace cuánto tiempo sucedió lo que nos relata?
De esto hace 34 años.

Usted participó del Proyecto del Genoma humano hace dos décadas. ¿Cómo comenzó a aplicarse ese conocimiento al cáncer?
Cuando yo hice mi doctorado en genética de cáncer, en aquel momento se hablaba de genética (herencia de uno o pocos genes) y no genómica, porque apenas conocíamos algunos genes.
Yo siempre uso una imagen que muestra cuánto de la biología del cáncer conocíamos cuando yo estaba estudiando para hacer mi doctorado y hay 30 genes y un montón de lugares donde hay signos de interrogación. Las enfermedades se dividen en enfermedades genéticas y metabólicas. Las metabólicas son enfermedades que se producen por un desbalance del metabolismo que no parece tener base en una mutación genética.
El Parkinson, por ejemplo, es una enfermedad metabólica que tiene muy poco elemento genético. El cáncer, en cambio, tiene elementos metabólicos, pero es 95% genético. Entonces, una vez tuvimos es genoma humano parecía obvio que teníamos que empezar por el cáncer, ya que aparece a través de mutaciones y de cambios en los genes.

¿En qué consiste el Atlas del Genoma del Cáncer que usted dirige?
El Atlas fue simplemente la aplicación del genoma humano al problema de cáncer.
Lo que hicimos fue armar una colección de 33 tipos de tumores, la mayoría de ellos sólidos, solo dos hematológicos y todos de adultos (hay otro proyecto similar que es de pediátricos, Target).
Y lo que básicamente hemos hecho es una colección de los tumores, de los que se extrajo ADN, ARN y proteínas. La idea del atlas era coleccionar toda la información posible sobre los cambios a nivel genómico en los tumores, porque se sospechaba con la acumulación de datos se podría dilucidar la razón detrás de la existencia de los distintos tumores, así como su comportamiento. Es muy interesante, porque la gente piensa que esto es algo que se hizo para encontrar terapias, pero en realidad no. Fue lo que en ciencia llamamos una “expedición de pesca”. Esto es: usted va al lago, se pone en su bote, tira la línea y ve que es lo que encuentra. No sabíamos qué nos íbamos a encontrar.

¿Es ese análisis del material genético en los tumores lo que permitió clasificarlos no por el órgano en que se encuentran, sino por sus características genéticas?
Sí. Por ejemplo, se sospechaba desde hace tiempo que no todos los tumores de riñón son iguales, porque tienen un desarrollo diferente, se ven distintos en el microscopio, y porque la respuesta a los tratamientos es diferente.
La mayoría de los tumores, hasta que empezamos a ver qué genes estaban involucrados, se trataban con quimioterapia estándar.
La quimioterapia empezó en 1957, cuando Gertrude Elion, en el Wellcome Trust, desarrolló un fármaco, el 5-fluorouracil (5-FU), que impide la duplicación de ADN y, por ende, la duplicación celular.

El asunto es que el 5-FU se ha usado por los últimos 70 años, y se sigue usando y es efectivo, pero es un tratamiento muy general. Frena la replicación de todas las células, no solamente de las cancerosas, y por eso cuando la gente recibe quimioterapia tiene todos esos efectos secundarios que son horripilantes, como problemas gástricos, de piel, anemia. Estamos diciéndole al cuerpo básicamente: “¡Para!”. Por eso la quimioterapia requiere vacaciones: el paciente recibe el ciclo de tratamiento, se enferma mucho, se para el tratamiento, esperando que la mayoría del tumor se haya muerto, y luego se vuelve a aplicar. Y así una y otra vez. Es una manera muy primitiva de tratar.

¿Qué alternativas ofrece la genómica al tratamiento del cáncer? 

Ahora, gracias no solamente al Atlas sino a muchos otros estudios, estamos aprendiendo que diferentes tumores se desarrollan de distintas maneras usando diversos genes. Por ello, se están desarrollando un montón de fármacos específicos para ese gen y solo para ese gen. El tumor es inhibido, pero el resto del paciente sigue funcionando perfectamente bien. Lo que la gente ve con las targeted therapies o terapias específicas es que los efectos secundarios son mucho menores y los resultados mucho mejores. Desgraciadamente, cuando empezamos con las terapias específicas el mensaje que se dio a la gente es que iban a resolver el problema del cáncer. Es verdad, pero no lo puede resolver una sola terapia. Hay que combinar varias, porque el cáncer tiene la habilidad de mutar.

