“El cáncer es mi enemigo personal” Entrevista a Jean Claude Zenklusen

Compartimos un resumen de la nota difundida por BBC Mundo a Jean Claude Zenklusen, promoción 1983, quien pensaba dedicar su carrera a las enfermedades neurológicas. Pero una muerte en su familia lo marcó de tal forma que dio otro rumbo a su vida.
El científico, quien es suizo pero creció y vivió durante más de 20 años en Argentina, es el director del Atlas del Genoma del Cáncer en el Instituto Nacional del Cáncer en Estados Unidos, The Cancer Genome Atlas o TCGA.
El Atlas es el mayor proyecto de aplicación de genómica, o estudio de los genomas, al cáncer.

Zenklusen participó del proyecto internacional que secuenció por primera vez el genoma humano hace ahora dos décadas y desde entonces investiga cómo usar la genómica para innovar en el diagnóstico y tratamiento del cáncer.  El investigador está convencido de que en el futuro para la mayoría de la gente “los tratamientos no van a ser la quimioterapia de hoy en día, no van a ser tratamientos medievales brutales, sino tratamientos que no arruinan la calidad de vida”.

¿Por qué decidió dedicarse a estudiar el cáncer?
Yo soy químico y a menudo me preguntan eso. Siempre digo que tengo una razón personal; para mí el cáncer es mi enemigo personal.
Susana era una prima de mi madre. Cuando yo empecé la universidad con 20 años ella tenía 28, o sea que estaba mucho más cerca de mí que de mi madre.
Ella también acababa de recibirse de química, se casó, se fue de luna de miel a la India y empezó a tener una tos que no se le iba.
Cuando volvió fue al médico por esta tos, le hicieron una radiografía y le diagnosticaron un cáncer, un sarcoma no invasivo pero que básicamente estaba rodeando los pulmones. Su amante esposo de dos semanas desapareció del mapa.
Ella vivía en una provincia en Argentina, en Tucumán, y como nosotros éramos la única familia que vivía en Buenos Aires se quedó a vivir con nosotros mientras la trataban con quimioterapia regular y radiación.
Esta joven de 28 años, vibrante, inteligente y bella se transformó en dos años de tratamiento en un pequeño esqueleto con algo de piel. Parecía alguien que había salido de Auschwitz.
Y después de dos años de tratamiento brutal se murió, finalmente tuvo paz. Pero no debería haber pasado por todo eso.
Yo en realidad tenía mucho más interés en estudios de enfermedades neurológicas, pero cuando Susana murió, el cáncer se transformó en mi enemigo personal.

¿Hace cuánto tiempo sucedió lo que nos relata?
De esto hace 34 años.

Usted participó del Proyecto del Genoma humano hace dos décadas. ¿Cómo comenzó a aplicarse ese conocimiento al cáncer?
Cuando yo hice mi doctorado en genética de cáncer, en aquel momento se hablaba de genética (herencia de uno o pocos genes) y no genómica, porque apenas conocíamos algunos genes.
Yo siempre uso una imagen que muestra cuánto de la biología del cáncer conocíamos cuando yo estaba estudiando para hacer mi doctorado y hay 30 genes y un montón de lugares donde hay signos de interrogación. Las enfermedades se dividen en enfermedades genéticas y metabólicas. Las metabólicas son enfermedades que se producen por un desbalance del metabolismo que no parece tener base en una mutación genética.
El Parkinson, por ejemplo, es una enfermedad metabólica que tiene muy poco elemento genético. El cáncer, en cambio, tiene elementos metabólicos, pero es 95% genético. Entonces, una vez tuvimos es genoma humano parecía obvio que teníamos que empezar por el cáncer, ya que aparece a través de mutaciones y de cambios en los genes.

¿En qué consiste el Atlas del Genoma del Cáncer que usted dirige?
El Atlas fue simplemente la aplicación del genoma humano al problema de cáncer.
Lo que hicimos fue armar una colección de 33 tipos de tumores, la mayoría de ellos sólidos, solo dos hematológicos y todos de adultos (hay otro proyecto similar que es de pediátricos, Target).
Y lo que básicamente hemos hecho es una colección de los tumores, de los que se extrajo ADN, ARN y proteínas. La idea del atlas era coleccionar toda la información posible sobre los cambios a nivel genómico en los tumores, porque se sospechaba con la acumulación de datos se podría dilucidar la razón detrás de la existencia de los distintos tumores, así como su comportamiento. Es muy interesante, porque la gente piensa que esto es algo que se hizo para encontrar terapias, pero en realidad no. Fue lo que en ciencia llamamos una “expedición de pesca”. Esto es: usted va al lago, se pone en su bote, tira la línea y ve que es lo que encuentra. No sabíamos qué nos íbamos a encontrar.

¿Es ese análisis del material genético en los tumores lo que permitió clasificarlos no por el órgano en que se encuentran, sino por sus características genéticas?
Sí. Por ejemplo, se sospechaba desde hace tiempo que no todos los tumores de riñón son iguales, porque tienen un desarrollo diferente, se ven distintos en el microscopio, y porque la respuesta a los tratamientos es diferente.
La mayoría de los tumores, hasta que empezamos a ver qué genes estaban involucrados, se trataban con quimioterapia estándar.
La quimioterapia empezó en 1957, cuando Gertrude Elion, en el Wellcome Trust, desarrolló un fármaco, el 5-fluorouracil (5-FU), que impide la duplicación de ADN y, por ende, la duplicación celular.

El asunto es que el 5-FU se ha usado por los últimos 70 años, y se sigue usando y es efectivo, pero es un tratamiento muy general. Frena la replicación de todas las células, no solamente de las cancerosas, y por eso cuando la gente recibe quimioterapia tiene todos esos efectos secundarios que son horripilantes, como problemas gástricos, de piel, anemia. Estamos diciéndole al cuerpo básicamente: “¡Para!”. Por eso la quimioterapia requiere vacaciones: el paciente recibe el ciclo de tratamiento, se enferma mucho, se para el tratamiento, esperando que la mayoría del tumor se haya muerto, y luego se vuelve a aplicar. Y así una y otra vez. Es una manera muy primitiva de tratar.

¿Qué alternativas ofrece la genómica al tratamiento del cáncer? 

Ahora, gracias no solamente al Atlas sino a muchos otros estudios, estamos aprendiendo que diferentes tumores se desarrollan de distintas maneras usando diversos genes. Por ello, se están desarrollando un montón de fármacos específicos para ese gen y solo para ese gen. El tumor es inhibido, pero el resto del paciente sigue funcionando perfectamente bien. Lo que la gente ve con las targeted therapies o terapias específicas es que los efectos secundarios son mucho menores y los resultados mucho mejores. Desgraciadamente, cuando empezamos con las terapias específicas el mensaje que se dio a la gente es que iban a resolver el problema del cáncer. Es verdad, pero no lo puede resolver una sola terapia. Hay que combinar varias, porque el cáncer tiene la habilidad de mutar.

¿Puede darnos algún ejemplo de esas terapias específicas desarrolladas estudiando las características genéticas de los tumores? 

Dije que hemos coleccionado 33 tipos de tumores, pero en realidad solamente pudimos hacer 32 proyectos. La razón fue que, mientras estábamos coleccionando los tumores y gracias a los sistemas genómicos, Louis Staudt, mi jefe en el Instituto Nacional del Cáncer, descubrió que el linfoma difuso de células B, el linfoma más común, viene en dos grupos totalmente diferentes. Y vio que había diferencias en las mutaciones que permitían tener una terapia dirigida específicamente a cada subtipo, lo que pasó inmediatamente a la clínica. Ahora el 95% de los linfomas difusos de células B se curan. No teníamos más muestras, porque la gente se curaba y no se hacían más biopsias, por lo que no pudimos hacer el proyecto. En el cáncer de mama hay un montón de genes que han sido descubiertos y hoy en día hay tratamientos que son basados en todos esos hallazgos.

Sé que la gente siempre le pregunta por qué, si hay todos esos avances, entonces no están curando el cáncer… 

Hay muchos fármacos que están siendo desarrollados gracias a lo que hemos descubierto, pero no han llegado al mercado. Y hay algunos tumores que hemos estudiado de los cuales todavía no entendemos nada. Uno de ellos es el cáncer de ovario. La imagen que tenemos del ADN en este caso es muy compleja, hay muchos rearreglos y es un sistema totalmente diferente a los de otros tipos de tumores. Tenemos los datos, pero toma tiempo entenderlos. Y una vez hecho eso, toma tiempo desarrollar las terapias. Estamos tratando de comprender cómo las células tumorales interactúan con el cuerpo sano. Son cosas que no entendemos pero son vitales para hacer un tratamiento que sea efectivo. Las razones por las que no estamos curando todos los cánceres hoy es porque hay un montón de datos que no entendemos todavía.

Otro avance de genómica que se suele citar son las biopsias líquidas. ¿Qué significa esto?
Cuando se hace una biopsia normal de un tumor sólido se encuentra dónde está el tumor, se usa una aguja, se penetra el tumor y se aspiran células. Pero es bastante invasivo y suele ser doloroso. Por eso las biopsias se hacen únicamente cuando hay síntomas clínicos. La biopsia líquida, en cambio, es una manera de hacer vigilancia para ver si el tumor está volviendo, porque las células de tumores se destruyen todo el tiempo y liberan a la sangre ADN y ARN. Lo que estamos haciendo ahora es sacarle al paciente 10 mililitros de sangre, separar el plasma de las células y mirar después en el plasma si esas mutaciones que sabemos que tiene en el tumor original están apareciendo de nuevo. Si vuelven a aparecer, sabemos que el tumor está creciendo otra vez aunque el paciente no tenga síntomas clínicos y aunque la imagen por MRI (imagen de resonancia magnética) o rayos X no lo demuestre. Por biopsia líquida uno puede saber que un tumor está desarrollándose de nuevo alrededor de seis meses antes de que aparezca ningún rasgo en la imagen.

Y cuanto antes sepamos que el tumor está atacando de nuevo, más chances tenemos de tratarlo. Esto solo pudo hacerse gracias a las tecnologías que analizan el genoma, porque ahora sabemos cuáles son las mutaciones y tenemos las herramientas para descubrir en cantidades infinitesimales si ese gen mutado está apareciendo en la sangre.

¿Cuándo habrá entonces un cura para el cáncer?
El problema es que cuando la gente piensa en cáncer piensa en una enfermedad. En realidad el cáncer son algo así como 300 enfermedades diferentes. Entonces, pedir “una cura” para el cáncer es lo mismo que pedir una (misma) cura para la gastritis, el eczema y la caspa. Son cosas totalmente diferentes y no podemos tener una cura para todo.