¿Puede darnos algún ejemplo de esas terapias específicas desarrolladas estudiando las características genéticas de los tumores? 

Dije que hemos coleccionado 33 tipos de tumores, pero en realidad solamente pudimos hacer 32 proyectos. La razón fue que, mientras estábamos coleccionando los tumores y gracias a los sistemas genómicos, Louis Staudt, mi jefe en el Instituto Nacional del Cáncer, descubrió que el linfoma difuso de células B, el linfoma más común, viene en dos grupos totalmente diferentes. Y vio que había diferencias en las mutaciones que permitían tener una terapia dirigida específicamente a cada subtipo, lo que pasó inmediatamente a la clínica. Ahora el 95% de los linfomas difusos de células B se curan. No teníamos más muestras, porque la gente se curaba y no se hacían más biopsias, por lo que no pudimos hacer el proyecto. En el cáncer de mama hay un montón de genes que han sido descubiertos y hoy en día hay tratamientos que son basados en todos esos hallazgos.

Sé que la gente siempre le pregunta por qué, si hay todos esos avances, entonces no están curando el cáncer… 

Hay muchos fármacos que están siendo desarrollados gracias a lo que hemos descubierto, pero no han llegado al mercado. Y hay algunos tumores que hemos estudiado de los cuales todavía no entendemos nada. Uno de ellos es el cáncer de ovario. La imagen que tenemos del ADN en este caso es muy compleja, hay muchos rearreglos y es un sistema totalmente diferente a los de otros tipos de tumores. Tenemos los datos, pero toma tiempo entenderlos. Y una vez hecho eso, toma tiempo desarrollar las terapias. Estamos tratando de comprender cómo las células tumorales interactúan con el cuerpo sano. Son cosas que no entendemos pero son vitales para hacer un tratamiento que sea efectivo. Las razones por las que no estamos curando todos los cánceres hoy es porque hay un montón de datos que no entendemos todavía.

Otro avance de genómica que se suele citar son las biopsias líquidas. ¿Qué significa esto?
Cuando se hace una biopsia normal de un tumor sólido se encuentra dónde está el tumor, se usa una aguja, se penetra el tumor y se aspiran células. Pero es bastante invasivo y suele ser doloroso. Por eso las biopsias se hacen únicamente cuando hay síntomas clínicos. La biopsia líquida, en cambio, es una manera de hacer vigilancia para ver si el tumor está volviendo, porque las células de tumores se destruyen todo el tiempo y liberan a la sangre ADN y ARN. Lo que estamos haciendo ahora es sacarle al paciente 10 mililitros de sangre, separar el plasma de las células y mirar después en el plasma si esas mutaciones que sabemos que tiene en el tumor original están apareciendo de nuevo. Si vuelven a aparecer, sabemos que el tumor está creciendo otra vez aunque el paciente no tenga síntomas clínicos y aunque la imagen por MRI (imagen de resonancia magnética) o rayos X no lo demuestre. Por biopsia líquida uno puede saber que un tumor está desarrollándose de nuevo alrededor de seis meses antes de que aparezca ningún rasgo en la imagen.

Y cuanto antes sepamos que el tumor está atacando de nuevo, más chances tenemos de tratarlo. Esto solo pudo hacerse gracias a las tecnologías que analizan el genoma, porque ahora sabemos cuáles son las mutaciones y tenemos las herramientas para descubrir en cantidades infinitesimales si ese gen mutado está apareciendo en la sangre.

¿Cuándo habrá entonces un cura para el cáncer?
El problema es que cuando la gente piensa en cáncer piensa en una enfermedad. En realidad el cáncer son algo así como 300 enfermedades diferentes. Entonces, pedir “una cura” para el cáncer es lo mismo que pedir una (misma) cura para la gastritis, el eczema y la caspa. Son cosas totalmente diferentes y no podemos tener una cura para todo.

Hay algunos tumores que son bastante fáciles de curar y los estamos curando, y hay otros que son muy complicados y para los cuales no creo que vayamos a tener una cura. Lo que vamos a hacer es transformar estas enfermedades de enfermedades agudas y mortales en crónicas y tratables. Yo sufro de diabetes y tengo que ver a mi endocrinólogo cada tres meses. ¿Hay una cura? Por ahora no. De la misma forma, lo que hay que hacer es seguir tratando de que el cáncer pase de ser una sentencia de muerte en algunos casos a ser una enfermedad crónica.

¿Qué espera ver en un futuro no muy lejano?
Yo lo que siempre digo es que espero que antes de retirarme (me faltan 12 años) tengamos sistemas que permitan hacer diagnósticos de una manera sencilla, barata y portátil. Porque el problema es que todo esto que estamos hablando de genómica solamente ocurre en los países del primer mundo y en hospitales muy sofisticados. En la clínica de un pequeño pueblo no hacen un ensayo genómico. Estamos trabajando para hacer sistemas que sean portátiles y que permitan hacer el diagnóstico de cáncer con un par de gotas de sangre en cualquier lado, en medio del Sahara o en Nueva York. Es una de las cosas que yo estoy convencido de que va a pasar.

Y la otra cosa creo es que en 20 años, con más datos y una vez que sepamos cómo responden más pacientes a las distintas terapias, el cáncer no va a ser una sentencia de muerte. Va a ser posible decir “tengo cáncer, está bien, tengo que hacer los tratamientos”.  Para la mayoría de la gente los tratamientos no van a ser la quimioterapia de hoy en día, sino terapias que no son medievales, brutales, que no le arruinen la calidad de vida.

¿Qué es lo que más lo inspira a seguir adelante con su trabajo?
Mi mujer también trabaja en cáncer, y cuando estábamos haciendo el doctorado a veces me decía: “Estoy tan cansada de estos experimentos con ratones”. Y yo le contestaba: “Vamos a sentarnos en el lobby del hospital por media hora”. Entonces íbamos a ver pasar a los pacientes, y como lo hacíamos más o menos seguido, veíamos cómo iban decayendo. Así que, después de 10 minutos, mi mujer me decía: “Sí, ya sé porque estamos haciendo esto”. Yo en mi escritorio tengo una foto de Susana. Hay días en los que tengo ganas de tirar todo a la miércolesy cuando eso me pasa, miro la foto, y me digo que hay una razón para esto. La mayoría de los que hacemos este tipo de trabajo tenemos muy en cuenta lo que sufren los pacientes, ya sea porque hemos tenido una experiencia personal o por altruismo humano, y somos gente muy dedicada. Por eso yo creo que vamos a cambiar el sistema. El cáncer como sentencia de muerte tiene los días contados, no el paciente sino el cáncer. Hay que sobrevivir lo suficiente para dar tiempo a que las nuevas terapias aparezcan.

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Imaginemos hoy vivir el tiempo de antes

Noemí Spinelli, promoción 1969, nos comparte el siguiente artículo de Sonia Abadi.

Tarde me di cuenta, Fuimos la esperanza, Nada queda ya… Canta el sobreviviente de un tiempo mejor. Los títulos y letras son elocuentes, el tango se conjuga en pasado.
Recuerdo, Cicatrices, Marcas, de amores perdidos. Hoy vas a entrar en mi pasado…, no habrá ninguna igual…, nos enfrentan a lo irreparable.
Hay un último ejemplar de cada cosa que se acaba: El último café, organito o Farol se van de la mano con La última curda, El último guapo y La última grela.
Nostalgias de los dieciocho años o quince abriles, se mezclan con el culto de lo añejo: Viejo coche, Viejo smocking, Viejo Tortoni. También la Vieja luna y la Vieja recova.
Pero si el pasado está en las letras, el futuro está en el baile. Ante la sorpresa de los milongueros de siempre, los nuevos llegan al tango. Para huir de la soledad, encontrar pareja, hacer amigos, o simplemente porque está de moda.
Gracias a ellos se abren nuevas milongas y mejoran las antiguas. Se inauguran cursos y academias, creando fuentes de trabajo para veteranos y jóvenes bailarines.
Y en la milonga las ilusiones reemplazan a los recuerdos. Allí reinan las expectativas, modestas o desmedidas, comenzando por la de aprender a bailar.
Pero nada se logra sin pagar el “derecho de pista”.
Después de varios meses de clases, y escoltada por la amiga más experimentada (ya fue dos veces) ella se anima a lanzarse a la milonga. Si no plancha, se tendrá que bancar al compañerito de clase que baila menos. O al veterano que se las da de profe y le da cátedra mientras bailan. Si tiene suerte le tocará iniciarse con un hombre tierno y comprensivo. Eso es fundamental porque, como toda mujer sabe, la primera vez puede ser traumática.
A partir de esa noche estará eternamente condenada a las expectativas. Ojalá que no llueva ni anuncien nuevas medidas económicas, así los hombres no se quedan en casa. Que no haya partido de fútbol, ya que los clásicos suelen despoblar las pistas. Ojalá que no venga la novia del prócer, así me baila como la otra noche.
También al hombre le tocará debutar. Los nervios le evocan otras pruebas decisivas de su vida de varón. Elige a una mujer y la encara con tanto pánico y vergüenza como aquella vez. La mina lo ignora sin compasión. En el mejor de los casos encuentra una conocida que lo salva de la humillación. Sale a la pista contando los ocho pasos del básico y, al iniciar la secuencia que le enseñaron en la última clase, choca contra la pareja que va adelante. Intenta retroceder y se estampa contra los de atrás. A mitad de la tanda tiene la impresión de que todos lo miran y desea fervientemente que la tierra lo trague.
Con el tiempo aprenderá a fichar a las buenas bailarinas y esperar a que nadie las saque hasta la mitad de la tanda para tener su oportunidad.
Finalmente, cada uno irá construyendo su carrera de bailarín, hecha de historias pasadas, experiencias presentes y promesas futuras. Habrá conseguido un club al que pertenecer, un deporte para muchos años, un culto para profesar, algunas heridas de guerra, un buen callo plantar, una fama bien ganada, varios enemigos mortales, un amigo de fierro, ex parejas, ex amantes… y siempre más expectativas.