Hay algunos tumores que son bastante fáciles de curar y los estamos curando, y hay otros que son muy complicados y para los cuales no creo que vayamos a tener una cura. Lo que vamos a hacer es transformar estas enfermedades de enfermedades agudas y mortales en crónicas y tratables. Yo sufro de diabetes y tengo que ver a mi endocrinólogo cada tres meses. ¿Hay una cura? Por ahora no. De la misma forma, lo que hay que hacer es seguir tratando de que el cáncer pase de ser una sentencia de muerte en algunos casos a ser una enfermedad crónica.

¿Qué espera ver en un futuro no muy lejano?
Yo lo que siempre digo es que espero que antes de retirarme (me faltan 12 años) tengamos sistemas que permitan hacer diagnósticos de una manera sencilla, barata y portátil. Porque el problema es que todo esto que estamos hablando de genómica solamente ocurre en los países del primer mundo y en hospitales muy sofisticados. En la clínica de un pequeño pueblo no hacen un ensayo genómico. Estamos trabajando para hacer sistemas que sean portátiles y que permitan hacer el diagnóstico de cáncer con un par de gotas de sangre en cualquier lado, en medio del Sahara o en Nueva York. Es una de las cosas que yo estoy convencido de que va a pasar.

Y la otra cosa creo es que en 20 años, con más datos y una vez que sepamos cómo responden más pacientes a las distintas terapias, el cáncer no va a ser una sentencia de muerte. Va a ser posible decir “tengo cáncer, está bien, tengo que hacer los tratamientos”.  Para la mayoría de la gente los tratamientos no van a ser la quimioterapia de hoy en día, sino terapias que no son medievales, brutales, que no le arruinen la calidad de vida.

¿Qué es lo que más lo inspira a seguir adelante con su trabajo?
Mi mujer también trabaja en cáncer, y cuando estábamos haciendo el doctorado a veces me decía: “Estoy tan cansada de estos experimentos con ratones”. Y yo le contestaba: “Vamos a sentarnos en el lobby del hospital por media hora”. Entonces íbamos a ver pasar a los pacientes, y como lo hacíamos más o menos seguido, veíamos cómo iban decayendo. Así que, después de 10 minutos, mi mujer me decía: “Sí, ya sé porque estamos haciendo esto”. Yo en mi escritorio tengo una foto de Susana. Hay días en los que tengo ganas de tirar todo a la miércolesy cuando eso me pasa, miro la foto, y me digo que hay una razón para esto. La mayoría de los que hacemos este tipo de trabajo tenemos muy en cuenta lo que sufren los pacientes, ya sea porque hemos tenido una experiencia personal o por altruismo humano, y somos gente muy dedicada. Por eso yo creo que vamos a cambiar el sistema. El cáncer como sentencia de muerte tiene los días contados, no el paciente sino el cáncer. Hay que sobrevivir lo suficiente para dar tiempo a que las nuevas terapias aparezcan.

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Imaginemos hoy vivir el tiempo de antes

Noemí Spinelli, promoción 1969, nos comparte el siguiente artículo de Sonia Abadi.

Tarde me di cuenta, Fuimos la esperanza, Nada queda ya… Canta el sobreviviente de un tiempo mejor. Los títulos y letras son elocuentes, el tango se conjuga en pasado.
Recuerdo, Cicatrices, Marcas, de amores perdidos. Hoy vas a entrar en mi pasado…, no habrá ninguna igual…, nos enfrentan a lo irreparable.
Hay un último ejemplar de cada cosa que se acaba: El último café, organito o Farol se van de la mano con La última curda, El último guapo y La última grela.
Nostalgias de los dieciocho años o quince abriles, se mezclan con el culto de lo añejo: Viejo coche, Viejo smocking, Viejo Tortoni. También la Vieja luna y la Vieja recova.
Pero si el pasado está en las letras, el futuro está en el baile. Ante la sorpresa de los milongueros de siempre, los nuevos llegan al tango. Para huir de la soledad, encontrar pareja, hacer amigos, o simplemente porque está de moda.
Gracias a ellos se abren nuevas milongas y mejoran las antiguas. Se inauguran cursos y academias, creando fuentes de trabajo para veteranos y jóvenes bailarines.
Y en la milonga las ilusiones reemplazan a los recuerdos. Allí reinan las expectativas, modestas o desmedidas, comenzando por la de aprender a bailar.
Pero nada se logra sin pagar el “derecho de pista”.
Después de varios meses de clases, y escoltada por la amiga más experimentada (ya fue dos veces) ella se anima a lanzarse a la milonga. Si no plancha, se tendrá que bancar al compañerito de clase que baila menos. O al veterano que se las da de profe y le da cátedra mientras bailan. Si tiene suerte le tocará iniciarse con un hombre tierno y comprensivo. Eso es fundamental porque, como toda mujer sabe, la primera vez puede ser traumática.
A partir de esa noche estará eternamente condenada a las expectativas. Ojalá que no llueva ni anuncien nuevas medidas económicas, así los hombres no se quedan en casa. Que no haya partido de fútbol, ya que los clásicos suelen despoblar las pistas. Ojalá que no venga la novia del prócer, así me baila como la otra noche.
También al hombre le tocará debutar. Los nervios le evocan otras pruebas decisivas de su vida de varón. Elige a una mujer y la encara con tanto pánico y vergüenza como aquella vez. La mina lo ignora sin compasión. En el mejor de los casos encuentra una conocida que lo salva de la humillación. Sale a la pista contando los ocho pasos del básico y, al iniciar la secuencia que le enseñaron en la última clase, choca contra la pareja que va adelante. Intenta retroceder y se estampa contra los de atrás. A mitad de la tanda tiene la impresión de que todos lo miran y desea fervientemente que la tierra lo trague.
Con el tiempo aprenderá a fichar a las buenas bailarinas y esperar a que nadie las saque hasta la mitad de la tanda para tener su oportunidad.
Finalmente, cada uno irá construyendo su carrera de bailarín, hecha de historias pasadas, experiencias presentes y promesas futuras. Habrá conseguido un club al que pertenecer, un deporte para muchos años, un culto para profesar, algunas heridas de guerra, un buen callo plantar, una fama bien ganada, varios enemigos mortales, un amigo de fierro, ex parejas, ex amantes… y siempre más expectativas.

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¡Nuevo Beneficio!

¡Nuevo Beneficio! por ser asociado de la Institución, podés tomar un mes gratis clases de TaiChi Qi Gong con Gabriela Crema (Promoción 1992)

¡No te pierdas esta oportunidad!

El taichiQiGong es un arte Marcial que trabaja la respiración y conexión con la naturaleza con mucha espiritualidad.

Gabriela es médica graduada en la UBA, especialista en Medicina Tradicional China y  Dra. en Acupuntura por la WFAS ( World Federation of Acupuncture-Moxabustion Societies).  También acompañante en Bioneuroemoción en Enric Corbera Institute. Se encuentra cursando el último año de la formación de Osteopatía Fluido Energética en el CEOB. Brinda clases de Chi Kung ( Chi Gong ) y Tai Chi Pai Lin.

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¡Gracias por festejar con nosotros!

El pasado miércoles a partir de las 18.15 horas festejamos todos juntos vía zoom, el día del ex alumno. Tuvimos la alegría de reencontrarnos no sólo con aquellas caras que, debido a la situación sanitaria actual, hace tiempo no vemos, sino también con caras nuevas y otras que no vemos, por motivos de lejanía, hace mucho tiempo más. ¡Qué lindo es acortar distancias! y más lindo es saber que eso fue posible nuevamente, gracias a la hermandad que nos nuclea a todos como ex alumnos en esta Asociación.

¡Para la unión no hay fronteras! Así que bregamos por mantenernos cada vez más juntos, pese a las distancias.

Tuvimos además el honor de contar con la presencia de la rectora del Colegio, Prof. Valeria Bergman, y del Presidente de la Asociación Cooperadora “Amadeo Jacques”, Guillermo Rosenbaum.

La apertura estuvo a cargo de nuestro presidente, Walter Papú (Promoción 1979), quien retomó las palabras publicadas por el ex presidente Víctor Perrota y el vocal Gustavo Brandariz en las redes y circulares comunicativas de la Institución y de nuestra querida Casa de Estudios. Marcos Volcovich, también miembro de nuestra comisión directiva, transmitió un video con algunas frases de Manuel Belgrano, a quien debemos la fecha de nuestro día en conmemoración de su paso a la inmortalidad.

Seguido de ello, Valeria Bergman nos dedicó unas palabras, las cuales se hicieron presentes también al cierre de la reunión, y finalmente el micrófono estuvo abierto a los ex alumnos de todas las promociones, dando el presente desde la 2015 hasta la 1945.

¡Qué hermosa velada!

Pueden ver un resumen de la misma, haciendo click aquí:

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¡Reunite con tu promoción por nuestra plataforma de Zoom!

¡Sí! ¡Ahora la Asociación te brinda la posibilidad de juntarte con tu promoción por más de una hora sin interrupciones gracias a su plataforma Zoom!

Si lo deseás, podés solicitar tu reunión semanal, quincenal, única o mensual en nuestra agenda y así juntarte con tu promo y así compartir momentos, proyecciones, anécdotas, organizar la próxima quinquenal y más por medio de la plataforma de videollamadas más popular del momento.

Para conseguirlo, podés consultar el protocolo de uso y agenda enviando un mail a aexcnba@aexcnba.com.ar con asunto “Uso del Zoom”. En el mail contanos para qué te gustaría usarlo, qué dia y en qué horario. ¡No pueden perderse esta oportunidad!

 

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Breve semblanza de Manuel Belgrano

En la imagen: Presidente actual de la AexCNdeBA, Walter Papú (izq.), Ex Presidente de la Institución, Víctor Perrotta (der.), Jorge Bengolea Zapata, asociado fundador (centro) y Manuel Belgrano en el despacho de Presidencia (atrás). Foto tomada por Oscar Giacchino.

Belgrano fue un hombre de dos épocas: final del Virreinato, y comienzo del primer gobierno patrio. Pero sus ideas fueron siempre libertarias y progresistas. En 1793, a sus escasos veintitrés años, volvió de España con su flamante título de abogado. Venía imbuido de los ideales que la Revolución Francesa había sembrado por toda Europa: libertad, igualdad y fraternidad.