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¡Nuevo Beneficio!

¡Nuevo Beneficio! por ser asociado de la Institución, podés tomar un mes gratis clases de TaiChi Qi Gong con Gabriela Crema (Promoción 1992)

¡No te pierdas esta oportunidad!

El taichiQiGong es un arte Marcial que trabaja la respiración y conexión con la naturaleza con mucha espiritualidad.

Gabriela es médica graduada en la UBA, especialista en Medicina Tradicional China y  Dra. en Acupuntura por la WFAS ( World Federation of Acupuncture-Moxabustion Societies).  También acompañante en Bioneuroemoción en Enric Corbera Institute. Se encuentra cursando el último año de la formación de Osteopatía Fluido Energética en el CEOB. Brinda clases de Chi Kung ( Chi Gong ) y Tai Chi Pai Lin.

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¡Gracias por festejar con nosotros!

El pasado miércoles a partir de las 18.15 horas festejamos todos juntos vía zoom, el día del ex alumno. Tuvimos la alegría de reencontrarnos no sólo con aquellas caras que, debido a la situación sanitaria actual, hace tiempo no vemos, sino también con caras nuevas y otras que no vemos, por motivos de lejanía, hace mucho tiempo más. ¡Qué lindo es acortar distancias! y más lindo es saber que eso fue posible nuevamente, gracias a la hermandad que nos nuclea a todos como ex alumnos en esta Asociación.

¡Para la unión no hay fronteras! Así que bregamos por mantenernos cada vez más juntos, pese a las distancias.

Tuvimos además el honor de contar con la presencia de la rectora del Colegio, Prof. Valeria Bergman, y del Presidente de la Asociación Cooperadora “Amadeo Jacques”, Guillermo Rosenbaum.

La apertura estuvo a cargo de nuestro presidente, Walter Papú (Promoción 1979), quien retomó las palabras publicadas por el ex presidente Víctor Perrota y el vocal Gustavo Brandariz en las redes y circulares comunicativas de la Institución y de nuestra querida Casa de Estudios. Marcos Volcovich, también miembro de nuestra comisión directiva, transmitió un video con algunas frases de Manuel Belgrano, a quien debemos la fecha de nuestro día en conmemoración de su paso a la inmortalidad.

Seguido de ello, Valeria Bergman nos dedicó unas palabras, las cuales se hicieron presentes también al cierre de la reunión, y finalmente el micrófono estuvo abierto a los ex alumnos de todas las promociones, dando el presente desde la 2015 hasta la 1945.

¡Qué hermosa velada!

Pueden ver un resumen de la misma, haciendo click aquí:

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¡Reunite con tu promoción por nuestra plataforma de Zoom!

¡Sí! ¡Ahora la Asociación te brinda la posibilidad de juntarte con tu promoción por más de una hora sin interrupciones gracias a su plataforma Zoom!