El joven abogado se destacaba en su afán por la expansión del conocimiento impulsando la creación de las escuelas de Comercio y de Náutica. Ponía énfasis en el desarrollo de la agricultura recomendando adicionar valor a la materia prima empleando mano de obra local.

Ya preveía el “deterioro de la relación del intercambio” que se hizo patente en el siglo veinte. Desde su cargo de Secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires elaboró diversas normas en pro del desarrollo del comercio.

Belgrano era un adelantado a su tiempo y podemos afirmar que lo precedió a Sarmiento en su afán por mejorar la Educación Pública, incluyendo en ella el papel de la mujer, en una época en que a ésta se la consideraba prácticamente una incapaz en nuestra arcaica sociedad. Su intensa preocupación por la Educación Pública quedó claramente demostrada cuando la importante suma de dinero que la Asamblea del Año XIII le otorgó por su triunfo en la Batalla de Salta la donó para la construcción de cuatro escuelas primarias en el norte del territorio.

Es notable que en aquel tiempo impulsara también la creación de una escuela de dibujo y otra de arquitectura. Veía la necesidad de “adecentar” las precarias viviendas que rodeaban a La Gran Aldea. La importancia de tales escuelas radicaba en el hecho que en los ranchos miserables reinaba la ociosidad y que sus habitantes no se interesaban en mejorar su situación. Los nuevos profesionales que se instruyeran en esas escuelas contribuirían a mejorar el estado ambiental y social de las poblaciones marginales. Han pasado más de dos siglos, lamentablemente, vemos que se reproducen los mismos problemas. Gobernantes de todos los signos políticos no han hallado solución al tema.

Entendía Belgrano que a través de su educación, el hombre lograría aplicarse a un trabajo inteligente y productivo con lo cual toda miseria quedaría exterminada.

Podría parecer exagerado afirmar que Belgrano se asemejaba a los grandes hombres del Renacimiento Europeo. Sin embargo, sus ideas de avanzada y su impulso creador permitieron la concreción de muchos de sus proyectos, por lo erigen en un verdadero adelantado. En Rivadavia podemos encontrar ideas innovadoras, en Sarmiento un gran empuje y la expansión de la Escuela Primaria con las mejores maestras disponibles (la mayoría de ellas venidas de los Estados Unidos), a lo que puede agregarse la creación de los Bosques de Palermo y paseos del Tigre.

En lo institucional, merecen recordarse Nicolás Avellaneda y Juan Bautista Alberdi, y en el desarrollo económico e industrial al Dr. Carlos Pellegrini. Más allá de los aportes tan importantes que hicieron todos los nombrados, ellos no lograron un consenso tan grande como nuestro Manuel Belgrano, quien pareció desenvolverse por sobre de todas las grietas que nos enfrentaron a partir del Primer Gobierno Patrio y que aún hoy no se han logrado cerrar.

Otro rasgo de carácter destacable en Belgrano fue su absoluta humildad. No teniendo formación militar se puso a órdenes del General San Martín de quien recibió una instrucción que supo aprovechar en gran medida. Belgrano no ganó todas las batallas, pero… ¿quién las ganó? Sus triunfos, no obstante, fueron definitorios y en el norte, con la ayuda de Martín de Güemes y del Coronel Vidt se logró desalojar al español.

Hijo de un rico comerciante de Liguria, Belgrano disfrutaba en su juventud de un buen pasar económico y la posibilidad de conseguir la mejor educación. Su entrega absoluta a la tarea de formar una patria libre lo llevó a morir enfermo y pobre. El mismo día 20 de junio que ahora se recuerda como el “Día de la Bandera”.

Algunos años atrás siendo yo presidente de la Asociación de Ex Alumnos del CNdeBA  propuse la realización de un acto en homenaje a nuestro querido prócer considerado además como un ex alumno, dado que estudió en el Real Colegio de San Carlos que precedió al Colegio Nacional de Buenos Aires. Logré una absoluta adhesión y se concretó el evento con las máximas autoridades del Instituto Nacional Belgraniano, del Instituto Nacional San Martiniano, un descendiente directo del prócer y personalidades destacadas de distintos ámbitos de las letras y la cultura nacional. Entre ellos recuerdo al muy estimado doctor Francisco Logiudese, buen escritor y patriarca del Hospital Italiano. No puedo dejar de mencionar también a nuestro recordado doctor Bengolea Zapata uno de los fundadores de la Asociación, quien nos diera una inolvidable charla sobre la vida del prócer.  Finalmente, recuerdo con gran cariño el cuadro con el retrato del prócer, que inaugurado durante dicha gestión, preside la sala del presidente de la Asociación de ex Alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires.

VÍCTOR PERROTTA

Presidente Asociación de ex Alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires (2007-2009).

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Pesando la Tierra desde el espacio

Compartimos el siguiente artículo exclusivo de nuestro portal acerca de los satélites GRACE, escrito por Victor Zlotnicki, promoción 1970, disponible tanto en formato gráfico como audiovisual.

Víctor estudió agrimensura e ingeniería geodesta-geofisica en la Facultad de Ingeniería de la UBA. en 1983 recibió su phd en oceanografía del Massachussetts Institute of Technology (mit) y la Woods Hole Oceanographic Institution de EE.UU. Trabajó en el servicio de hidrografía naval entre 1985 y 1987, en el centro de vuelos espaciales goddard de la nasa, cerca de Washington DC, y desde 1985 en el Jet Propulsion Laboratory (JPL) del Instituto de Tecnología de California y de la NASA, cerca de Los Ángeles.. Víctor se especializó en observaciones de nivel del mar por altimetría de radar y observaciones de presión de fondo del mar por gravimetría satelital. ha publicado cuarenta y tres artículos en revistas especializadas en esos temas. actualmente se desempeña como Assistant Manager de la sección de ciencias de la Tierra (unos ciento cuarenta empleados)  y como Discipline Program Manager para temas relacionados al clima, ambos en JPL.

 

Para verlo en formato de videolibro, pueden reproducirlo dando click a continuación.

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¿Me creen si les digo que hay dos satélites volando a unos 500 km sobre la superficie de la tierra, separados por unos 200-300 km, y que cada segundo medimos el cambio de distancia entre ellos con una precisión menor a 1 micrón por segundo, que es al menos diez veces más chico que el espesor de un cabello humano? ¿Y me creen si les digo que esa medición nos permite cuantificar el derretimiento de hielo en Patagonia, Antártida y Groenlandia, los cambios temporales de presión en el fondo del mar, o el agotamiento de cuencas hidrológicas? Todo eso es cierto, y voy a tratar de explicarlo aquí.

En el 2002 NASA, la agencia de aeronáutica de EE.UU.,  y DLR, la agencia de  aeronáutica de Alemania,  conjuntamente lanzaron un par de satélites llamados GRACE (sigla por Gravity Recovery and Climate Experiment). Cada uno de ese par de satélites tenían un interferómetro de microondas apuntando al otro satélite que efectivamente media la velocidad relativa entre los dos satélites con precisión de 1 micrón por segundo.  El objeto era medir la perturbación de la órbita causada por masas en la Tierra: cada vez que el satélite de adelante se acerca a una montaña va un poquito más rápido que el de atrás porque la gravedad de la montaña lo atrae más fuertemente que al de atrás, así que la distancia entre ambos aumenta. Cuando la montaña está entre ellos, la distancia entre ambos disminuye porque ambos son atraídos hacia la montaña, también por gravedad. Esos pequeños cambios de distancia son proporcionales a la masa total de la montaña. Vamos a volver a este tema.

Ahora, la distancia entre los satélites también es afectada por la fricción de lo poquito que queda de atmósfera a esa altura, por presión de radiación solar,  ambas fuerzas “no conservativas” (fuerzas que disipan energía). Para medirlas cada satélite tiene un acelerómetro que lo permite. Para saber dónde están, un GPS de precisión está a bordo. Para saber a dónde apuntan, cada satélite tiene un rastreador de estrellas. Y por supuesto, paneles solares, baterías, sistemas de comunicación con la Tierra, etc.

Volvamos al ejemplo de la montaña. Si hoy la cadena de montañas tiene mucha más nieve que el año pasado, su masa es un poco mayor. ¿Puede medirse ese pequeño cambio? Como la mayor parte de las masas que cambian de mes a mes y año a año son causadas por agua que se mueve entre hielo, océano, cuencas hidrológicas y atmósfera (con excepciones que se explican más  abajo), se hizo costumbre medir el cambio de masa como el cambio en el espesor de una capa de agua. Imaginen un “barril” de agua de 2 cm de altura y unos 300 km de diámetro. Sí, el diámetro es muy grande, esa es la “huella” efectiva de los satélites GRACE. Y esa es la sensibilidad de la medición, 2 cm en 300 km promediados sobre un mes. Resulta que con esa sensibilidad se pueden medir muchas cosas de interés.

Una de las primeras aplicaciones de estos datos fue medir los cambios de masa de toda Groenlandia y de toda Antártida. En los 15 años de vida de la misión GRACE (terminó a mediados del 2017) Groenlandia perdió unos 4.000 gigatones de hielo. ¿Cuánto es un gigatón? Es la masa de agua pura dentro de un cubo de 1 km de lado. Otro modo de verlo: esos 4.000 gigatones de hielo hicieron subir la superficie de todos los océanos en 1.1 cm.  Antártida también perdió hielo, pero en menor medida, sólo unos 1.800 gigatones, o 0.5 cm de nivel del mar.

 

En realidad, el nivel del mar sube a una tasa de aproximadamente 3.3 cm cada 10 años desde 1993 (un poco más lentamente antes), lo cual se debe 1/3 a la adición de agua de Groenlandia y Antártida, 1/3  a adición de agua de los glaciares continentales como los de Patagonia, y el último tercio a la expansión del agua por su propio calentamiento.

Los satélites GRACE también nos brindaron información sobre el uso de agua en las grandes cuencas hidrológicas. El mapa que sigue, que fue publicado por Matt Rodell y colegas en el  2018, muestra las tendencias de ganancias (colores azules) y pérdidas (colores rojos) de agua alrededor del mundo. Como este tema afecta a la gente de modo más directo, la mayoría de los artículos científicos publicados con esos datos se refieren a la hidrología de gran escala.

Otro tema al que contribuyen estos satélites es el cambio temporal de la presión de fondo del mar, cuya variación espacial mide cambios de intensidad de corrientes profundas del mar. Eso es posible porque el peso de la masa combinada de aire y agua en un “cilindro” de 300 km de diámetro es literalmente la presión de fondo del mar.

Los que saben el tema de gravedad se estarán preguntando: ¿cómo pueden interpretar los cambios de gravedad sólo como cambios de agua? ¿Y la geología? ¿El movimiento de las placas? La suba o baja de áreas por ajuste isostático glacial (también llamado rebote post-glacial, RPG). ¿Y no habló de variación de agua en la atmósfera? Es cierto. Con respecto a la atmósfera, los actuales modelos numéricos son suficientemente buenos que los usamos como corrección a los datos. Los modelos de RPG aunque no tan buenos son usados como corrección, y los datos de GRACE ayudan a mejorarlos. El movimiento de placas aún no se puede detectar en estos datos.

Aunque la misión GRACE termino en el 2017, NASA y otra agencia alemana, GFZ-Potsdam  (el Centro de GeoInvestigación de Potsdam) lanzaron en el 2019 la misión GRACE-FO (el ‘FO’ es la sigla de ‘Follow On’, o subsiguiente), muy similar a GRACE pero con aún mejor precisión y un interferómetro a láser para medir la distancia entre los satélites. Estos satélites continúan brindando datos al día sobre los mismos temas.

 

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El Colegio

Nota de José Luis Moure

Este texto es un fragmento de una obra inédita del profesor Alberto M. Salas (1915-1995), que tituló Primer cuaderno de memorias circunstanciales y otras páginas memoriosas, fechada en 1985, del que poseo copia mecanografiada, junto con otros materiales, cedidos por su hija Julia Elena. Tomo el texto de la versión procesada en Word por el prof. Miguel Alberto Guérin (prom. 1961), exalumno de Salas, como yo y como el Arq. Raúl J. Pano (prom. 1967), quien me la ha pedido para subirla a la página de la AEXCNBA.

(De Alberto M. Salas, Primer cuaderno de memorias

 circunstanciales y otras páginas memoriosas [inédito]).

Cuando en marzo de 1961 dejé la Cámara Argentina del Libro[1] para dedicarme de manera exclusiva a la enseñanza, la vida pareció remansarse. Llegaba más temprano a mi casa y algún tiempo sobraba todos los días para mi trabajo. De los fines de semana quedaban por lo menos dos enteramente comprometidos con la corrección de pruebas y de las lecciones escritas, que no siempre se podían corregir en el Colegio, a pesar de la larga permanencia en él. Los profesores de dedicación exclusiva atendíamos no solo seis u ocho aulas, sino que en nuestros escritorios recibíamos las consultas de los alumnos, de hecho en todas sus inquietudes. No puedo dejar de recordar que Antonio Valeiras, entonces rector del Colegio, nos consideraba los profesores nodrizas y la verdad es que este hombre lúcido, recto y tan mi amigo por esos años, no se equivocó. La invención de estos profesores de dedicación exclusiva, una imitación tardía, como todas las que adoptamos los argentinos, tenía, por lo menos en los papeles, la finalidad de resolver dudas sobre la materia que dictábamos, aconsejando y recomendando bibliografía, esclareciendo cuestiones, etc. En fin, se había concebido la institución como un profesor consejero y mentor, pero no como a la postre resultó, un mentor espiritual. La verdad es que por lo que a mi experiencia respecta, la mayor parte de las consultas que recibía versaban sobre asuntos y dificultades familiares, problemas de conducta y cosas parecidas, que eran más propósito de un departamento psicopedagógico que de un mero profesor de historia, por más experiencia que pudiera tener de la vida. Además, puedo asegurar que en término de tres o cuatro meses de ejercicio de este ministerio con adolescentes, supe y aprendí acerca de la conducta de mis colegas mucho más que en los quince o veinte años anteriores. En fin, que procuré ser útil usando de mi edad y experiencia, atenuando conflictos y apaciguando inquietudes excesivas. Durante cuatro años o un poco menos, trabajé en un aula del claustro del primer piso, donde tenía un pequeño escritorio en el que naturalmente fui acumulando libros y papeles, lápices y fichas sobre temas muy diversos. Era una aula fría y sombría, pero pasé en ella muy buenos ratos en compañía de dos colegas de matemáticas, mis amigos Héctor Magariños, uruguayo, ya desaparecido, y Héctor Massa, que compartían el aula conmigo, resolviendo problemas de matemáticas y de cosmografía sobre las pizarras con más frecuencia que yo los de historia[2].

Me retiré del Colegio en 1964, a mi regreso de los Estados Unidos, con gran tristeza. Abandonaba el cargo para enfrentarme con la nueva responsabilidad de organizar la Fundación Franklin. Desde septiembre de 1946, había pasado en el Colegio de la calle Bolívar 263 excelentes momentos y hecho grandes e inolvidables amigos. Y también, sin dudas, muchas enemistades, de las cuales prefiero no ocuparme. Tuve también grandes e inolvidables alumnos, gente joven de espléndidas condiciones que no fueron defraudadas, que aún perduran en el trato amistoso y en el recuerdo cordial. Es riesgoso y difícil hacer nombres, porque flaquea la memoria y porque nunca he usado un criterio único para juzgar a todos los muchachos cuyas caras han estado más o menos pendientes de mis gestos y actitudes. Algunos son memorables o simplemente recordables por su compostura y gentileza, por su carácter limpio y sin dobleces; a otros los recuerdo por su picardía desenfadada, por su buen humor y por su gracia, o por los altos puntos de su aplicación, por su inteligencia e inquietudes. Otras caras las he olvidado con rapidez, perdidas en el anonimato, tal vez porque no supe captarlas en sus verdaderos valores, tal vez porque me desagradaron o porque los sorprendí, cosa frecuente, en la falacia o en la mentira. A algunos les resultaba difícil convencerse de que el camino de la verdad era el más rápido y directo, aunque suele ser doloroso y humillante. Habitualmente abría un crédito a todos los alumnos que no hubieran preparado la lección, para que me solicitaran, mientras llenaba la planilla de trabajo, que no los llamara a exponer. Esta chance, que era muy sencilla y que no afectaba el concepto que me merecía cada uno de mis alumnos, en tanto que no la reiteraban con exceso, me demostró, sin embargo, que eran muchos los que por orgullo o timidez se quedaban callados y sufrían las consecuencias de un destino fatal.

Por estas y otras circunstancias es riesgoso hacer memoria de los mejores alumnos que he tenido, porque además pareciera que desprecio y olvido a muchos otros que sin ser grandes estudiantes me demostraron ser verdaderos caballeros, seres llenos de humana simpatía, de comprensión de las circunstancias, ubicándonos correctamente en el complejo mundo que era el aula y el Colegio en su totalidad. Pero no puedo dejar de recordar alguna cara luminosa que hallaba en una de las divisiones de primer año, una cara sonriente, coronada de un cabello muy rubio. Cunto, aunque le pusieran un cero por ignorar completamente la lección del día, jamás perdía aquella gracia y resplandor que nos hace creer en la bondad de la especie humana. Y así, muy parecido, recuerdo a otro caso extremo como el de Del Sel, un muchacho ahombrado de cuarto año, lleno de fino humor, casi de escepticismo, que impresionaba por la humana sencillez de sus argumentaciones. Los que más recuerdo, y son legión, es por lo que más inmediatamente podía apreciar de ellos, lo que realmente procuraba calificar con justicia en mis libretas de tapas rojas —de las cuales conservo algunas—, es decir, su dedicación al estudio y su rendimiento. Y sin pretender entrar en detalles y caracterizarlos, tarea que me llevaría muchas páginas y me expondría a olvidos, errores e injusticias agraviantes, quiero dejar un especial y espontáneo recuerdo de los hermanos Mosovich, de los dos Pirk, seres realmente superdotados, de Walton, de Raúl H. Bottaro, de Guillermo Lucke, de Guillermo del Cioppo —que aun perduran en mi amistad y trato—, de Lucía Inés Tomada, de Petroni, de Nessa, Castelli, de Miguel Alberto Guérin, de José Luis Moure, de Iniesta —que siempre me tuvo un terror que jamás pude corregir—, de Alicia Bernasconi, de Ozino Callegaris, de Claudia Laub, de Baffini Campos, de Julio Sofía, de Néstor Aparicio, y de tantos y tantos otros que vienen a la memoria como ramalazos del pasado, en gestos de contrariedad o de una sonrisa oportuna y agradable. Pero esta es una enumeración caótica, que en cierto modo puedo sistematizar consultando mis libretas subsistentes. Considerando un promedio de sobresaliente (9/10), destaco en nota una larga lista de mis mejores alumnos comprendidos entre los años de 1947 y 1963[3].

Todo un catálogo humano, año a año renovado, diverso al infinito, sesenta o ciento veinte o ciento cincuenta caras nuevas todos los años, caras que había que recordar, que estudiar con atención, develando astucias, engaños, timideces, confirmando franquezas y lealtades, que tanto se agradecen. Caras luminosas y serenas, limpias o ansiosas, rostros oscurecidos que disimulan ignorancias, malicias y hasta las trampas que ya se adivinaba durarían todo el resto de la vida. Rostros llenos de perplejidades o de audacia y de soberbia, ojos que rogaban que no se los interrogara, o que con su asentimiento estimulaban la exposición. Ellos y ellas no se daban cuenta de lo permeables que resultaban sus sentimientos a mi observación permanente, como distraída. Pronto aprendía a conocerlos y aunque en el primero y segundo mes siempre había alguna duda y errores, ya después me manejaba con ellos con la soltura que da el recordar sus nombres y sus notas anteriores. El problema fundamental lo constituía la cantidad de alumnos, a veces excesiva, circunstancia que se veía agravada por la imperiosa necesidad de la calificación mensual, que obligaba a un trabajo intenso para evitar errores irreparables. En los primeros años de mi trabajo, hasta 1958, solo tuve dos aulas de primer año y una muy ocasional suplencia en un cuarto año inolvidable, por lo que la tarea era realmente fácil y placentera, de modo que en muy breve tiempo conocía las posibilidades y el carácter de mis alumnos. El trabajo adquiría así certeza, justicia y resultaba sumamente grato. Pero años después, cuando hube de manejar cuatro, seis y hasta ocho (1962) aulas, me sentí perdido en un mar de rostros y de conductas que no alcazaba a conocer con claridad, ofreciéndose la realidad en términos muy vagos y posiblemente arbitrarios. Sin pretender hacer doctrina, diría que el ideal es que el profesor no tenga más de dos cátedras, asegurando que las cuatro cátedras, que creo que es el límite, son realmente una imposibilidad humana y docente. A esto agregaría que cada aula (dos por cátedra) no debe tener más de 25 ó 30 alumnos.