Si lo deseás, podés solicitar tu reunión semanal, quincenal, única o mensual en nuestra agenda y así juntarte con tu promo y así compartir momentos, proyecciones, anécdotas, organizar la próxima quinquenal y más por medio de la plataforma de videollamadas más popular del momento.

Para conseguirlo, podés consultar el protocolo de uso y agenda enviando un mail a aexcnba@aexcnba.com.ar con asunto “Uso del Zoom”. En el mail contanos para qué te gustaría usarlo, qué dia y en qué horario. ¡No pueden perderse esta oportunidad!

 

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Breve semblanza de Manuel Belgrano

En la imagen: Presidente actual de la AexCNdeBA, Walter Papú (izq.), Ex Presidente de la Institución, Víctor Perrotta (der.), Jorge Bengolea Zapata, asociado fundador (centro) y Manuel Belgrano en el despacho de Presidencia (atrás). Foto tomada por Oscar Giacchino.

Belgrano fue un hombre de dos épocas: final del Virreinato, y comienzo del primer gobierno patrio. Pero sus ideas fueron siempre libertarias y progresistas. En 1793, a sus escasos veintitrés años, volvió de España con su flamante título de abogado. Venía imbuido de los ideales que la Revolución Francesa había sembrado por toda Europa: libertad, igualdad y fraternidad.

El joven abogado se destacaba en su afán por la expansión del conocimiento impulsando la creación de las escuelas de Comercio y de Náutica. Ponía énfasis en el desarrollo de la agricultura recomendando adicionar valor a la materia prima empleando mano de obra local.

Ya preveía el “deterioro de la relación del intercambio” que se hizo patente en el siglo veinte. Desde su cargo de Secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires elaboró diversas normas en pro del desarrollo del comercio.

Belgrano era un adelantado a su tiempo y podemos afirmar que lo precedió a Sarmiento en su afán por mejorar la Educación Pública, incluyendo en ella el papel de la mujer, en una época en que a ésta se la consideraba prácticamente una incapaz en nuestra arcaica sociedad. Su intensa preocupación por la Educación Pública quedó claramente demostrada cuando la importante suma de dinero que la Asamblea del Año XIII le otorgó por su triunfo en la Batalla de Salta la donó para la construcción de cuatro escuelas primarias en el norte del territorio.

Es notable que en aquel tiempo impulsara también la creación de una escuela de dibujo y otra de arquitectura. Veía la necesidad de “adecentar” las precarias viviendas que rodeaban a La Gran Aldea. La importancia de tales escuelas radicaba en el hecho que en los ranchos miserables reinaba la ociosidad y que sus habitantes no se interesaban en mejorar su situación. Los nuevos profesionales que se instruyeran en esas escuelas contribuirían a mejorar el estado ambiental y social de las poblaciones marginales. Han pasado más de dos siglos, lamentablemente, vemos que se reproducen los mismos problemas. Gobernantes de todos los signos políticos no han hallado solución al tema.

Entendía Belgrano que a través de su educación, el hombre lograría aplicarse a un trabajo inteligente y productivo con lo cual toda miseria quedaría exterminada.

Podría parecer exagerado afirmar que Belgrano se asemejaba a los grandes hombres del Renacimiento Europeo. Sin embargo, sus ideas de avanzada y su impulso creador permitieron la concreción de muchos de sus proyectos, por lo erigen en un verdadero adelantado. En Rivadavia podemos encontrar ideas innovadoras, en Sarmiento un gran empuje y la expansión de la Escuela Primaria con las mejores maestras disponibles (la mayoría de ellas venidas de los Estados Unidos), a lo que puede agregarse la creación de los Bosques de Palermo y paseos del Tigre.

En lo institucional, merecen recordarse Nicolás Avellaneda y Juan Bautista Alberdi, y en el desarrollo económico e industrial al Dr. Carlos Pellegrini. Más allá de los aportes tan importantes que hicieron todos los nombrados, ellos no lograron un consenso tan grande como nuestro Manuel Belgrano, quien pareció desenvolverse por sobre de todas las grietas que nos enfrentaron a partir del Primer Gobierno Patrio y que aún hoy no se han logrado cerrar.

Otro rasgo de carácter destacable en Belgrano fue su absoluta humildad. No teniendo formación militar se puso a órdenes del General San Martín de quien recibió una instrucción que supo aprovechar en gran medida. Belgrano no ganó todas las batallas, pero… ¿quién las ganó? Sus triunfos, no obstante, fueron definitorios y en el norte, con la ayuda de Martín de Güemes y del Coronel Vidt se logró desalojar al español.