Gocé con el trabajo en el Nacional de Buenos Aires, como en todos los destinos que me tocó cumplir. También sufrí amarguras y los desmedros políticos a que me obligaron las circunstancias. Casi veinte años en el Colegio, iniciados en el tiempo en que el ser profesor en él significaba una auténtica distinción y honra, carácter que se fue desluciendo con los años, constituyeron una experiencia humana de primera importancia. Este ejercicio docente fue apto para mi manera de ser, aunque en las etapas finales sentí alguna incomodidad o incompatibilidad que luego explicaré. En los comienzo, el Colegio estaba disciplinado y aunque comenzaba a entrar la política en él, la vieja estructura permitía trabajar en orden y respeto. Esto convenía a mi carácter, a la vez comprensivo y adusto y mandón, aunque sin exagerar, ya que sabía disminuir oportunamente la tensión y llegar, por estos caminos, a manejar el aula sin necesidad de sanciones disciplinarias, ni de las arcaicas penitencias que imponían algunos de mis colegas de mayor antigüedad y prestigio. Naturalmente, este equilibrio entre el ceño severo y la sonrisa se lograba luego del primero o segundo mes de clase. En algunos casos, cierta reciedumbre de mi parte tal vez haya atemorizado a algunos de aquellos pequeños seres que se me confiaban para enseñarles Historia Argentina, pero espero que esas timideces exageradas me hayan perdonado el mal recuerdo.

El reñidero no solo fue en el aula sino también en la sala de profesores, donde desde antes de la muerte de Márquez Miranda me tocó desempeñar la jefatura del Departamento de Historia e Institución Cívica. Allí, en ese ambiente casi académico, presidido por un gran cuadro del general Mitre en su escritorio, tuve dos épocas claramente definidas: la de mi ingreso y la época del peronismo, y la época posterior a la Revolución Libertadora. En los comienzos, durante el rectorado interino de Ricardo Caillet-Bois, recordado amigo, las cosas fueron normales y hasta fui favorecido con un interinato de cuatro meses en la enseñanza de la Historia de América en una división de cuarto año, donde tuve un conjunto de alumnos realmente excepcional, algunos de cuyos nombres he recordado en páginas anteriores. Pronto fue defenestrado, y le sucedieron, en diversas etapas Osmán Moyano, Federico Daus, D´Agostino y Albino Herrera, hombres de los cuales no puedo expresar ninguna queja, y que en definitiva no adoptaron en contra de mí sanción alguna a pesar de ciertos desacatos y principalmente por no haberme afiliado al partido oficial, tal como me fuera solicitado con reiteración, pero con buenos modales, por algún alto funcionario del Colegio. Creo y entiendo que situación parecida se planteó con Márquez Miranda, José María Monner Sans, Vicente Fatone, Valmaggia y con otros colegas de clara militancia opositora. Pasó y ocurrió, además, con Ricardo Frondizi, hermano mayor de Arturo, Silvio y Risieri. Durante estos años, parecía no existir en el Colegio, como si fuera un desterrado que solo se trataba con un pequeño círculo. Había sentado mis reales —muy breves por cierto, y en las primeras horas de la tarde— en un extremo de la sala de profesores, en un ámbito que tenía como centro a Ricardo Frondizi, buen amigo, hombre de mirada inquisitiva, maliciosa, como desconfiando de todo su contorno. Difícil de seguir en sus reflexiones, siempre dichas en voz baja, como si confabulara contra todo el ambiente, solía ser hombre graciosísimo en sus relatos en italiano o en francés, idiomas que dominaba como propios. Antiperonista furibundo, era un político confuso y desconcertante, a quien jamás comprendí con nitidez. Era hombre de lecturas prodigiosas. Nuestros sillones estaban como aislados del resto de la sala. Recuerdo, sin embargo, al Vicerrector de la tarde, Carlos Gutiérrez Larreta, sentado casi siempre junto a nosotros, con su característica amabilidad y bonhomía, más allá del bien y del mal.

Estimo necesario recordar que en los primeros años, hasta 1956, ejercí la docencia en el turno de la tarde, que en cierto modo estaba como interiorizado respecto del de la mañana. Por esta razón mi conocimiento de mis colegas del otro turno era muy restringido, y limitado únicamente a las épocas de los exámenes y a los actos patrióticos en que se reunía todo el Colegio. Pero en esa sala de profesores se formó un grupo resistente, de muy diversas maneras, a la creciente presión del régimen, sin experimentar sanción alguna, según recuerdo, con excepción del ingeniero Ygartúa, que sufrió prisión prolongada por hechos de mayor trascendencia nacional. En este aspecto, reconozco que el régimen peronista del Colegio —donde se había instalado el altarcito— toleró la situación disimulando nuestras ausencias a la marcha de los reservistas, el uso de la corbata de luto o del libro de la Señora, la falta de contribuciones para las ofrendas florales o monumentos que jamás llegaron a erigirse.

Estas actitudes eran propias de quienes resistían al régimen, rechazando ofertas y canonjías, en contraste con otros muchos que en esos mismos años iniciaban sus rápidas carreras universitarias sobre las ruinas de sus propios profesores, a los cuales reemplazaron sin ningún escrúpulo ni más méritos que sus propias ambiciones. Pareciera que la Universidad fue entonces —como en oportunidades posteriores— el único lugar donde se podía cuajar un destino intelectual o ejercer una imperiosa vocación docente, de autenticidad más que dudosa. Era, simplemente, un modo de vida, aparentemente prestigioso, y nada más. Esta misma ansiedad universitaria hube de comprobarla años más tarde, luego de la Revolución Libertadora. Todo el mundo deliraba por la Universidad, por su organización y gobierno, como algo indispensable sin lo cual, aparentemente, ningún individuo podía lograr su vocación intelectual.

La segunda etapa mía en el Colegio fue, en cierto modo, más incómoda y difícil que la primera. En algunos aspectos fue más fácil, ya que como veterano que era, me costó poco obtener el halago de la amistad de mucha gente joven y valiosa que ingresó en la nueva era. Algunos de ellos siguen siendo mis amigos —en la cercanía o en su lejanía— como Enrique Pezzoni[4],  Isaías Lerner[5] o María Hortensia Lacau[6]. Otros han muerto, como Osvaldo Giorno, alma pura y simple y recta, Juan Turrens, Mario Cao, Héctor Magariños, Jorge Bengolea Zapata. Tuve en el Colegio excelentes amigos y compañeros de años, de todas las tardes o de todas las mañanas, amigos que se buscaban con interés en el recreo largo para tomar café y fumar un cigarrillo apresurado y sabroso. Los enuncio ahora, procurando no ser injusto en mis recuerdos y en mi apreciación, ayudado por una lista que me ha proporcionado la Secretaría del Colegio. Además de los ya nombrados no puedo dejar de mencionar a Don Domingo Palacio —que durante años me frecuentó en la Cámara—, Emilio Mascardi, Francisco La Menza, Nilda Guglielmi, Delfín Leocadio Garasa, Marta Douzón, Aída Barbagelata, Abilio Bassets, Raúl Torlando, Sergio Provenzano, Delia Isola, Josefa Sabor, Arturo Puntel, Manuel Guitarte, Pedro Longhini, Antonio Lascurain, León Amézqueta, Ángela Blanco Amores de Pagella, María Burlando de Meyer, Elías de Cesare, Vicente Fatone, Alicia Carrera, Fedora Cohen, Hebe Clementi, María A. Ferrari, Mario Grondona, Roberto Marfany, Mabel Manacorda de Rosetti, Licia Manacorda de Tomada, José María Monner Sans, Ángel Lapieza Elli, Isaías Lerner, Enrique Pezzoni, Mario Justo López, Armando Rojo, Raúl Ondarts, Juan C. Pellegrini, Catalina Schirber, Mario Rial, María Varela Valdés de Luna.

Dije que esta etapa no fue tan cómoda como se puede pensar, y ello se debía principalmente a que el Rectorado de la Universidad, ejercido por José Luis Romero, decidió de manera abrupta, en los primeros meses de 1956, intervenir el Colegio, medida que yo no compartí y acerca de la cual fui consultado. Considero que este hecho fue un grave error que acabó derribando a la propia intervención de la Universidad. Personalmente hube de sufrir el que se me supusiera complicado en esta medida, a mi juicio injustificada e impolítica. Tampoco compartí muchas de las decisiones del Interventor designado, Risieri Frondizi, y así se lo expuse a Romero con todas las letras, situación que vino a hacer crisis poco más tarde. Las reformas en el Colegio, promovidas por la intervención, fueron profundas y drásticas, y en mi opinión tuvieron la virtud de acelerar la ruina del establecimiento, el cual, de una manera u otra había superado todas las dificultades propuestas por el peronismo, que veía en el Colegio una institución de élite. Fundamentalmente se estableció un Departamento Psicopedagógico que pretendió resolver los problemas de conducta de los alumnos, con todas las concomitancias imaginables, y se estableció o intentó establecer la llamada autodisciplina, intento que en definitiva llevó al Colegio al caos y al desorden. Todo esto junto con una renovación total de la estructura del Colegio, que se convirtió en un establecimiento mixto, ya que se permitió el ingreso de las mujeres tanto al estudio como al profesorado. Cada uno de estos temas me llevaría un libro. Diré, en síntesis, que el Colegio llegó a ser para algunos de nosotros un verdadero campo de batalla, difícil y complicado, en el cual el profesor comenzó a perder jerarquía y, en consecuencia, eficacia. Los que éramos veteranos hubimos de habituarnos a un trabajo distinto en las aulas mixtas, a variar nuestros gestos y expresiones. Aunque personalmente me opuse a la enseñanza mixta, la acepté de buena gana con el mejor espíritu, y creo no haber asustado a muchas chicas tímidas y atemorizadas del primer año, que luego, en cuarto, volvía a encontrar ya muy despiertas y con inevitables problemas sentimentales.

En este difícil panorama piloteó don Antonio Valeiras, nombrado Rector después de la Intervención de Risieri Frondizi. Lo apoyé con todas mis posibilidades, como a hombre firme y justiciero, que jamás blandeó. Fue uno de los hombres justos e inflexibles que he conocido en la vida, de la misma pasta que José San Román Villasante. Duró poco, sin embargo, ya que se opuso a las reformas que desde el Rectorado se intentaba llevar adelante. Se le pidió renuncia, y se designó a Don Florentino Sanguinetti, viejo profesor de la casa que tripuló con flexibilidad esta difícil etapa, que por lo que a mí respecta fue una verdadera instancia de lucha en los claustros enloquecidos por la militancia política y la más notoria indisciplina. Los últimos meses de mi permanencia en el Colegio, regido entonces por Horacio Difrieri, fueron realmente ásperos y de una lucha constante con mis propios alumnos, la indisciplina generalizada, la demagogia, la irresponsabilidad y esa extrema comprensión psicológica ante el desmán de los adolescentes, poco menos que armados. Por eso me alegré de alejarme del Colegio, ya que el trabajo se había convertido en un verdadero sufrimiento. Además, poco tiempo después se produjo, como por arte de encantamiento y magia de políticos y componedores, el retorno de algunas viejas figuras que habían sido eliminadas por la Revolución Libertadora, proceso que también se repitió en la misma Universidad y en la Facultad de Filosofía y Letras, con retorno de personas mediocres y de poca o nunca relevancia intelectual.[7]

Sin dudas el hombre más importante que he conocido en esos años y el que más respeto me inspiró fue Antonio Valeiras, ya mencionado, a quien traté luego de su designación de Rector por un jurado que integré. Recto, sincero y noble, falto de ambiciones, no estaba dotado para resistir, como intentó, la marea renovadora —y para mí anacrónica— que se impulsaba desde el rectorado de la Universidad. Valeiras era un apasionado de la matemática, del teatro, de la literatura moderna y de toda expresión artística. Hombre de rápida y profunda percepción de la belleza, era lo menos político que pueda imaginarse. Fue una víctima fácil de las circunstancias, ya que mantuvo inflexiblemente sus puntos de vista, sin ceder en lo más mínimo. Pienso, además, que en esta crisis también se mezcló una muy comentada modificación de la metodología de la enseñanza de la matemática, a la cual se opuso tenazmente, y supongo, desde fuera del problema, que sus argumentos no carecieron de fuerza, por lo que fue calificado como viejo reaccionario por el grupo renovador. Valeiras falleció mientras me hallaba en Sevilla, y creo que nunca, tal vez por esa lejanía, he llegado a aceptar su muerte con la naturalidad con que he aceptado la de otras personas muy queridas. En la cruel y brusca noticia que me dieron a mi regreso, hubo siempre algo de irrealidad que aún no se ha desvanecido.

Como hice con todos mis trabajos, abandoné el Colegio definitivamente y solo he vuelto en algunas oportunidades para solicitar alguna certificación o información como la que he usado en la redacción de este capítulo. Suelo sacarme las cosas del alma, sin sufrimiento y para siempre. Incluso rehuyo el Colegio, y cuando tengo que caminar por la calle Bolívar, lo hago por la vereda de enfrente, como si evitara que alguien me reconociera o recordase, aunque son muy pocos los que ahora pueden identificarme. A veces, cuando viajo en el subterráneo del Anglo[8], advierto un grupo bullicioso de alumnos que identifico por el distintivo. Recuerdo que en mis años, en cuanto me veían, se comportaban como individuos discretos que se sabían observados y vigilados. Pero ha pasado el tiempo y ya no significo nada, cosa que me merezco plenamente, ya que siempre me he negado a las invitaciones a actos alusivos, recordatorios y cosas por el estilo, que me parecen actos de una memoria forzada y artificiosa, una exhibición de viejos profesores ante una juventud apurada, que lógicamente nos ignora de manera total. De modo que en el estrado compondríamos una imagen grotesca y vacía de un pasado que los espectadores no han vivido ni sospechado. Debe ser algo parecido a esos viejos, reviejos, que en mi infancia veía en los desfiles militares, y que mis padres me señalaban como guerreros del Paraguay, cosa que poco significaba para mi ignorancia.

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[1] Salas había ejercido la gerencia de la Cámara Argentina del Libro entre 1950 y 1961. Lo había antecedido su  estrecho amigo Julio Cortázar, de quien se distanció definitivamente a raíz de las opciones ideológicas posteriores del escritor.

[2] El profesor Héctor Fidel Massa falleció en Buenos Aires el 29 de septiembre de 2006.

[3] Federico J. O. May, Jorge A. Pereira Ogan, Alberto Schwartz, Jorge A. Kleiman, Rómulo Santelli, Jorge O. Silberman, Agustín A. Duerto, Julio F. González Rubio, Juan José Judengloben, Mauricio Ladyjensky, Luis Misayato, Pedro Víctor Rainis, Alberto Enrique Bermann, Jaime Lipszyc, Hugo Coleman, Luis Altieri, Branco Hühn, José Mordoh, Eduardo Castro, Norberto Liffschitz, Julio A. Costa, Norberto Kaimakamián, Bernardo J. Bischoff, Alfredo y Luis Chorny, Tomás Hutchinson, Jorge O. Smolje, Carlos A. Voukelatos, Benjamín Coca, Edgardo D. Liffschitz, Narciso J. Lugones, Horacio Verbitsky, Néstor Jorge Aparicio, Carlos A. Castro, Hércules Gambarotta, Tomás Pirk, Julio P. Sofía, Alberto Luis Cánepa, Cristián Sörensen, Carlos Horacio Waisman, Ricardo López Alfonsino, Alejandro E. Schefer, Jorge Mauricio Diamant, Orlando Amadeo Ruda, Juan José Catapano, Jorge A. Gaggero, Alfredo Bernardi, Horacio Cavallo, Daniel Flight, Miguel A. Guérin, Marcelo Larramendy, Horacio Querol, Constantino Unguriano, Valentín Gaivironsky, Andrés Pirk, Jorge Quintana, José L. Ratto, Juan Eugenio Corradi, Luis F. Querol, Raúl Jorge Bernasconi, Jorge L. Bernetti, Pablo L. Moledo, Antonio Oscar Olivieri, Héctor Carlos Quaglio, Héctor J. Susman, Florencia Elgorreaga, Diana J. Moscovich, Sergio Gustavo Siminovich, Lucía Inés Tomada, Rafael N. Iniesta, Rubén Caletti, Alberto Chochlac, Rodolfo Lira, Eduardo Rabinovich, Alicia Bernasconi, Cristina López Meyer, Ricardo Morck, Eva T. Silberberg, María Sol Ozino Calegaris, Miguel A. Suárez, Roberto H. Méndez, Sergio Provenzano, Luis M. Caruso, Eleonora Baffigi Campos, Jorge Castells Blanco, María Laura Eandi, Miguel Gatto García, Patricia López Gascón, Esteban Urresti, Daniel Waissbein, Juan Carlos Bevilacqua, María I. Kaufman, Catalina Zsakai, José Santos Gollán, Carlos A. Riva, Carlos M. Correa, Julia M. Guevara, Patricia Miretzky, Horacio Campiglia, José Luis Moure, Gustavo A. Vendersky, Juan Carlos Oría, Manuel Gonzalo Moreno. [Nota de Alberto M. Salas].

[4] Falleció en 1989.

[5] Falleció en 2013.

[6] Falleció en 2006.

[7] intelectual. : Por suerte me hallé fuera de la sala de profesores y me ahorré de esta manera algunas circunstancias desagradables [Tachado por el autor].

[8] Es la línea más antigua de subterráneos, que une las estaciones terminales de Plaza de Mayo (centro histórico de la ciudad) y San Pedrito, en el barrio de Flores. Fue inaugurada en 1913. La construcción fue encomendada por concesión municipal a la Compañía de Tranvías Anglo Argentina (de allí la designación generalizada con que se la mencionaba), que explotaba el 80% de las líneas de tranvías.

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Se dio el juego de remanye…

Noe Spinelli, nuestra profe de tango perteneciente a la promoción 1969, nos comparte el siguiente relato, escrito por Sonia Abadi.