Hijo de un rico comerciante de Liguria, Belgrano disfrutaba en su juventud de un buen pasar económico y la posibilidad de conseguir la mejor educación. Su entrega absoluta a la tarea de formar una patria libre lo llevó a morir enfermo y pobre. El mismo día 20 de junio que ahora se recuerda como el “Día de la Bandera”.

Algunos años atrás siendo yo presidente de la Asociación de Ex Alumnos del CNdeBA  propuse la realización de un acto en homenaje a nuestro querido prócer considerado además como un ex alumno, dado que estudió en el Real Colegio de San Carlos que precedió al Colegio Nacional de Buenos Aires. Logré una absoluta adhesión y se concretó el evento con las máximas autoridades del Instituto Nacional Belgraniano, del Instituto Nacional San Martiniano, un descendiente directo del prócer y personalidades destacadas de distintos ámbitos de las letras y la cultura nacional. Entre ellos recuerdo al muy estimado doctor Francisco Logiudese, buen escritor y patriarca del Hospital Italiano. No puedo dejar de mencionar también a nuestro recordado doctor Bengolea Zapata uno de los fundadores de la Asociación, quien nos diera una inolvidable charla sobre la vida del prócer.  Finalmente, recuerdo con gran cariño el cuadro con el retrato del prócer, que inaugurado durante dicha gestión, preside la sala del presidente de la Asociación de ex Alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires.

VÍCTOR PERROTTA

Presidente Asociación de ex Alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires (2007-2009).

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Pesando la Tierra desde el espacio

Compartimos el siguiente artículo exclusivo de nuestro portal acerca de los satélites GRACE, escrito por Victor Zlotnicki, promoción 1970, disponible tanto en formato gráfico como audiovisual.

Víctor estudió agrimensura e ingeniería geodesta-geofisica en la Facultad de Ingeniería de la UBA. en 1983 recibió su phd en oceanografía del Massachussetts Institute of Technology (mit) y la Woods Hole Oceanographic Institution de EE.UU. Trabajó en el servicio de hidrografía naval entre 1985 y 1987, en el centro de vuelos espaciales goddard de la nasa, cerca de Washington DC, y desde 1985 en el Jet Propulsion Laboratory (JPL) del Instituto de Tecnología de California y de la NASA, cerca de Los Ángeles.. Víctor se especializó en observaciones de nivel del mar por altimetría de radar y observaciones de presión de fondo del mar por gravimetría satelital. ha publicado cuarenta y tres artículos en revistas especializadas en esos temas. actualmente se desempeña como Assistant Manager de la sección de ciencias de la Tierra (unos ciento cuarenta empleados)  y como Discipline Program Manager para temas relacionados al clima, ambos en JPL.

 

Para verlo en formato de videolibro, pueden reproducirlo dando click a continuación.

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¿Me creen si les digo que hay dos satélites volando a unos 500 km sobre la superficie de la tierra, separados por unos 200-300 km, y que cada segundo medimos el cambio de distancia entre ellos con una precisión menor a 1 micrón por segundo, que es al menos diez veces más chico que el espesor de un cabello humano? ¿Y me creen si les digo que esa medición nos permite cuantificar el derretimiento de hielo en Patagonia, Antártida y Groenlandia, los cambios temporales de presión en el fondo del mar, o el agotamiento de cuencas hidrológicas? Todo eso es cierto, y voy a tratar de explicarlo aquí.

En el 2002 NASA, la agencia de aeronáutica de EE.UU.,  y DLR, la agencia de  aeronáutica de Alemania,  conjuntamente lanzaron un par de satélites llamados GRACE (sigla por Gravity Recovery and Climate Experiment). Cada uno de ese par de satélites tenían un interferómetro de microondas apuntando al otro satélite que efectivamente media la velocidad relativa entre los dos satélites con precisión de 1 micrón por segundo.  El objeto era medir la perturbación de la órbita causada por masas en la Tierra: cada vez que el satélite de adelante se acerca a una montaña va un poquito más rápido que el de atrás porque la gravedad de la montaña lo atrae más fuertemente que al de atrás, así que la distancia entre ambos aumenta. Cuando la montaña está entre ellos, la distancia entre ambos disminuye porque ambos son atraídos hacia la montaña, también por gravedad. Esos pequeños cambios de distancia son proporcionales a la masa total de la montaña. Vamos a volver a este tema.