Se puede cabecear o ir a sacar de la mesa. Pero, ¿por qué renunciar a la emoción de haber sido elegido entre todos a cambio de la incierta ventaja de no ser rechazado?
Suave descenso del mentón, leve pestañeo, apenas un chispazo de invitación, así cabecean ellos. Media sonrisa, gesto de asentimiento, así responde la mujer. Cara de póker, seña de truco, telegrama colacionado que sólo lee el destinatario. Partido con pelota invisible, los de afuera ni la ven pasar.
Pasajeros de un insólito colectivo, todos conversan con el de al lado pero miran hacia adelante. En mitad de una frase él o ella se levantan y van al encuentro de otro, dejando conversaciones truncas y puchos a medio fumar en los ceniceros.
Se aprende rápido que es peligroso hacer gestos que se puedan malinterpretar. Por eso se saluda con un movimiento de la mano o se tiran besos a los amigos. Sólo los nuevos se confunden y sacan a bailar a una que vino a curiosear. Los milongueros reconocen a la que baila no sólo por los zapatos, sino por el modo en que sostiene la mirada.
Cortina musical, ella le clava los ojos. De repente, cortina opaca: dos aguafiestas se paran a charlar justo delante de su mesa. Cuando logra que se muevan, la tanda empezó. Ahora se acerca a saludarla un amigo que le pregunta algo que no escucha pero le suena que es largo de contestar. Finalmente el hombre se aviva, justo cuando la moza insiste en cobrarle. Revuelve la cartera apurada. Demasiado tarde, lo ve alejarse bailando con otra.
Sonriente, seguro de sí, le busca la mirada abiertamente. Cuando ella lo sintoniza articula la pregunta muda: ¿vamo’…? Ella reconoce el gesto de los labios, reconoce también uno de los estilos de sacar que es casi siempre garantía de un buen bailarín.
No como aquel que, inseguro de su baile tanto como de su puntería, tira una perdigonada al montón, sembrando el caos en las mesas de mujeres, que se señalan el pecho preguntando ¿a mí?
En el peor de los casos se levantan dos y una queda pagando. A ella le tocará bancarse el papelón de volver a sentarse, caminar con aire indiferente hacia el baño o encontrarse con ese divino que vio toda la escena y se le planta delante como si él la hubiera sacado. Tamaño Quijote sólo es comparable a otra ídola total: la amiga que le avisa cuando la están cabeceando.
Hay hombres que intimidan y mujeres también. Los más prudentes se fijan con quien bailan ellas a ver si califican como candidatos. Aunque nunca falta el suicida que se acerca a invitar de la mesa a una mujer que no conoce.
O ella es tan nueva como él que va al rebote seguro. Si ella sabe bailar, lo va a mirar de arriba abajo y espetarle un rotundo “no”. Si sale por compromiso lo va a odiar durante toda la tanda.
Otro cabecea como puede. Al llegar a la pista la empieza a versear, “qué linda sonrisa”, “qué buen cuerpo”. Qué desilusión, piensa ella, éste seguro que no baila, ni conoce los códigos de la milonga, viene sólo a levantar. Las mujeres saben que el buen bailarín conquista primero bailando y recién después habla, y eso si ella, además de gustarle, baila bien.
En ese caso le pregunta su nombre, rescatándola del anonimato por unos gloriosos segundos, aunque es casi seguro que la próxima vez se lo pregunte de nuevo. A veces el elogio llega como un tiro por elevación culpando a la música: “esta es la mejor tanda de valses” o “qué lindo es bailar Di Sarli”.
Cara conocida, con ese ya bailó pero no se acuerda bien, sabe que se tenía que acordar de algo, “me sigue mirando, se ve que también me reconoce”. En el mismo instante en que la toma entre sus brazos se ilumina: es ese que la aprieta hasta ahogarla y encima pierde el equilibrio. Se había propuesto acordarse de su cara para no bailar nunca más. “Qué tonta”, piensa, “si bailara bien me hubiera acordado enseguida”.
Están los que bailan con una varias tandas en una milonga y al día siguiente ni la miran. Justo hoy vinieron con la novia de siempre. O se pusieron de novios anoche y ahora bailan sólo con ella.
¡Cómo para que no se ensarten las que se pasan la noche tratando de que las vean!
En la categoría de los imperdonables están también los que “filman” y nadie vio bailar jamás; sentados siempre en la misma mesa parecen el jurado de un concurso. Los que la sacan cuando se está por ir y no le dieron bola en toda la noche. Entre las mujeres, las que comprometen una tanda y después bailan con otro. La que lo hace dudar hasta último momento si lo vio, la que cree que todo el que mira hacia su mesa la saca sólo a ella. La que arremete y acosa para que la bailen: él se la banca por caballerosidad pero no la saca nunca más.
Para ella a veces es más difícil esquivar al que no quiere, que conseguir al que le interesa. Sabe que él está detrás, lo vio cuando entró, lo ve cada vez que vuelve de la pista. Lo malo es que está sentado al lado de un pesado que cabecea con insistencia cada vez que ella intenta darse vuelta. Distraídamente mira hacia atrás, lo ubica, calcula el ángulo de giro. En la tanda siguiente gira la cabeza en un solo movimiento firme y decidido y da en el blanco, en los ojos de él.
¡Que le sirva de lección a ese ingenuo que patrulla el salón hacia los cuatro puntos cardinales, cambiando el ángulo para que la mina lo vea, en vez de aceptar que si ella quisiera bailar con él lo hubiera visto de entrada, aunque estuviera a sus espaldas!

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Manuel Belgrano 1770-1820

En 1784 Manuel Belgrano ingresó como alumno al Real Colegio de San Carlos, el colegio laico y estatal que había sido fundado en 1772 por el gobernador del Río de la Plata Juan José de Vértiz -futuro Virrey- afín a la política progresista del entonces rey de España Carlos III. La institución educativa funcionaba en la Manzana de las Luces, en el solar de nuestro actual Colegio Nacional de Buenos Aires, fundado por Mitre en 1863. Belgrano, de madre santiagueña y padre ligur y de catorce años de edad, vivía cerca, en la actual Avenida Belgrano 430, entre Defensa y Bolívar.

 

Aquel colegio iluminista, en donde se formaría la “Generación de Mayo”, tuvo su gran director en la personalidad de Juan Baltasar Maziel. En el San Carlos se enseñaron las ideas modernas de Descartes y de Bacon, de Gassendi y de Newton, de Locke y de Condillac. La enseñanza pasó a ser más física que metafísica y la ciencia entró en Buenos Aires por la puerta grande del Colegio. Belgrano adquirió, en tres años de estudios, conocimientos sobre lógica, física, ética y literatura que le sirvieron para toda su vida. Al final de 1786 fue admitido entre los menos de 2000 estudiantes de la Universidad de Salamanca, la más importante de España. Dos placas conmemorativas y un busto de Belgrano lo recuerdan allá. Finalmente, obtuvo su diploma en la Universidad de Valladolid. Pero más que la abogacía, le interesaron las lenguas vivas, la economía política y el derecho público. Belgrano ya empezaba a ser el pensador, el economista, el estadista que soñaba con el progreso de su patria.

 

Regresó de España nombrado Secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires. Tenía 23 años de edad. El Consulado había sido un proyecto del ministro Diego de Gardoqui, destacado político y economista que había sido embajador español en los Estados Unidos en tiempos de su Independencia. Quería a América.

 

Belgrano, en España, había sido un testigo y un observador muy próximo de los sucesos de Francia: los reyes absolutos no sólo impedían la libertad civil, sino que llevaban a un fenomenal endeudamiento público. La Revolución Francesa terminó tumultuosamente con el Antiguo Régimen. Escribió Belgrano: “Como en época de 1789 me hallaba en España y la revolución de la Francia hiciese también la variación de ideas y particularmente en los hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido, y aún las mismas sociedades habían acordado en su establecimiento directa o indirectamente. (Belgrano 1954: 20 y 48).

 

El joven Secretario del Consulado debía escribir una Memoria Anual de su labor, y Belgrano aprovechó esa circunstancia para ir diseñando un proyecto transformador para el futuro de nuestro país.

 

La primera de esas Memorias, del 15 de julio de 1796, lleva por título “Medios generales de fomentar la Agricultura, animar la Industria y proteger el Comercio en un país agricultor. El énfasis en la agricultura deriva no sólo de las características geográficas del territorio sino también del aprecio, imbuido de ideas fisiocráticas. Escribe Belgrano: “Trataré de proponer medios generales para el adelantamiento de la agricultura, como que es la madre fecunda que proporciona todas las materias primeras que dan movimiento a las artes y al comercio, aunque no dejaré de exponer algunas para el adelantamiento de estas dos últimas ramas. (…) Todo depende y resulta del cultivo de las tierras; sin él no hay materias primeras para las artes; por consiguiente, la industria, que no tiene cómo ejercitarse, no puede proporcionar materias para que el comercio se ejecute“.  (Belgrano 1954: 42-43).

 

Luego de destacar el valor de la agricultura, Belgrano detalla procedimientos para convertir los ideales en hechos prácticos: propicia el estudio experimental del suelo, la introducción de abonos, la selección de semillas, los cercados de los campos, la rotación de cultivos, todas ideas aplicadas con éxito en la Revolución Agraria del siglo XVIII.

 

Y agrega: “Es indispensable poner todo cuidado y hacer los mayores esfuerzos en poblar la tierra de árboles, mucho más en las tierras llanas, que son propensas a la sequedad cuando no estaban defendidas; la sombra de los árboles contribuye mucho para conservar la humedad, los troncos quebrantan los aires fuertes, y proporcionan mil ventajas al hombre, así es que conocidos en el día en Europa, se premia por cada árbol que se ha arraigado un tanto; y sin esto, los particulares, por su propia utilidad se destinan a este trabajo, además de haberse prescripto leyes por los gobiernos para un objeto tan útil como éste. Tal es en algunos cantones de Alemania (según Evelyn en su “Discourse of forest trees”) que no se puede cortar árbol ninguno por propio que sea para los usos de carpintería sin antes haber probado que se ha puesto otro en su lugar” (Belgrano 1954: 74).

 

Para que la mayor producción, derivada de la aplicación de conocimientos científico-técnicos y de empeños racionales, pueda dar frutos beneficiosos en el campo económico, Belgrano sostiene ideas liberales precursoras de aquellas que Richard Cobden llevará al triunfo en Inglaterra: el libre comercio de granos, idea opuesta a la regulación absolutista heredera de la época feudal: “No por tener a precio cómodo en las ciudades los frutos, se ha de sujetar al labrador a que venda a un cierto precio, acaso puesto por un hombre sin inteligencia ni conocimiento en los gastos, cuidados y trabajos a que está sujeto el cultivo” (Belgrano 1954: 43).

 

Pero Belgrano no escribe con ingenuidad, repudia los monopolios y advierte de los peligros que implica la monoproducción, reclama protección a la industria nacional, y sugiere la creación de un fondo que desempeñaría las funciones de lo que hoy denominaríamos un banco agrícola, escribe Gregorio Weinberg. (Belgrano 1954: 75 y 43).

 

Fundamentalmente, Belgrano sostiene que la condición previa al mejoramiento productivo y comercial, es el conocimiento, adquirido por medio de la educación: “¿Y de qué modo… corregir la ignorancia? Estableciendo una escuela de agricultura”. Escuelas no sólo para los productores, sino también para los niños: “Escuelas gratuitas, donde pudiesen los infelices [labradores] mandar a sus hijos sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción”. Y no sólo para los hijos varones: “Igualmente se deben poner escuelas gratuitas para las niñas”  (Belgrano 1954: 43).

 

Pero hay mucho más: Belgrano no estaba pensando sólo en una economía basada en la producción primaria, limitada a las materias primas. “Hasta poco tiempo ha no se ha exportado otro fruto de este país que el cuero” (Belgrano 1954: 76); en cambio, él quería fomentar una producción que en vez de centrarse en las vaquerías, tuviera los hábitos laboriosos de la agricultura y también se aplicara a la transformación de las materias primas en productos secundarios: quería aumentar la productividad y propiciaba, para ello, el “establecimiento de escuelas de hilazas de lana” que podría hacerse extensivo al algodón, es decir, establecimientos de educación técnica, artes y oficios, o como quiera denominárseles, sintetiza Weinberg. Y, además, pensaba en la capacitación para todos los procedimientos que serían necesarios para una tecnificación de la economía. En efecto: propiciaba institutos como una “Escuela de Comercio” y una “Escuela de Náutica“. (Belgrano 1954: 42-43).

 

Incluso, y este asunto es realmente destacable y memorable -en especial, muy importante para nosotros- propiciaba tan tempranamente (1796) la creación de una escuela de dibujo igualmente que otra de arquitectura, “pues en los países cultos no solamente es útil, sino de primera necesidad“. (Belgrano 1954: 77). “Las obras públicas, las casas, etc. quién las hace?”, se preguntaba. Y el espectáculo de muchos de los ranchos se le reflejaba como la evidencia improductiva de la ociocidad, origen de todos los males en la sociedad: “Esos miserables ranchos donde ve uno la multitud de criaturas que llegan a la edad de pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociocidad, deben ser atendidos hasta el último punto” (Belgrano 1954: 78).

 

No le escapaba, a Belgrano, el futuro posible de una moderna ganadería, centrada en las lanas ovinas, de vicuña y de alpaca, cuyos frutos podían transformarse en valiosas exportaciones, pero asigna prioridad a la agricultura, por razones que van más allá de la economía. Belgrano aspira a que nuestros compatriotas, por medio de la agricultura, salgan de la miseria en que viven; “ella ha de ser la que nos ha de proporcionar todas nuestras comodidades, la población se aumentará, las riquezas se repartirán y la patria será feliz“. (Belgrano 1954: 76).

 

Y este párrafo transcripto, evidencia en su síntesis, que Belgrano no sólo era un conocedor de las ideas fisiócratas y comprendía en profundidad las transformaciones productivas desencadenadas por la Revolución Agraria, sino que, en su espíritu, no alcanzaba con mejorar la productividad sino que la gran prioridad era la distribución social de la riqueza y no su concentración.

 

Para Belgrano, hay una causa mayor, de índole antropológico-filosófica: “el hombre por su naturaleza aspira a lo mejor, por consiguiente desea tener más comodidades, y no se contenta sólo con comer“. (Belgrano 1954: 76). El hombre ama vivir con comodidad, y puede lograrlo por medio del trabajo inteligente aplicado a la producción, el trabajo, ejercicio exterminador de la miseria. Pero lo es, sólo si es libre: y su concepto del hombre no se limita al varón, sino que incluye extraordinariamente para su tiempo, a la mujer (Belgrano 1954: 79-80) y se adelanta en 1796 condenando “el horrendo comercio de negros” (Belgrano 1954: 49).

 

En su Memoria de 1798, Belgrano insiste en la necesidad de fomentar la educación popular y propicia que, en este punto, se suscite un gran debate público general, e invoca para fundamentar su iniciativa, el ejemplo de otros países: “todas las naciones cultas se han apresurado a establecer sociedades, academias, etc., y éstas a publicar sus memorias, actas, transacciones diarias y otras semejantes colecciones, para que lleguen a noticia de todos, pues de nada servirían los descubrimientos, serían un tesoro ocioso, si los ignoraban los poseedores de las tierras y no penetrasen hasta los labradores, los comerciantes y artistas“. (Belgrano 1954: 109).

 

Releer hoy a Belgrano como fuente primaria tiene una importancia mucho mayor que la histórica: sus escritos mantienen frescura crítica y polémica, y son fecundos también para nuestros debates actuales. Belgrano conocía y denunciaba los vicios morales de comerciantes inescrupulosos, de otros cuya codicia extrema no les dejaba mirar por encima de un afán de lucro mezquino y sin ética, de pretendidos maestros que mantenían a sus propios hijos en la ignorancia, y de indigentes que no se esforzaban por salir de su indigencia. Pensaba en una sociedad instruida, productiva, capaz de mejorar no sólo su nivel de vida sino también su calidad de vida. Pensaba en una organización de la producción y del trabajo que incluyera gremios con reglamentos y capacitación (Belgrano 1954: 136).  Y conocía con gran claridad, cuáles eran los pasos a seguir para poner en marcha una economía: “La agricultura sólo florece con el gran consumo” (Belgrano 1954: 101).

 

Si la vida de Belgrano no hubiera tenido el giro a que obligaron las luchas por la Independencia, a partir de 1810, y el jurista, economista y estadista no hubiera tenido que improvisarse general de los ejércitos de la libertad consumiendo su salud, es muy probable que hubiera podido terminar el libro que había imaginado y empezado a escribir: “Causas de la destrucción o de la conservación y engrandecimiento de las naciones“. Pero dejó trazadas sus líneas argumentales fundamentales y, con ellas, un proyecto de país moderno, libre y próspero.

 

Belgrano integraba la Logia Independencia, fundada en 1795. En la gran aldea que era la capital del Virreinato del Río de La Plata, Belgrano ya era una personalidad pública cuando en 1806 y 1807 la ciudad fue atacada por invasores ingleses. El civil se sumó a la defensa militar: no era cuestión de cambiar de amo sino de ser libres. Derrotadas las invasiones, como Castelli, Paso, Vieytes, Rodríguez Peña, Viamonte y tantos más, el economista se sumó a la conspiración. Fue uno de los que llamaron a Cabildo Abierto, y la Revolución de Mayo de 1810 lo hizo vocal de la Primera Junta de gobierno independiente. Belgrano, como Moreno, fue una figura sobresaliente en el nacimiento de la República Argentina. Fueron los dos mayores pensadores de Mayo de 1810.

 

La necesidad de afirmar la Revolución, hizo a Belgrano jefe de la expedición al Paraguay a fines de 1810. Aunque los monumentos lo muestren como héroe militar, era un prócer civil sin vocación ni formación militar. En 1811 fue jefe del Regimiento de Patricios, aquel cuerpo nacido espontáneamente de los alumnos del Colegio en tiempos de las Invasiones Inglesas. En 1812, en Rosario, el 27 de febrero hizo izar por primera vez la bandera celeste y blanca, la bandera de la República Argentina, cuyos colores simbólicos nos guían desde entonces. En ese año, después, fue nombrado jefe del Ejército del Alto Perú.

 

Más allá de triunfos y derrotas, Belgrano nunca dejó de ser un intelectual. El 2 de febrero de 1813, en la localidad de Alurralde, Provincia de Tucumán, en donde se hallaba como jefe del Ejército del Norte, Manuel Belgrano firmó el prólogo a la traducción, realizada con la colaboración de su médico Joseph Redhead, del Discurso de despedida de George Washington a la Presidencia de los Estados Unidos, primer mandatario que, en una república moderna, descendía del poder por haber terminado su mandato (17 de septiembre de 1796): un documento miliar de la historia de la idea democrática universal.  El Dr. Redhead, formado en Edimburgo, además de médico y consejero científico de Belgrano, fue corresponsal de Alexander von Humboldt, investigador y autor de la primera comunicación científica de la Argentina.

 

A raíz del triunfo obtenido por las tropas que Belgrano comandaba el 20 de febrero de 1813  en la batalla de Salta, la Asamblea del Año XIII le otorgó un premio equivalente a $ 40.000 en fincas del Estado, valor que Belgrano donó para la construcción de 4 escuelas primarias, en respectivas ciudades por él determinadas: Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero y Tarija (actualmente ciudad de Bolivia). Belgrano redactó su reglamento y quiso que al frente de ellas estuviera el escudo nacional: desde entonces nuestras escuelas lo llevaron.

 

En 1799, la Escuela de Náutica fundada por Belgrano, había sido la primera institución de enseñanza estrictamente científica del país. Según Ricardo Levene, “antes de 1810 nadie en el Plata abrazó con más fe la causa de la educación pública que Manuel Belgrano”.

 

Como jefe militar, fue reemplazado por San Martín. En 1814 Belgrano fue enviado a Europa juntamente con Rivadavia, en misión diplomática. De ese viaje data el clásico retrato del prócer pintado en Londres por François Casimir Carbonnier. La misión, sin obtener los logros deseados, sirvió sin embargo para ratificar el rumbo revolucionario. De regreso, desde afuera del Congreso de Tucumán, Belgrano, como Pueyrredon y San Martín, fue también una figura relevante en el logro de la Independencia Argentina, en 1816.

 

Aun en tiempos de guerra, Belgrano nunca dejó de ser un hombre de ideales y de pensamiento moderno. Desde Tucumán, el 26 de julio de 1816, le hizo notar al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredon la valiente y patriótica actuación militar de Juana Azurduy, y Pueyrredon le confirió a ella el grado de teniente coronel del ejército argentino. Belgrano tenía muy alta estima hacia la mujer: no sólo abogaba por su educación sino también por su reconocimiento social. Y Belgrano, el intelectual que había soñado un país, fue amado por mujeres que supieron ver su espíritu, aunque jamás pudo gozar de la felicidad de un hogar y de una vejez feliz. Su vida se agotó entre batallas y esfuerzos inmensos, y se entristeció con las discordias civiles que retrasaron la organización nacional. Enfermo desde antes, su vida se apagó casi en soledad, a los cincuenta años de edad.

 

En 1857, Bartolomé Mitre, quien en 1863 sería el fundador del Colegio Nacional de Buenos Aires, le dedicó el primero de sus grandes estudios historiográficos: la Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina. El 24 de septiembre de 1873 se inauguró en la Plaza de Mayo la estatua ecuestre de Belgrano, realizada en Francia por Albert-Ernest Carrier-Belleuse. En la ceremonia, Domingo F. Sarmiento pronunció su célebre Oración de la Bandera. El escultor Francisco Cafferata hizo las estatuas emplazadas en Salta y Tucumán. En 1903 Ettore Ximenes realizó el mausoleo de Belgrano ubicado en el atrio de Santo Domingo. En 1927 Arnaldo Zocchi hizo el Monumento a Belgrano en la plaza Tommaseo de la ciudad de Génova. En 1933 fue inaugurado el busto de Belgrano en el Esquilino, Roma, obra de Luigi Brizzolara.

 

En su edificio de Bolívar 263, en el mismo solar en donde el prócer estudió, el Aula Magna del Colegio lleva el nombre dignísimo de “Manuel Belgrano”. Dos siglos y medio después de su nacimiento y dos siglos después de su muerte, los Ex Alumnos lo recordamos a él también, con emoción, como dice nuestro lema: Hermano en el aula y en la vida. Nuestro querido Manuel Belgrano.

 

 

Gustavo A. Brandariz

Vocal

Asociación de Ex Alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires

Buenos Aires, junio de 2020

 

Fuentes:
Aragón, Raúl (2000). Belgrano y la educación. Buenos Aires, Leviatán. Prólogo de Gregorio Weinberg.
Belgrano, Manuel (1954). Escritos económicos. Introducción de Gregorio Weinberg. Buenos Aires, Raigal. [Textos originales de 1796-1811].
Petriella, Dionisio (1988). Vita di Belgrano. Buenos Aires, Asociación Dante Alighieri.
Washington [George] (1971). Despedida de Washington al pueblo de los Estados Unidos [1796]. Traducción y Comentario de Manuel Belgrano (1813). Prólogo de Bartolomé Mitre [1902]. Incluye el texto “Belgrano y Washington. Su colaboración en la inmortalidad”, de Courtney Letts de Espil [1943]. [Buenos Aires, s/d, c. 1971]. Folleto.
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