Ahora, la distancia entre los satélites también es afectada por la fricción de lo poquito que queda de atmósfera a esa altura, por presión de radiación solar,  ambas fuerzas “no conservativas” (fuerzas que disipan energía). Para medirlas cada satélite tiene un acelerómetro que lo permite. Para saber dónde están, un GPS de precisión está a bordo. Para saber a dónde apuntan, cada satélite tiene un rastreador de estrellas. Y por supuesto, paneles solares, baterías, sistemas de comunicación con la Tierra, etc.

Volvamos al ejemplo de la montaña. Si hoy la cadena de montañas tiene mucha más nieve que el año pasado, su masa es un poco mayor. ¿Puede medirse ese pequeño cambio? Como la mayor parte de las masas que cambian de mes a mes y año a año son causadas por agua que se mueve entre hielo, océano, cuencas hidrológicas y atmósfera (con excepciones que se explican más  abajo), se hizo costumbre medir el cambio de masa como el cambio en el espesor de una capa de agua. Imaginen un “barril” de agua de 2 cm de altura y unos 300 km de diámetro. Sí, el diámetro es muy grande, esa es la “huella” efectiva de los satélites GRACE. Y esa es la sensibilidad de la medición, 2 cm en 300 km promediados sobre un mes. Resulta que con esa sensibilidad se pueden medir muchas cosas de interés.

Una de las primeras aplicaciones de estos datos fue medir los cambios de masa de toda Groenlandia y de toda Antártida. En los 15 años de vida de la misión GRACE (terminó a mediados del 2017) Groenlandia perdió unos 4.000 gigatones de hielo. ¿Cuánto es un gigatón? Es la masa de agua pura dentro de un cubo de 1 km de lado. Otro modo de verlo: esos 4.000 gigatones de hielo hicieron subir la superficie de todos los océanos en 1.1 cm.  Antártida también perdió hielo, pero en menor medida, sólo unos 1.800 gigatones, o 0.5 cm de nivel del mar.

 

En realidad, el nivel del mar sube a una tasa de aproximadamente 3.3 cm cada 10 años desde 1993 (un poco más lentamente antes), lo cual se debe 1/3 a la adición de agua de Groenlandia y Antártida, 1/3  a adición de agua de los glaciares continentales como los de Patagonia, y el último tercio a la expansión del agua por su propio calentamiento.

Los satélites GRACE también nos brindaron información sobre el uso de agua en las grandes cuencas hidrológicas. El mapa que sigue, que fue publicado por Matt Rodell y colegas en el  2018, muestra las tendencias de ganancias (colores azules) y pérdidas (colores rojos) de agua alrededor del mundo. Como este tema afecta a la gente de modo más directo, la mayoría de los artículos científicos publicados con esos datos se refieren a la hidrología de gran escala.

Otro tema al que contribuyen estos satélites es el cambio temporal de la presión de fondo del mar, cuya variación espacial mide cambios de intensidad de corrientes profundas del mar. Eso es posible porque el peso de la masa combinada de aire y agua en un “cilindro” de 300 km de diámetro es literalmente la presión de fondo del mar.

Los que saben el tema de gravedad se estarán preguntando: ¿cómo pueden interpretar los cambios de gravedad sólo como cambios de agua? ¿Y la geología? ¿El movimiento de las placas? La suba o baja de áreas por ajuste isostático glacial (también llamado rebote post-glacial, RPG). ¿Y no habló de variación de agua en la atmósfera? Es cierto. Con respecto a la atmósfera, los actuales modelos numéricos son suficientemente buenos que los usamos como corrección a los datos. Los modelos de RPG aunque no tan buenos son usados como corrección, y los datos de GRACE ayudan a mejorarlos. El movimiento de placas aún no se puede detectar en estos datos.

Aunque la misión GRACE termino en el 2017, NASA y otra agencia alemana, GFZ-Potsdam  (el Centro de GeoInvestigación de Potsdam) lanzaron en el 2019 la misión GRACE-FO (el ‘FO’ es la sigla de ‘Follow On’, o subsiguiente), muy similar a GRACE pero con aún mejor precisión y un interferómetro a láser para medir la distancia entre los satélites. Estos satélites continúan brindando datos al día sobre los mismos temas.

 

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